Antonio de Nebrija, humanista que fijó la lengua española en 1492

El humanista sevillano publicó en 1492 la primera gramática de una lengua romance, apenas meses antes de que Colón avistara tierra. Su obra fijó las reglas del español y sentó las bases del idioma que hoy hablan casi 600 millones de personas.

El manuscrito pesaba como un ladrillo. Era el invierno de 1492 y Antonio de Nebrija atravesaba los corredores de la residencia real en Salamanca con una carpeta de folios cosidos bajo el brazo, percibiendo en las yemas de los dedos algo más que papel y tinta. Aquellos pliegos contenían la primera gramática de una lengua romance jamás escrita, y su autor era plenamente consciente de lo que se jugaba en aquella audiencia con la reina Isabel. Apenas unos meses después, un navegante genovés firmaría las Capitulaciones de Santa Fe, pero en aquel instante el idioma español ya estaba siendo moldeado por un humanista terco que había recorrido media Europa para regresar a casa con la convicción de que las palabras también conquistan mundos.

La escena es tan verosímil como reconstruible a partir de la dedicatoria que el propio Nebrija incorporó a su Gramática de la lengua castellana. Se presentaba ante Isabel la Católica no como un súbdito que solicitaba un favor, sino como un estudioso que entregaba una herramienta de gobierno: «Cuando bien conmigo pienso, mui esclarecida Reina, i pongo delante los ojos el antigüedad de todas las cosas que para nuestra recordación e memoria quedaron escriptas, una cosa hállo y sáco por conclusión mui cierta: que siempre la lengua fue compañera del imperio». La frase, convertida en divisa de la expansión atlántica, no era una profecía: era un diagnóstico.

Capítulo I: El sabio de Lebrija

Elio Antonio de Nebrija había nacido en 1444 en la villa sevillana de Lebrija, en una familia de conversos con posibles. No se conserva la partida de bautismo, pero todos sus biógrafos —desde el humanista Pedro de Alcocer hasta los estudios contemporáneos de Pedro Martín Baños— coinciden en un dato: a los quince años ya estaba matriculado en la Universidad de Salamanca, donde aprendió latín al mismo ritmo que sus compañeros, pero con una hambre que no se saciaba. Pronto se hizo evidente que aquel muchacho no quería leer a los clásicos; quería entenderlos como si estuvieran vivos.

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La oportunidad llegó con una beca del Colegio de San Clemente de Bolonia. Nebrija cruzó los Pirineos en 1463 y pasó siete años en Italia empapándose de los textos de Lorenzo Valla, de las colecciones de manuscritos griegos que llegaban de Constantinopla y del nuevo método filológico que hervía en las cortes de Ferrara y Florencia. Cuando volvió a España, en 1470, ya no era un estudiante provinciano: era un humanista formado en la cuna del Renacimiento, convencido de que el conocimiento no residía en repetir autoridades, sino en fijar textos, cotejar variantes y devolverles su pureza original.

En Salamanca obtuvo primero una cátedra de gramática y más tarde la de retórica, pero su carácter le granjeó tantos admiradores como enemigos. Se cuenta que en una ocasión corrigió públicamente la pronunciación latina de un doctor de la universidad y este, ofendido, le replicó: «Antonio, más sabéis vos que nosotros todos, pero ¿a qué viene tanta soberbia?». Nebrija respondió sin inmutarse: «No es soberbia, es ciencia». La anécdota, recogida por sus discípulos, retrata a un hombre incapaz de callar cuando detectaba un error, y esa inflexibilidad iba a marcar el resto de su vida.

Capítulo II: La imprenta y la reina

La llegada de la imprenta a la península había cambiado las reglas del juego. En 1472 ya funcionaba un taller en Segovia, y pocos años después Salamanca contaba con el suyo. Nebrija comprendió de inmediato que aquel invento era el aliado perfecto de su proyecto: si las lenguas vulgares no se fijaban con normas explícitas, corrían el riesgo de descomponerse en dialectos ininteligibles, como le había ocurrido al latín después del imperio. Era necesario codificar el castellano antes de que la multiplicación de textos impresos multiplicara también las grafías erráticas, las concordancias caprichosas y las impropiedades léxicas.

El plan requería un protector, y ese fue el cardenal Pedro González de Mendoza, quien lo presentó a la reina Isabel. La soberana, que había reunido una corte de letrados para asesorar sus reformas, entendió rápidamente el valor político de una gramática. En una época en que las cancillerías expedían provisiones reales en castellano por toda la geografía peninsular, disponer de un código común no era un lujo humanista: era una necesidad de gobierno. El respaldo de la corona se materializó en 1492, el mismo año de la toma de Granada y del primer viaje colombino, cuando la imprenta salmantina de Juan de Porras tiró los primeros ejemplares de la Gramática de la lengua castellana.

No era un libro extenso: apenas cinco libros que ocupan en las ediciones modernas algo más de un centenar de páginas. Pero su estructura —ortografía, prosodia, etimología, sintaxis y una breve introducción didáctica— sentaba un modelo que los gramáticos de las demás lenguas europeas copiarían durante los dos siglos siguientes. Nebrija no se limitaba a describir cómo hablaban los castellanos: prescribía cómo debían hacerlo para que el idioma perdurara más allá de las generaciones presentes. Y lo hacía desde la convicción de que un imperio lingüístico dura más que un imperio militar.

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Capítulo III: La gramática de 1492

La grammática que Nebrija redactó con pulso firme no fue una concesión academicista. Cada capítulo exhibe el método filológico que el humanista había aprendido en Italia: la comparación sistemática entre el latín y el castellano para demostrar que la lengua romance había alcanzado una madurez equiparable a la de su matriz clásica. Por primera vez, un tratado establecía reglas explícitas de acentuación, de formación del plural y de concordancia de género. Por primera vez, un autor argumentaba que el español no era un latín mal hablado, sino un idioma nuevo que merecía sus propias leyes.

La dedicatoria a Isabel convierte el libro en un manifiesto. Nebrija escribe que «después que Vuestra Alteza metiesse debaxo de su iugo muchos pueblos bárbaros e naciones de peregrinas lenguas, e con el vencimiento aquellos ternían necessidad de recebir las leies quel vencedor pone al vencido, e con ellas nuestra lengua». La cita, conservada en el ejemplar de la Biblioteca Nacional de España, no es un halago cortesano: es un programa de colonización cultural que anticipa en varios meses la empresa descubridora. Cuando Cristóbal Colón partió de Palos, la gramática que le hubiera servido para imponer el castellano en las Indias ya estaba impresa y encuadernada.

El humanismo de Nebrija se manifiesta también en su Diccionario latino-español (1492) y en el posterior Vocabulario español-latino (1495), dos obras que completaban su proyecto de fijar los dos idiomas de la cultura letrada peninsular. La novedad no residía en la lista de vocablos —había léxicos anteriores—, sino en la precisión de las correspondencias y en la voluntad de sistematizar. Por primera vez, un lexicógrafo trabajaba con el convencimiento de que las lenguas no eran un accidente, sino una estructura que se podía describir, enseñar y gobernar.

Humanismo español siglo XV

La obra tuvo una difusión lenta pero constante. Se conservan muy pocos ejemplares de aquella primera edición —apenas dos o tres bibliotecas los guardan—, pero su influencia se transmitió por reediciones parciales, citas de otros gramáticos y por el prestigio que Nebrija había alcanzado en la corte de los Reyes Católicos. Cuando más tarde el humanista regresó a la Universidad de Salamanca, sus discípulos copiaban fragmentos y los enviaban a otras universidades europeas. La gramática española cruzó los Pirineos antes que los tercios y llegó a manos de humanistas como Erasmo, que la alabó por su originalidad.

Capítulo IV: El humanista frente a la Inquisición

La vida de Antonio de Nebrija no fue la de un académico tranquilo. En 1505, cuando ya era catedrático en la recién fundada Universidad de Alcalá, el inquisidor general Diego de Deza mandó requisar sus apuntes de filología bíblica. Nebrija había osado aplicar su método crítico a la Vulgata latina y había señalado decenas de pasajes donde la traducción de San Jerónimo divergía de los originales hebreo y griego. Para la Inquisición, aquello equivalía a una herejía velada; para el humanista, era la aplicación más honesta de la ciencia que había aprendido en Bolonia.

El proceso no llegó a condena gracias a la intervención directa del cardenal Cisneros, que protegía al gramático por su trabajo en la Biblia Políglota Complutense. Cisneros, que había reunido en Alcalá un plantel de helenistas, hebraístas y latinistas sin parangón en Europa, necesitaba la pericia de Nebrija para cotejar los textos originales del Antiguo y el Nuevo Testamento. Durante varios años, el humanista de Lebrija trabajó en la penumbra del Colegio de San Ildefonso, consciente de que cada una de sus anotaciones podía reavivar las sospechas del Santo Oficio. Las tensiones se reflejan en las cartas que intercambió con el propio Cisneros, en las que, sin levantar la voz, se quejaba de que sus colegas de la Políglota no aceptaban sus enmiendas y preferían perpetuar errores seculares antes que corregir el texto revelado.

Esta faceta combativa del humanista está menos divulgada que la del gramático, pero es igual de definitoria. Nebrija no concebía el conocimiento como un adorno, sino como un instrumento de transformación que debía aplicarse tanto a la lengua vernácula como a la palabra sagrada. Su enfrentamiento con la Inquisición, aunque no terminó en hoguera, lo dejó moralmente agotado y aceleró su retiro a la vida privada. Aun así, no dejó de escribir: en sus últimos años compuso las Reglas de ortografía (1517) y varios tratados menores que reincidían en la necesidad de depurar el castellano de arcaísmos y de ultracorrecciones cultistas.

Capítulo V: Un legado de siglos

Antonio de Nebrija murió en Alcalá de Henares el 2 de julio de 1522, pocas semanas después de que los restos de la expedición de Magallanes y Elcano completaran la primera vuelta al mundo. Había vivido setenta y ocho años y había dejado el idioma español más ordenado de lo que lo encontró. La ironía —y la justicia— es que su gramática, escrita para preservar una lengua en el momento mismo de su expansión imperial, se ha convertido en el acta fundacional de un aserto que él nunca habría formulado pero que sus biógrafos repiten: el español no se impuso por las armas, sino porque alguien se había tomado la molestia de fijar sus reglas antes de que los barcos zarparan.

Apenas un puñado de páginas amarillentas, custodiadas hoy en la Biblioteca Nacional y en la biblioteca de la Universidad Complutense, son suficientes para comprobar que Nebrija acertó en lo esencial. La lengua que hablamos conserva, quinientos años después, la estructura que él describió con una clarividencia que roza la arrogancia. Y en cada aula donde un profesor explica la concordancia de género o la diferencia entre el pretérito indefinido y el imperfecto, se oye, en sordina, el eco de aquel humanista que un día de 1492 le dijo a una reina que las palabras también conquistan imperios.

«Siempre la lengua fue compañera del imperio.»