Estados Unidos ha forzado la retirada de la UE, Canadá y Lituania de la conferencia #Disinfo2026 sobre desinformación en Vilnius. Un cable del Departamento de Estado revelado por POLITICO muestra cómo la Administración Trump presionó a las delegaciones aliadas para que abandonaran un evento cuyos paneles señalaban a Washington como actor de manipulación informativa.
Un cable del Departamento de Estado y dos paneles que incomodaron a Washington
El documento, originado en el despacho de la secretaria de Estado, se remitió a las embajadas estadounidenses en Francia, Noruega, Rumanía y Polonia. La instrucción era precisa: transmitir el malestar de Washington de forma verbal, nunca por escrito, y evaluar si los gobiernos implicados compartían la tesis de que Estados Unidos opera como un actor de FIMI, la etiqueta comunitaria que describe las operaciones de manipulación e interferencia informativa dirigidas desde el exterior.
Dos paneles encendieron la mecha. El primero, titulado ‘Estados Unidos como amenaza FIMI: reconocer, adaptarse, responder’, reunía a dos investigadores estadounidenses y a un exfuncionario de la CIA para analizar cómo Washington se ha convertido en una amenaza desinformativa para Europa. El segundo, ‘Bajo ataque: cómo la comunidad contra la desinformación gestiona la presión del Gobierno de Estados Unidos’, invitaba a juristas a valorar el riesgo de que la Casa Blanca imponga prohibiciones de viaje a figuras europeas.
El cable tilda de ‘falsa equivalencia’ equiparar a Estados Unidos con ‘adversarios extranjeros como Rusia y China’, y sostiene que esa comparación ‘oculta la escala y la naturaleza de la interferencia’ de ambos regímenes en las democracias occidentales.
Del logo tapado al pulso diplomático: así se deshilachó el respaldo oficial
La presión surtió efecto en tiempo récord. El lunes, Canadá y Lituania pidieron a los organizadores que retiraran los logos de sus ministerios de los materiales del evento. El martes, el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), el brazo diplomático de la UE, siguió el mismo camino. Imágenes revisadas por POLITICO muestran pancartas con los logotipos canadiense, lituano y europeo tapados. Francia queda como único patrocinador principal.
La retirada de un logo es la diplomacia del silencio: no hay ruptura formal, solo un hueco en el cartel que nadie se atreve a explicar.
Ni el SEAE ni el Ministerio de Exteriores lituano concretaron qué parte del programa chocaba con su posición oficial. Ambos se limitaron a señalar que algunos contenidos no se alineaban con sus posturas, sin especificar cuáles. El cable, en cambio, traza una línea más nítida: tras hablar con la embajada estadounidense en Vilnius, el ministro de Exteriores lituano, Kęstutis Budrys, sostuvo que las sesiones centradas en Estados Unidos no representaban la posición de su Gobierno y se comprometió a que ningún miembro de su departamento participara.
Noruega, Rumanía y Polonia, los otros destinatarios del cable, mantienen a sus ponentes en la agenda. Ninguno de los tres ministerios respondió a las peticiones de comentario. Funcionarios estadounidenses también contactaron con el Ministerio de Exteriores francés, pero París no se retiró y conserva su respaldo público. El Departamento de Estado defendió su ofensiva en una declaración: ‘No debería sorprender que los países se desvinculen de esta conferencia al saber que etiqueta a Estados Unidos como una amenaza FIMI’.

El Eje del Poder Europeo
El episodio revela las costuras de una alianza atlántica que se ha vuelto incómoda para las dos orillas. Lo que hasta ahora era un pulso retórico entre Bruselas y Washington (aranceles, defensa, datos) se ha convertido en una presión directa sobre investigadores europeos y estadounidenses reunidos en un foro académico. La Administración Trump no ha dudado en usar a sus embajadas como correa de transmisión contra la crítica interna de sus propios aliados.
La geometría por ejes es elocuente. Francia, el socio más celoso de su autonomía estratégica, mantiene el patrocinio y no se pliega. Los países bálticos y del este, en primera línea frente a la desinformación rusa, viven la contradicción más dolorosa: Lituania, anfitriona del evento, retiró su respaldo, mientras Polonia y Rumanía, más atlantistas, siguen en la agenda. Los nórdicos se quedan en tierra de nadie y el propio SEAE, que debería encarnar la respuesta común, ha borrado su sello del cartel.
España no figura entre los destinatarios del cable, pero la sacudida le concierne. El Gobierno de Pedro Sánchez ha respaldado con firmeza el Reglamento de Servicios Digitales (DSA), la norma europea que obliga a las grandes plataformas a frenar la desinformación, y ha convertido la lucha contra la manipulación informativa en una seña de identidad de su política exterior digital. Esa arquitectura regulatoria es, justamente, la que la Administración Trump cuestiona en público y en privado.
La lectura a medio plazo no invita al optimismo. Desde los papeles de Snowden en 2013, la confianza transatlántica no había sufrido un golpe tan directo en el terreno de la información. Entonces fue la vigilancia masiva; ahora, la presión para silenciar un debate académico. Aquella crisis unió a los europeos en la defensa de sus datos; esta los divide entre quienes ceden al pulso y quienes plantan cara. Si la UE no logra mantener el respaldo institucional a foros como #Disinfo2026, el mensaje que traslada es que la etiqueta FIMI, nacida para señalar a Rusia, deja de aplicarse cuando el señalado es un aliado.
La próxima prueba de fuego no tardará. El SEAE tendrá que explicar su retirada ante el Parlamento Europeo, y la Comisión deberá pronunciarse sobre las amenazas de visados selectivos contra ciudadanos europeos. En juego está algo más que el cartel de una conferencia: la capacidad de Bruselas de sostener, sin temblar, su propia definición de desinformación.

