Conde-Duque de Olivares: la caída del valido que quiso reformar el Imperio

La noche del 17 de enero de 1643, Olivares recibió el pliego que lo expulsaba de la corte. En apenas un año, la Unión de Armas se había desmoronado y Portugal proclamó su independencia.

La noche del 17 de enero de 1643 caía una nieve menuda sobre el Alcázar de Madrid. Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, llevaba tres horas encerrado en sus aposentos cuando un ayuda de cámara le entregó el pliego lacrado. El rey Felipe IV, su señor durante más de veinte años, le ordenaba abandonar la corte al amanecer. Sin cargo, sin honores y sin posibilidad de réplica.

Capítulo I: El ascenso del valido

Había llegado al poder en marzo de 1621, apenas muerto Felipe III. Entonces el nuevo monarca tenía diecisiete años y el conde-duque treinta y cinco. La ascensión fue fulgurante: de sumiller de corps a gran privado en cuestión de semanas. Olivares entendió que el Imperio necesitaba quien gobernara mientras el rey se dedicaba a los placeres de la corte. Y él iba a ser ese hombre.

Su proyecto político, expuesto en un famoso memorial secreto de 1624, era ambicioso: transformar la Monarquía Hispánica en un Estado unificado, con una sola ley, una sola moneda y un solo esfuerzo fiscal. La vieja fórmula de sumar cortes por separado —Castilla, Aragón, Portugal, Nápoles— no servía ya. «Todo se ha de reducir a una sola Corona», escribió al rey.

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valido de Felipe IV

Capítulo II: La Unión de Armas

En enero de 1626, Olivares presentó a las Cortes castellanas la Unión de Armas: un reparto obligatorio de soldados y dinero entre todos los reinos de la monarquía. La idea era simple en el papel —cada territorio aportaría 140.000 hombres armados— pero explosiva en la práctica. Cataluña, Portugal y Aragón vieron en la propuesta un ataque frontal a sus fueros. El conde-duque, impertérrito, la convirtió en el eje de su política. La cortes catalanas se negaron. Las portuguesas, sencillamente, no se presentaron.

El historiador John H. Elliott, en su biografía definitiva The Count-Duke of Olivares (1986), califica la Unión de Armas como «la visión más coherente de reforma estatal que produjo el siglo XVII español, pero también la más peligrosa para un sistema basado en la lealtad pactada de las coronas». Olivares subestimó la resistencia de los territorios forales. Aquel febrero de 1626, mientras los procuradores debatían en Valladolid, él ya había decidido que la fuerza, si era preciso, lo resolvería.

Capítulo III: El año de las tres rebeliones

El verano de 1640 fue la tormenta perfecta. El 7 de junio, los segadores catalanes asaltaron el palacio del virrey en Barcelona y dieron muerte al conde de Santa Coloma. Fue el Corpus de Sangre. La revuelta prendió en todo el Principado, que se alió con Francia. Olivares envió un ejército de castigo al mando del marqués de Los Vélez, pero la campaña se empantanó en el sitio de Tarragona y la batalla de Montjuïc.

Seis meses después, el 1 de diciembre, Portugal proclamó rey al duque de Braganza. Fue la restauración de la independencia portuguesa, el mazazo definitivo. Olivares había confiado en que el duque era fiel; se equivocó. En el sur, el duque de Medina Sidonia tramó una conjura andaluza que apenas pudo ser sofocada. En un solo año, tres frentes abiertos que desbordaban los recursos de la monarquía.

El cronista oficial, Francisco de Quevedo —quien había sido encarcelado por orden del propio Olivares en 1639— glosó el desastre en un célebre soneto: «Miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes, ya desmoronados». Los versos corrían de mano en mano en Madrid. El valido, aislado en el Alcázar, supo que el tiempo se le acababa.

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Capítulo IV: La noche de enero

A principios de 1643, la situación militar era insostenible. La guerra con Francia se extendía y la economía castellana estaba exhausta. Las noticias del frente catalán llegaban cada vez más negras. El rey, empujado por la reina Isabel de Borbón y por un grupo de cortesanos que veían en Olivares un lastre, decidió prescindir de su ministro. La orden de destierro, fechada el 17 de enero de aquel año, le llegó al conde-duque en una noche gélida. Según testimonios de la época, Olivares la leyó en silencio, dobló el pliego y comenzó a preparar sus baúles.

Partió al amanecer. El viaje hasta su villa de Loeches duró apenas cuatro horas, pero simbolizó el fin de una era. El rumor se extendió por Madrid antes del mediodía. Los corrillos en la Plaza Mayor comentaban la noticia con alivio y con sorna. Se acababan dos décadas de omnipotencia.

Capítulo V: El silencio de Toro

Olivares no volvió a pisar la corte. En Loeches pasó los primeros meses, pero una orden posterior lo desterró a Toro, a orillas del Duero. Allí, recluido en un palacete, redactó una larga carta al rey en la que culpaba a la mala fortuna y a la perfidia de los enemigos. La salud se le quebró rápidamente. La gota, la melancolía y el peso del fracaso lo consumieron. El 22 de julio de 1645, a los cincuenta y ocho años, murió. En Madrid, la Gaceta apenas le dedicó cuatro líneas.

Su caída no fue solo la de un hombre. Con él desapareció el último proyecto serio de reforma imperial antes de la decadencia irreversible. Apenas dos meses después, el 19 de mayo de 1643, los tercios españoles —símbolo de la hegemonía militar— serían derrotados en Rocroi. La coincidencia de fechas tiene algo de epitafio.

El archivo de Simancas conserva centenares de despachos del conde-duque, llenos de tachones, prisas y contradicciones. Son la prueba de que la historia no la escriben solo los vencedores, sino también los que se atrevieron a soñar imposibles. Gaspar de Guzmán fue uno de ellos. Y, como él mismo escribió en una nota de 1641 que todavía se puede leer, «las empresas grandes piden grandes ánimos, y a veces, grandes ruinas».