El gasto militar mundial roza los 3 billones de dólares y marca un récord histórico sin precedentes, según los datos que el SIPRI publicó este lunes. Europa, empujada por el rearme post-Ucrania, lidera el mayor salto regional en tres décadas.
La cifra exacta que maneja el Stockholm International Peace Research Institute en su informe anual sitúa el desembolso global en defensa en 2025 en torno a los 2,93 billones de dólares, un 9,4% más en términos reales que el ejercicio anterior. Es el undécimo año consecutivo de subida y, sobre todo, el incremento interanual más pronunciado desde el final de la Guerra Fría. La base de datos de SIPRI permite cruzar la serie histórica y comprobar que ningún ciclo de rearme contemporáneo se acerca a este ritmo.
Quién paga la factura del récord global
Estados Unidos sigue al frente con un gasto que supera los 950.000 millones de dólares, el 37% del total mundial. China consolida el segundo puesto rondando los 310.000 millones, según las estimaciones SIPRI —el dato oficial chino siempre va por debajo—. Rusia, pese al desgaste en Ucrania, mantiene un esfuerzo cercano al 7% de su PIB y se sitúa en torno a los 145.000 millones.
Lo verdaderamente disruptivo es Europa. Los 27 socios de la UE más Reino Unido y Noruega han elevado su gasto en defensa un 17% en un solo año, el mayor salto regional documentado por SIPRI desde 1989. Alemania ha superado a Francia y al Reino Unido como primer presupuesto militar europeo, con un desembolso que ya supera los 95.000 millones de euros gracias al fondo especial de 100.000 millones aprobado en su día por el Bundestag y los sucesivos refuerzos posteriores.
Polonia merece capítulo aparte. Varsovia ha cerrado 2025 con un gasto del 4,7% del PIB, el porcentaje más alto de toda la OTAN. Compra Abrams, K2 surcoreanos, HIMARS y F-35 a un ritmo que no tiene parangón en el flanco este. La frontera con Bielorrusia y Kaliningrado pesa más que cualquier debate presupuestario interno.
España, en el furgón con un 1,4% que ya no convence a Washington
El presupuesto de defensa español se mueve en torno al 1,4% del PIB en 2025 según la metodología OTAN, lejos del 2% comprometido en la cumbre de Gales de 2014 y muy lejos del 5% que la administración Trump puso sobre la mesa en La Haya. Hablamos de unos 21.000 millones de euros, cuando el 2% supondría rebasar los 30.000 millones y el 5% se iría por encima de los 70.000.
De hecho, el último análisis del Real Instituto Elcano ya advertía de que España se ha convertido en el aliado europeo con peor relación entre compromisos formales y desembolso efectivo. La presión, lejos de aflojar, se intensifica. Cada cumbre OTAN que se acerca devuelve la misma incomodidad a Moncloa.

El reparto interno tampoco ayuda. Buena parte del incremento español de los últimos dos años se ha canalizado vía créditos extraordinarios del Ministerio de Industria —Programas Especiales de Modernización— y no como gasto consolidado en los Presupuestos Generales del Estado. Es ingeniería contable legítima, pero genera fricción con los socios y con el propio cuartel general de la OTAN, que prefiere ver cifras netas en los presupuestos de Defensa.
Los números no engañan.
Equilibrio de Poder
El récord SIPRI no es un dato estadístico, es la radiografía de un cambio de era. Europa ha dejado de ser un consumidor neto de seguridad estadounidense para convertirse en un productor parcial de la suya propia, aunque todavía dependa del paraguas de Washington para disuasión nuclear, satélites de inteligencia y reabastecimiento aéreo estratégico. La administración Trump lee este giro como confirmación de su tesis: si presionas a los aliados, los aliados pagan. Bruselas lo lee distinto. Para la Comisión y para el SEAE, el rearme europeo es el primer paso hacia una autonomía estratégica que Macron lleva años predicando y que ahora, paradójicamente, financia el propio Trump con su retórica de transacción.
Moscú observa con prudencia. El Kremlin ha repetido que el incremento europeo es ‘una amenaza directa’, pero la lectura técnica de su Estado Mayor es más fría: cada euro adicional en Polonia, Alemania o Países Bajos reduce el margen ruso para una eventual acción híbrida en el Báltico o en Moldavia. La doctrina A2/AD —anti-acceso y denegación de área— pierde eficacia cuando la OTAN duplica sus capacidades de saturación.
El gasto militar europeo crece al ritmo más alto desde la caída del Muro, y esta vez el motor no está en Washington sino en Varsovia, Berlín y Helsinki.
Para España, las consecuencias son tres. Primera: el coste político de seguir en la cola del gasto OTAN se va a multiplicar en la próxima cumbre, prevista para el verano boreal de 2026 . Segunda: la frontera sur —Marruecos, Sahel, Mediterráneo occidental— exige inversión específica que no encaja del todo con la lógica del flanco este, y eso obliga a Moncloa a defender un encaje propio dentro del paraguas aliado. Tercera: la base industrial española de defensa (Indra, Navantia, Airbus DS, Escribano, GDELS-SBS) tiene aquí una ventana histórica si el Gobierno acompaña con contratos plurianuales y no con anuncios sueltos.
El precedente histórico es elocuente. La última vez que el gasto militar mundial creció a este ritmo fue durante la última fase de la administración Reagan, entre 1983 y 1986. Aquel ciclo terminó precipitando el colapso económico de la URSS. El paralelismo con la Rusia actual lo manejan ya los analistas del IISS y del CSIS, aunque conviene la cautela: la economía rusa de 2026 es más resistente y menos centralizada que la soviética de los ochenta, y el shock energético global juega a favor del Kremlin más de lo que reconocen en Bruselas.
La próxima referencia clave llega con la cumbre OTAN del verano y con el Consejo Europeo de junio, donde se discutirá la propuesta de eurobono de defensa que Francia y Alemania llevan meses cocinando. Si sale adelante, el récord SIPRI de 2025 quedará pequeño en cuanto se publique el informe de 2027.

