EE.UU. pierde la carrera de los minerales críticos frente a China y Europa lo pagará, según un análisis

Un informe advierte que la dependencia de Occidente de los minerales críticos se ha convertido en un riesgo estratégico frente a China. La administración Trump lidera la construcción de cadenas de suministro alternativas, pero Europa y España pagarán una factura inevitable en la

Un análisis publicado este fin de semana por el think tank Zenith Intelligence Group ha puesto cifras y contexto a una realidad incómoda: Estados Unidos está perdiendo la carrera de los minerales críticos frente a China y, esta vez, los aliados europeos pagarán buena parte de la factura. El artículo, firmado por Timothy Maney, antiguo director de Presupuestos y Asignaciones de la Cámara de Comercio estadounidense, no es un grito de alarma partidista, sino una hoja de ruta que explica por qué la administración Trump ha elevado las tierras raras, el litio y el grafito al mismo nivel estratégico que los portaaviones.

El diagnóstico: occidente depende de un rival que no duda en usar su ventaja

Maney lo resume en una frase que debería leerse en todas las cancillerías europeas: «La cuestión no es si habrá costes asociados a construir cadenas de suministro alternativas a China, sino si los costes de continuar dependiendo de Pekín son mayores». El dato central es demoledor: China controla la inmensa mayoría de la capacidad mundial de procesamiento de tierras raras, el cuello de botella físico por el que pasan los imanes de los motores eléctricos, los sistemas de guiado de misiles o los microchips de última generación. En mayo de 2026, el Ministerio de Comercio chino ya advirtió por escrito que aplica controles a la exportación de estos materiales «de acuerdo con las leyes y regulaciones», una declaración tan diplomática como amenazante.

El artículo menciona explícitamente las restricciones recientes al galio, el germanio y el antimonio. Son tres materiales que suenan a tabla periódica de instituto, pero que para la industria española del automóvil, la defensa europea y los centros de inteligencia artificial suponen la diferencia entre la soberanía tecnológica y la extorsión geopolítica. Cuando Pekín aprieta, los precios se disparan y las fábricas paran. Así de simple. Occidente no tiene alternativa: el 90% del procesado de tierras raras pasa por manos chinas.

Publicidad

La respuesta de Trump que irrita a algunos aliados y entusiasma a otros

La administración Trump ha reaccionado con una batería de medidas que, en la jerga washingtoniana, se llaman «intervenciones de mercado»: garantías de compra, incentivos fiscales, activación de la Ley de Producción de Defensa (Defense Production Act) y la creación de un marco de asociación con los países del G7. El vicepresidente J.D. Vance lo resumió hace meses con una frase que en Moncloa.com ya habíamos analizado: «El mercado global está fallando». No es ideología, es la constatación de que Pekín lleva décadas subvencionando su cadena de minerales con precios predatorios que ninguna empresa privada occidental puede igualar.

Los debates en el seno del G7 —Canadá, Japón, Australia y Europa tienen intereses contrapuestos— se centran ahora en cómo repartir los costes de construir esa red alternativa. Las voces críticas, especialmente en Bruselas, señalan que Washington está imponiendo un modelo de gobernanza que puede distorsionar aún más los mercados. La lectura desde dentro del Partido Republicano es exactamente la contraria: si no hay intervención estatal, no habrá minería ni refinería occidental que sobreviva a la competencia china.

La fractura no es una tormenta en un vaso. En la cumbre del G7 de hace unas semanas, según relata Maney, el coste de la iniciativa y los mecanismos de fijación de precios ocuparon más tiempo de debate que la amenaza china en sí. Esa paradoja —discutir el coste de la salvación mientras el incendio avanza— define el momento estratégico.

China no ha conquistado el mercado de minerales críticos por azar: ha ejecutado una política de Estado que Occidente solo ahora empieza a imitar.

La Lógica de Washington

Para entender por qué la Casa Blanca ha convertido los minerales críticos en una prioridad de seguridad nacional hay que viajar mentalmente a 2010. Aquel año, Pekín cortó las exportaciones de tierras raras a Japón por una disputa diplomática y el mundo descubrió que un solo país podía paralizar la cadena de suministro de la industria electrónica global. El shock duró meses y los precios se multiplicaron por diez. Desde entonces, el aparato de defensa estadounidense lleva advirtiendo que la dependencia de un adversario estratégico en materiales esenciales para el F-35, los destructores de la clase Arleigh Burke o los sistemas de misiles Patriot es una vulnerabilidad inasumible.

Donald Trump no es el primer presidente que intenta romper esa dependencia, pero sí el que ha puesto más músculo político. La lógica es de manual america first: si Pekín ha usado subsidios, compras estratégicas en América Latina y África y precios por debajo de coste para dominar el refinado, el mercado libre no va a restaurar el equilibrio solo. Hace falta inversión pública, estímulos fiscales y, sobre todo, un paraguas de seguridad que convenza a los inversores privados de que abrir una mina en Nevada o una refinería en Extremadura no acabará en bancarrota la próxima vez que China inunde el mercado con precios artificialmente bajos.

Para España, la ecuación tiene dos caras. Por un lado, sectores como el de la automoción (la segunda industria exportadora del país) dependen de imanes de tierras raras para sus motores eléctricos, y la defensa española participa en programas conjuntos europeos que se nutren de componentes americanos. Por otro, nuestro país alberga proyectos de extracción y procesado de litio y tierras raras que, con el marco de apoyo adecuado, podrían beneficiarse de esta nueva arquitectura occidental. El yacimiento de litio de Cáceres y los proyectos de tierras raras en Ciudad Real, por ejemplo, encajan perfectamente en la estrategia de la administración Trump de diversificar el suministro fuera de China. El coste inmediato, eso sí, será para los fabricantes españoles, que verán subir los precios de los insumos refinados mientras el ecosistema occidental se construye.

Publicidad

La proyección a tres años es clara: si el G7 no acuerda un mecanismo de financiación común, la dependencia seguirá siendo la rémora estratégica de Occidente. Y si lo acuerda, habrá un periodo de transición de precios altos y tensiones comerciales que la industria española deberá navegar con pragmatismo. En el fondo del debate anida una lección que Washington lleva repitiendo desde Reagan: la seguridad nacional no se delega en las fuerzas del mercado cuando el adversario juega con otras reglas.

Ficha del Caso

  • El caso: Un análisis del Zenith Intelligence Group advierte que Estados Unidos y sus aliados del G7 están perdiendo la carrera por los minerales críticos frente a China, que controla casi todo el refinado mundial de tierras raras y ya ha usado las restricciones a la exportación como herramienta de presión geopolítica.
  • Datos clave: China procesa más del 90% de las tierras raras del planeta. En mayo de 2026 impuso controles a la exportación de galio, germanio, grafito y antimonio. La administración Trump ha activado la Defense Production Act y ofrece garantías de compra e incentivos fiscales para construir cadenas alternativas, pero los aliados del G7 discrepan sobre quién debe pagar el coste del nuevo ecosistema.
  • Para España: La industria automovilística y la defensa nacional son altamente vulnerables a los cortes de suministro. Al mismo tiempo, los proyectos mineros de litio y tierras raras en Cáceres y Ciudad Real podrían captar inversión si prospera la alianza occidental, aunque el periodo de transición encarecerá los insumos industriales a corto plazo.