Andrej Babis, primer ministro de la República Checa, ha elegido un símil histórico para lanzar su último desafío a Bruselas. En una entrevista con el Financial Times, el líder del movimiento ANO comparó la situación actual de la Unión Europea con el tramo final del Imperio romano, señalando que la sobrecarga normativa, las sanciones económicas y la presión para aumentar el gasto militar están debilitando al bloque desde dentro. ‘La UE está probablemente en el mismo camino que el final del Imperio romano’, afirmó Babis, consolidando un discurso que mezcla soberanismo nacional, pragmatismo económico y escepticismo hacia la agenda verde europea.
Babis regresó al poder en diciembre tras una victoria electoral que otorgó a ANO 80 escaños en un parlamento de 200 miembros. Desde entonces, ha marcado distancias con la anterior administración de Petr Fiala, alineada con las posiciones de la Comisión, y ha hecho bandera de una revisión de las políticas comunitarias. Su referencia a la decadencia de Roma no es casual: apela a una narrativa que conecta con la ciudadanía checa, molesta por la pérdida de competitividad industrial y la escalada de los precios energéticos.
Agenda verde, sanciones y gasto militar: la tormenta perfecta según Praga
El primer ministro checo centró sus críticas en tres ejes. Por un lado, la agenda de descarbonización de la UE, que en su opinión está acelerando la fuga de industrias y disparando los costes energéticos. Las dudas sobre las fechas de eliminación de combustibles fósiles y los sistemas de comercio de emisiones ya han encontrado eco en Alemania, Italia, Polonia y Hungría. Por otro, las sanciones a Rusia, que, según Babis, perjudican más a la economía europea que al objetivo sancionador. Y, en tercer lugar, la presión para alcanzar el 2% del PIB en gasto de defensa, un compromiso de la OTAN que la República Checa probablemente incumplirá en 2026 a pesar de haber asegurado haberlo cumplido en 2025.
La factura de la defensa ejemplifica la tensión entre las exigencias de la Alianza Atlántica y la realidad fiscal de los Estados miembros. Babis responsabiliza de este déficit al legado del gobierno anterior, pero su posición tiene calado estratégico: ¿puede la UE sostener un esfuerzo militar creciente mientras financia la transición ecológica y maneja las consecuencias económicas de la guerra en Ucrania? La respuesta desde Praga es un ‘no’, y Babis la envuelve en el relato del declive imperial.
La UE aprieta en defensa, en clima y en sanciones; el resultado es una fatiga que recuerda a los últimos césares, ahogados por sus propias legiones.
La fractura checa en seguridad: dos almas frente a la OTAN
La comparación con Roma adquiere otro matiz cuando se observa la división interna dentro de la propia República Checa. Mientras Babis aboga por replantear el gasto militar, el presidente Petr Pavel —antiguo jefe del Comité Militar de la OTAN y firme defensor de Kiev— mantiene una postura opuesta. Esta dualidad de liderazgo, poco habitual en un sistema parlamentario, refleja la tensión entre una visión atlantista y otra más escéptica, que prefiere no hipotecar las cuentas públicas en armamento.
El debate no es solo checo. La advertencia de Donald Trump sobre una posible reducción del papel de Estados Unidos en la defensa europea —Washington financia cerca del 60% del gasto militar total de la OTAN— ha colocado a los socios comunitarios ante un dilema: incrementar drásticamente sus presupuestos o asumir una autonomía estratégica que, hoy por hoy, está lejos de ser real. Babis parece inclinarse por cuestionar ambos extremos, aunque sin plantear una alternativa clara.
Equilibrio de Poder
La analogía con Roma no es nueva en la retórica euroescéptica, pero sí marca un punto de inflexión cuando la pronuncia un primer ministro en ejercicio desde un país centroeuropeo que ha sido tradicionalmente disciplinado en las filas comunitarias. La comparación de Babis funciona como un diagnóstico de tres males que, según él, la UE estaría incubando: dependencia militar externa, erosión económica por regulación excesiva y falta de legitimidad política para imponer sacrificios a la ciudadanía.
Desde la óptica del eje Washington-Bruselas-Moscú, la intervención del líder checo alimenta la narrativa del Kremlin sobre una Europa dividida y sobrecargada, al tiempo que refuerza las exigencias de la Administración Trump de que los aliados europeos paguen más por su propia seguridad. La Comisión Europea, por su parte, observa con preocupación cómo el discurso de Babis puede encontrar eco en otros gobiernos del Grupo de Visegrado y del sur del continente, dificultando la cohesión en un momento en que se necesita una voz única frente a las amenazas híbridas y militares.
Para España, el impacto no es directo pero sí relevante en el tablero de la cohesión europea. Un debilitamiento de la solidaridad atlántica podría trasladar más presión sobre los presupuestos de defensa nacionales, justo cuando el Gobierno de Sánchez negocia las cifras del próximo ciclo de planificación militar y el compromiso del 2% del PIB. Además, la inestabilidad en el flanco este y la posible deriva hacia políticas proteccionistas pueden afectar a la economía española, muy dependiente de los fondos europeos y de la estabilidad del mercado único. La analogía imperial, por tanto, no es solo un recurso retórico: es un aviso sobre los límites de un modelo que pide más músculo sin aliviar la carga económica.
El Imperio romano tardó siglos en desmoronarse, pero su final comenzó mucho antes del 476 d.C., con decisiones incrementales que erosionaron la confianza de sus ciudadanos y la viabilidad de sus finanzas. La UE no es Roma, pero el paralelismo de Babis obliga a una reflexión que va más allá de la anécdota. La próxima cumbre de la OTAN en La Haya, donde se revisarán los compromisos de gasto, medirá hasta qué punto el bloque está dispuesto a asumir el coste de su propia seguridad o, como temen en Praga, seguirá estirando las legiones hasta que ya no puedan defender las fronteras.

