Putin condiciona reunión con Zelenski a tener acuerdo de paz completamente preparado

El presidente ruso exige que el texto del acuerdo esté ultimado y listo para la firma antes de sentarse cara a cara con Zelenski. La condición llega cuando la UE impulsa una cumbre de paz en Ginebra y Trump presiona a Kiev para que acepte concesiones.

Vladimir Putin ha condicionado este sábado cualquier reunión con el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a que exista un acuerdo de paz a largo plazo completamente preparado para ser firmado. La declaración, recogida por el medio estatal ruso RT, supone un giro en la retórica del Kremlin sobre las posibilidades de diálogo directo y añade una nueva traba a los esfuerzos internacionales para poner fin a la guerra.

La posición negociadora: ¿avance real o táctica dilatoria?

Putin afirmó que estaría dispuesto a reunirse con Zelenski «en cualquier lugar», pero solo después de que se haya ultimado un texto de paz listo para la firma. No precisó qué formato debería tener ese acuerdo ni quiénes serían los garantes, pero insistió en que debe ser un documento cerrado, sin aspectos pendientes de negociación. «Cuando el acuerdo esté preparado, entonces sí, por favor», señaló el mandatario ruso, según la transcripción difundida por RT.

La exigencia contrasta con anteriores ofertas de diálogo, en las que el Kremlin se mostraba abierto a cumbres exploratorias sin condiciones previas tan rígidas. Para los analistas consultados por esta redacción, se trata de una maniobra que dilata cualquier encuentro real mientras las tropas rusas mantienen la presión en el este de Ucrania. La última ofensiva sobre Járkov y los constantes bombardeos con drones Shahed-136 hacen difícil imaginar que Kiev acepte un acuerdo sin garantías previas.

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El presidente ucraniano, por su parte, ha reiterado en múltiples ocasiones que no firmará una paz que implique cesiones territoriales o desmilitarización sin el respaldo de sus aliados occidentales. La nueva condición rusa choca con la postura de Zelenski, quien siempre ha defendido que cualquier acuerdo debe negociarse cara a cara y con supervisión internacional.

El contexto: una guerra enquistada y la posible cumbre de Ginebra

La declaración llega en un momento en que los esfuerzos diplomáticos parecen estancados. Fuentes de la Unión Europea han filtrado en los últimos días la posibilidad de una cumbre de paz en Ginebra para finales de junio, auspiciada por Suiza y con la participación de potencias como China e India, además de los actores directos. La exigencia rusa de un acuerdo previo amenaza con desinflar esa iniciativa antes incluso de que se concreten las invitaciones.

Mientras tanto, la administración Trump mantiene su línea de presión sobre los aliados europeos para que aumenten su gasto en defensa, al tiempo que negocia discretamente con Moscú en canales paralelos, según ha informado The New York Times. Este doble juego complica la lectura: por un lado, Washington intenta forzar a Ucrania a aceptar concesiones territoriales; por otro, Putin endurece las condiciones precisamente cuando la Casa Blanca podría estar dispuesta a ceder.

Desde Bruselas, la respuesta ha sido cautelosa. El alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, recordó que cualquier solución debe respetar la integridad territorial de Ucrania y advirtió contra «acuerdos impuestos que solo busquen la propaganda». La OTAN, por su parte, ha evitado pronunciarse directamente sobre las condiciones de Putin, limitándose a reiterar su apoyo a Kiev y a señalar que la pelota está en el tejado del Kremlin.

La exigencia de Putin traslada toda la presión al bando ucraniano: o acepta un texto cerrado sin margen de maniobra o la reunión nunca se celebrará.

Equilibrio de Poder

La nueva condición rusa debe leerse dentro del tablero estratégico global. Para Moscú, la guerra se ha convertido en una guerra de desgaste en la que el tiempo corre a su favor. La economía rusa, pese a las sanciones, ha mostrado una resiliencia sorprendente gracias al suministro energético a Asia y a la evasión de embargos a través de terceros países. Con la producción militar a pleno rendimiento y una movilización parcial que garantiza el reemplazo de efectivos, el Kremlin no tiene prisa por sentarse a negociar si no es bajo sus términos.

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En Washington, la administración Trump busca desesperadamente un éxito diplomático antes de las elecciones legislativas de noviembre. La presión para que Ucrania acepte un acuerdo territorial —incluida la posible cesión formal de Crimea, aunque no se mencione abiertamente— choca con la línea roja de Zelenski. La nueva condición rusa coloca a la Casa Blanca en una posición incómoda: si presiona a Kiev para que acepte el acuerdo previo, corre el riesgo de aparecer como un valedor de las exigencias del Kremlin; si no lo hace, la cumbre de Ginebra puede fracasar incluso antes de comenzar.

Para España, el impacto es doble. Por un lado, la postura oficial del Gobierno de Pedro Sánchez sigue siendo de firme apoyo a la soberanía ucraniana, pero el debate sobre el envío de armamento pesado y el incremento del gasto en defensa hasta el 5% del PIB —que Trump exige a los aliados de la OTAN— tensa las costuras de la coalición. Un fracaso diplomático que alargue el conflicto dificultaría aún más las cuentas del Estado y dispararía el precio de la energía, ya muy castigado por la guerra del gas. Por otro, la posible cumbre de Ginebra podría abrir un nuevo frente en la política exterior española: si finalmente se celebra, España tendrá que decidir su nivel de participación y, sobre todo, si respalda un acuerdo que pudiera incluir cesiones territoriales veladas.

A medio plazo, este último movimiento de Putin consolida una doctrina que ya comenzó a perfilarse con el discurso de Múnich del año pasado: la guerra no terminará en una mesa de negociación clásica, sino con un documento impuesto por quien esté en mejor posición militar cuando llegue el momento. La incógnita es si Zelenski y sus aliados están dispuestos a aceptarlo. El precedente de los Acuerdos de Minsk II, que nunca se aplicaron realmente, pesa como una losa sobre cualquier nuevo intento de paz. Entonces, como ahora, las garantías de seguridad eran la moneda de cambio, y Ucrania terminó cediendo sin recibir a cambio la protección que esperaba.

Lo que observamos es un Kremlin que aprieta las tuercas diplomáticas justo cuando el bloque occidental muestra más divisiones. La próxima ventana crítica será la cumbre del G7 de mediados de junio en Canadá, donde se espera que los líderes aliados intenten coordinar una respuesta unificada. Si para entonces Putin no ha flexibilizado sus condiciones, la vía diplomática podría considerarse definitivamente cerrada. Por ahora, la pelota no está en el tejado del Kremlin, sino en el de un Occidente que no termina de ponerse de acuerdo sobre cómo acabar una guerra que lleva ya dos años y medio sin visos de terminar.