Trump logra un acuerdo de paz histórico entre Israel y Líbano tras mediación de EE.UU.

El marco trilateral firmado el 26 de junio busca poner fin a décadas de conflicto, pero Irán ya intenta sabotearlo. La negociación de un memorando con Teherán añade incertidumbre sobre la viabilidad del acuerdo.

El pasado 26 de junio, la administración Trump anunció un marco trilateral entre Israel y Líbano, mediado por Washington, que declara la ambición de poner fin a décadas de conflicto y establecer relaciones pacíficas. Una declaración que, si llegara a buen puerto, enterraría una enemistad que se remonta a la fundación del Estado judío en 1948.

Un marco trilateral con una ambición histórica

El acuerdo —firmado tras meses de discretas negociaciones— establece un camino para que ambos países garanticen su soberanía y seguridad mutuas. Marco Rubio, el secretario de Estado, lo calificó con prudencia: “Es el principio del principio; queda mucho trabajo por hacer”. Pero el mero hecho de que el Líbano, que nunca había reconocido a Israel, se siente a negociar un marco de paz supone un giro diplomático de primer orden.

Durante décadas, el pequeño país mediterráneo ha sido escenario de injerencias externas. En 1969, bajo presión de Egipto, firmó el Acuerdo de El Cairo, que permitió a grupos armados palestinos operar desde su territorio. Aquello desencadenó una guerra civil que dejó 150.000 muertos e invitó a la injerencia primero de la OLP y luego de Hezbolá, la milicia creada, financiada y entrenada por Irán. Las resoluciones 1559 y 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU exigieron su desarme, pero nunca se cumplieron. Ahora, el nuevo marco ofrece una oportunidad real para cerrar esa herida.

Publicidad

Irán y la amenaza del sabotaje

La respuesta de Teherán no se ha hecho esperar. Nabih Berri, presidente del Parlamento libanés y aliado de Hezbolá, ha tachado el acuerdo de “nulo y sin efecto” y ha jurado que “no se adoptará ni se aplicará”. Para la república islámica, una paz duradera entre Israel y Líbano arruina décadas de inversión en su principal proxy regional. Según el análisis del Washington Examiner, el verdadero peligro para la estabilidad no es solo la oposición de Hezbolá, sino que el propio Departamento de Estado pueda estar socavando su propia iniciativa: la reciente firma de un memorando de entendimiento con Irán que, según algunas voces, contempla la suspensión de sanciones petroleras y, con ello, una inyección de fondos al régimen que podría terminar financiando la maquinaria militar que se quiere desmantelar.

El principal riesgo para la paz no es solo la oposición de Hezbolá. Es que el memorando con Irán financie, sin pretenderlo, las mismas fuerzas que la administración Trump dice querer neutralizar.

Es una contradicción señalada incluso por algunos asesores republicanos, que temen que los túneles de hasta 30 metros de profundidad descubiertos por el ejército israelí bajo mezquitas y aldeas, construidos con dinero iraní durante una década, acaben siendo utilizados para futuros ataques como los del 7 de octubre de 2023.

La Lógica de Washington

Para entender lo que busca la Casa Blanca hay que mirar el tablero completo. Trump está replicando el manual que tan buenos réditos le dio en su primer mandato con los Acuerdos de Abraham: normalizar relaciones entre Israel y los países árabes sin atascarse en el conflicto palestino. El objetivo estratégico es triple: debilitar la influencia de Irán en el Mediterráneo oriental, asegurar las rutas energéticas y crear un espacio económico estable que reduzca la presión migratoria sobre Europa. Todo ello encaja con la doctrina “America First”: más seguridad regional y menos necesidad de tropas estadounidenses en Oriente Medio.

La diplomacia paralela con Teherán responde, desde la óptica del Ala Oeste, a una lógica de incentivos. Si se ofrece al régimen iraní una salida económica —a cambio de gestos verificables—, quizá esté dispuesto a retirar su apoyo a Hezbolá. Es una apuesta arriesgada, similar a la que en los años ochenta llevó a Reagan a negociar con la Unión Soviética mientras apoyaba a sus adversarios en Afganistán. Muchos analistas creen que Irán solo entiende la presión, no los incentivos, pero en Washington confían en que la combinación de zanahoria y garrote termine por funcionar.

Para España, el impacto es doblemente relevante. Por un lado, unos 600 militares españoles integran la misión UNIFIL de la ONU en el sur del Líbano, un contingente que quedaría en primera línea si el acuerdo fracasa y se reanudan las hostilidades. Por otro, un Líbano estable abre oportunidades de reconstrucción —carreteras, puertos, plantas energéticas— en las que empresas como Ferrovial, ACS o Acciona podrían tener una ventana de negocio si la paz se consolida. El Gobierno español, de momento, sigue con cautela las conversaciones de Washington mientras mantiene a sus diplomáticos en contacto con las partes.

Ficha del Caso

  • El caso: El 26 de junio de 2026, Estados Unidos anuncia un marco de paz trilateral entre Israel y Líbano, mediado por la administración Trump. Es el primer paso formal hacia el fin del conflicto y el reconocimiento mutuo.
  • Datos clave: Líbano nunca había reconocido a Israel desde 1948. Hezbolá, brazo armado de Irán, controla parte del país y dispone de 150.000 cohetes. El memorando de entendimiento con Irán podría aliviar las sanciones petroleras, lo que, según críticos, financiaría al mismo grupo que se quiere desmantelar.
  • Para España: La estabilidad en Líbano afecta directamente al contingente español en UNIFIL y abre oportunidades de negocio en la reconstrucción. La evolución del acuerdo determinará la seguridad en el Mediterráneo y, con ella, la previsibilidad energética y migratoria de la Unión Europea.