Jorge Manrique, el poeta de las Coplas que murió en el campo de batalla

Compuso una de las elegías más célebres de la literatura en castellano mientras combatía en las banderías nobiliarias del siglo XV. Las ‘Coplas a la muerte de su padre’ fueron su testamento poético.

El polvo del camino se confundía con la sangre aquella mañana de primavera de 1479. Jorge Manrrique, a caballo, con la espada en la mano y el rostro cubierto de sudor, acababa de recibir una lanzada en el costado. Había caído en una emboscada cerca del castillo de Montizón, un enclave perdido en los campos de la Mancha. Sus hombres intentaron socorrerlo, pero la herida era profunda. Trasladado a un pueblo cercano, apenas vivió unos días más. El poeta que había escrito las coplas más desgarradoras sobre la fugacidad de la vida se apagaba con treinta y nueve años, dejando un legado de apenas cuarenta poemas.

Capítulo I: La estirpe de los Manrique

Jorge Manrique nació hacia 1440 en Paredes de Nava, en el corazón de la meseta castellana, en el seno de uno de los linajes más poderosos de la Corona. Su padre, Rodrigo Manrique, era el primer conde de Paredes y, desde 1474, maestre de la Orden de Santiago. Su madre, Mencía de Figueroa, procedía de una familia influyente. Jorge fue el segundo hijo varón; el mayor, Pedro, heredaría el título, mientras que el pequeño se curtiría en las armas y en las letras propias de la nobleza del siglo XV.

Las décadas centrales del Cuatrocientos castellano fueron un hervidero de tensiones dinásticas. A la muerte de Juan II, el reinado de Enrique IV se resquebrajó entre facciones nobiliarias y disputas sucesorias. Los Manrique se alinearon con los partidarios del príncipe Alfonso y, más tarde, con la infanta Isabel, contra los derechos de Juana, llamada la Beltraneja. Jorge Manrique tomó partido por la futura Isabel la Católica, a la que sirvió como capitán en las campañas que asolaron los campos manchegos.

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Capítulo II: La muerte del padre y el nacimiento del poema

El 11 de noviembre de 1476, Rodrigo Manrique falleció a los setenta años. Padecía un cáncer ulceroso que le había desfigurado el rostro, según los cronistas de la época. La muerte del viejo maestre conmocionó a la familia. Pero fue Jorge quien, en los meses siguientes, cogió la pluma y la transformó en poesía.

Encerrado en sus aposentos o acaso en medio de una pausa en el campo de batalla, Manrique compuso las Coplas por la muerte de su padre, un poema de cuarenta estrofas que funde la tradición del ubi sunt medieval con un tono sereno y contenido que anuncia el Renacimiento. La obra arranca con una llamada al alma: «Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando». No hay aquí desgarro ni lamento, sino una meditación estoica sobre lo efímero de la existencia.

Coplas a la muerte de su padre

La tercera copla contiene quizás los versos más célebres de la lengua castellana: «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir; / allí van los señoríos, / derechos a se acabar / e consumir». Manrique utiliza la metáfora del caudal que desemboca inevitablemente en el mar para recordar que toda grandeza humana está destinada a desaparecer. La muerte, omnipresente en sus versos, se convierte en el gran igualador.

Capítulo III: La guerra como oficio y como destino

Mientras los versos corrían de mano en mano, Jorge Manrique seguía enfundado en la armadura. La guerra de sucesión castellana, que enfrentaba a los partidarios de Isabel y Fernando con los de Juana y su esposo, Alfonso V de Portugal, estaba en su fase decisiva. Manrique, al mando de una hueste de caballeros santiaguistas, participó en varias acciones en la frontera manchega.

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En la primavera de 1479, cerca del castillo de Montizón, hoy en el municipio albaceteño de Villamanrique, Jorge Manrique cayó mortalmente herido. Las fuentes coetáneas son parcas, pero coinciden en que recibió una lanzada durante una escaramuza con tropas enemigas. Lo trasladaron a una aldea próxima, tal vez Santa Cruz de Mudela o El Provencio, donde falleció pocos días después. Tenía apenas treinta y nueve años. Había sobrevivido a su padre menos de tres años.

La muerte del poeta-soldado cerró una vida breve pero intensa. Dejó a su esposa, Guiomar de Castañeda, y a dos hijos pequeños. Pero, sobre todo, dejó un puñado de versos que cambiarían para siempre la historia de la lírica en español.

Capítulo IV: Las coplas que nunca mueren

Las Coplas por la muerte de su padre circularon en copias manuscritas y se imprimieron por primera vez en el Cancionero general de Hernando del Castillo, en 1511. Su fama no ha dejado de crecer desde entonces. Poetas como Garcilaso de la Vega, Lope de Vega o Jorge Luis Borges admiraron la contención y la hondura del poema. Borges, precisamente, dijo que las Coplas eran «una de las obras más conmovedoras de la literatura universal».

El legado de Jorge Manrique es el de un hombre que empuñó la espada con la misma intensidad con la que tomó la pluma. Sus versos, nacidos del dolor personal, trascendieron la circunstancia para convertirse en una reflexión universal sobre el tiempo, la memoria y la muerte. Cinco siglos después, sus «ríos» siguen corriendo hacia ese mismo mar que nos espera a todos.