A las diez de la mañana, la fachada del restaurante Santa y Pura ya huele a pintura en spray. Dentro, un grupo de mujeres de entre 70 y 94 años ensambla piezas de madera de colores intensos: rosas, azules, amarillos, verdes. Son las protagonistas de la decimotercera edición de CALLE, el Festival de Intervenciones Artísticas de Lavapiés, que este año ha decidido apostar sin tapujos por ellas: las «abuelas grafiteras».
Hasta finales de mayo, Lavapiés se convierte de nuevo en un museo al aire libre con 50 artistas urbanos desplegados por fachadas, escaparates y comercios del barrio de Lavapiés. La organización, impulsada por la Asociación de Comerciantes de Lavapiés Distrito 12, recibió 240 solicitudes para apenas 50 espacios. «Hay artistas que repiten cada año y otros nuevos que quieren formar parte del festival. Muchos comercios mantienen las obras durante años porque les encantan», explicaba Mercedes Saracho, presidenta de la asociación, en declaraciones recogidas por La Razón.
El año en que las abuelas se volvieron grafiteras
La gran novedad de esta edición no llega desde fuera, sino desde dentro del propio barrio. El centro de mayores de Antón Martín ha sido el semillero. La artista visual Nataline Pomar ha dirigido una intervención colectiva en la que cada participante eligió un color ligado a una emoción o a su relación con Lavapiés. Después, todas las piezas se unieron para formar un gran retrato colectivo que ya decora la fachada del restaurante Santa y Pura.
«Cuando me propusieron el proyecto pensé que tenía que tener un sentido», relataba Pomar mientras supervisaba el montaje. El resultado mezcla referencias urbanas, colores vibrantes y una estética contemporánea inspirada en la Bauhaus, con un ojo del retrato que incorpora una luz. «Queríamos que tuviera vida», resumía.
Maricarmen Zapata, de 70 años, eligió el rojo «porque el rojo es pasión y yo soy muy apasionada». Conchita Mesa, de 94, se decantó por el rosa «porque me recuerda a los vestidos que me ponía mi madre cuando yo era pequeña». Omar Morales, uno de los pocos hombres del grupo, pintó su pieza en azul y confesó que nunca había usado un spray. «Hace falta que vengan más hombres», bromeaba.
Lo que hace diferente a CALLE no es la técnica ni el tamaño de las obras, sino que el arte brota de dentro del barrio y se queda en él.
Gema Sanz, coordinadora de los centros municipales de mayores del distrito Centro, insiste en el valor comunitario de la iniciativa: «Lo importante es sacar el artista que llevan dentro y reconocer el papel que tienen los mayores en el barrio». La mayoría de las participantes asiste a talleres de dibujo y pintura en Antón Martín, donde la hermandad y la compañía son ya parte del paisaje. En una ciudad donde la soledad no deseada golpea con fuerza a los mayores, proyectos como este funcionan también como espacios de encuentro.
Un museo al aire libre con 50 artistas y sin cabeza de cartel
CALLE ha renunciado este año al gran artista invitado que solía abrir ediciones anteriores. La decisión de colocar a las abuelas grafiteras en el centro no es solo un guiño generacional: es una declaración de principios. La cita mantiene, eso sí, un notable cartel con nombres como Moi Martos, El Topo, Dura Murcia, Ignasi Roviro, Nemo, Señorita Escarlata, Paula Rello o Manu Cruz, seleccionados por las comisarias de La Panartería. También hay presencia internacional: el mexicano Luis Antonio Flores «SAMER», ganador del Festival de Intervenciones Urbanas de Irapuato, participa con una obra propia.
Las intervenciones se reparten por calles como Argumosa, Ave María, Embajadores o Santa Isabel. No se concentran en grandes muros aislados, sino en persianas de bares, fachadas de farmacias, terrazas de restaurantes y escaparates de pequeños negocios. El arte convive con la vida cotidiana, y esa es precisamente la seña de identidad que diferencia al festival de otras citas de arte urbano en Madrid como Muros Tabacalera o Pinta Malasaña, más enfocadas a la intervención efímera sobre paredes de gran formato.
El arte que activa el barrio (y a sus comercios)
Detrás del andamiaje artístico hay una estrategia de dinamización comercial tan discreta como eficaz. La Asociación de Comerciantes de Lavapiés Distrito 12 lleva trece ediciones tejiendo una red en la que los negocios ceden sus fachadas y, a cambio, reciben un flujo constante de visitantes que pasean el barrio buscando las obras. Jaime Posada, propietario del restaurante Santa y Pura, lo explicaba así: «Es una manera de descubrir el barrio y de romper ciertos prejuicios sobre Lavapiés».
El festival ha sobrevivido sin grandes patrocinios y sin el respaldo directo de las administraciones más allá de la cesión puntual de espacios públicos. De hecho los comercios llevan años manteniendo las intervenciones mucho después de que termine mayo, porque «les encantan», como recuerda Saracho. Ese arraigo explica en parte que las visitas guiadas gratuitas se hayan convertido en una de las actividades más populares: permiten recorrer las obras, conocer a los artistas y votar por las piezas favoritas dentro del premio del público.
En una escena cultural donde lo efímero marca el ritmo, CALLE se ha consolidado como una rareza que echa raíces. No necesita un nombre rutilante para llenar titulares. Le basta con que, un año más, las vecinas de Antón Martín vuelvan a coger el spray.
