OTAN: Reino Unido impulsa 50.000 millones para ataque de largo alcance

Londres coordina a doce aliados con una estructura de financiación que integra los programas Trinity House y Stratus. La iniciativa busca cerrar la brecha de proyección de fuerza que la invasión de Ucrania ha dejado al descubierto.

La cumbre de la OTAN que se celebra en Viena ha servido de escenario para que el Reino Unido desvele una ambiciosa iniciativa de ataque de largo alcance, dotada con 50.000 millones de dólares para la próxima década. La propuesta, presentada este miércoles, no es un contrato único de adquisición sino una estructura de financiación y coordinación que pretende ordenar el disperso mapa de programas nacionales y bilaterales de misiles que ha brotado en Europa desde 2024.

Según ha podido saber Defense News, Londres coordinará a una docena de aliados a través de este plan, que aglutina compromisos ya existentes y busca profundizar la colaboración industrial y tecnológica. La contribución directa británica asciende a 3.000 millones de libras (unos 4.000 millones de dólares), repartidos entre el programa bilateral con Alemania —denominado Trinity House— y el esfuerzo trilateral con Francia e Italia para el misil Stratus, sucesor del Storm Shadow.

Un paraguas para unir programas dispersos

El esquema británico evita la tentación de crear un arma única para todos los rangos de alcance, que van desde los 300 kilómetros hasta más de 2.000. En lugar de eso, los 50.000 millones de dólares funcionan como un paraguas financiero que aúna iniciativas con distintos requisitos técnicos. El Trinity House, por ejemplo, apunta a desarrollar armas furtivas e hipersónicas más allá de los 2.000 km, con entrada en servicio prevista para la década de 2030. Stratus, por su parte, recibirá 1.400 millones de libras adicionales del Reino Unido en los próximos cuatro años para sustituir al misil de crucero Storm Shadow.

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A esto se suma la incorporación de Londres al programa Precision Strike Missile que ya comparten Estados Unidos y Australia, diseñado para reemplazar al ATACMS. En paralelo, la OTAN anunció ayer que seis miembros —Dinamarca, Francia, Italia, Noruega, Turquía y el propio Reino Unido— han puesto en marcha un proyecto de alta visibilidad para explorar el desarrollo multinacional de nuevas capacidades de ataque de precisión desde tierra, incluidos lanzadores y misiles.

La relación exacta entre este proyecto de la Alianza y el plan británico no está del todo clara, pero el primer ministro británico no precisó qué países forman parte de la docena de socios europeos a los que se refiere su iniciativa de 50.000 millones de dólares.

La profundidad estratégica en el siglo XXI ya no la garantiza el Atlántico, sino la capacidad de golpear centros logísticos a más de 2.000 kilómetros.

La urgencia europea: lecciones de Ucrania y el vacío estadounidense

misiles europeos

El contexto que explica esta aceleración es doble. Por un lado, la guerra en Ucrania ha demostrado el poder devastador de los ataques de precisión contra líneas de suministro situadas a cientos de kilómetros del frente. Ningún ejército europeo quiere quedarse sin esa capacidad. Por otro, la retirada parcial de tropas estadounidenses de Alemania ha dejado a Berlín y a otros aliados continentales con la urgencia de reemplazar capacidades de proyección de fuerza que antes descansaban en Washington.

Esta conciencia ya había cuajado en 2024 con el lanzamiento de ELSA (European Long-Range Strike Approach), una iniciativa de Francia, Alemania, Italia y Polonia a la que luego se sumaron Suecia y el Reino Unido. Sin embargo, según analistas consultados por este medio, ELSA es más un marco de pilares múltiples que una adquisición unificada. El nuevo compromiso de 50.000 millones de dólares podría ser el impulso que ese marco necesita para ganar tracción real tras dos años de avances modestos.

Equilibrio de Poder

Lo que observamos en esta redacción es un movimiento que trasciende la mera adquisición de misiles. La iniciativa británica es, en el fondo, una rearticulación del liderazgo europeo en defensa tras el Brexit. Londres utiliza su relación privilegiada con Washington y su músculo industrial para erigirse como el nodo que vertebra la próxima generación de armas de precisión en el continente. No es casualidad que la presentación se produzca en una cumbre de la OTAN, donde la presión de la Administración Trump para que los aliados eleven el gasto militar al 5% del PIB sigue siendo el telón de fondo.

Para España, que no aparece entre los doce socios iniciales, este plan plantea interrogantes. El país participa en el futuro sistema aéreo de combate FCAS, pero carece de un programa nacional de misiles balísticos o de crucero de largo alcance. Si la nueva estructura de cooperación se consolida, Madrid podría verse forzada a sumarse para no quedar descolgada en un área de capacidad crítica, lo que implicaría aumentar su inversión más allá del 2% del PIB actualmente comprometido. Las bases de Rota y Morón, claves para la proyección estadounidense, ganarían aún más valor estratégico si Europa desarrolla sus propias cadenas de mando y logística de precisión profunda.

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Un precedente útil es la ruptura del Tratado INF en 2019, que liberó a Estados Unidos y Rusia de las restricciones sobre misiles de alcance intermedio. Desde entonces, Moscú ha desplegado sistemas como el Iskander y el Kinzhal sin cortapisas, mientras Europa ha avanzado a trompicones. La iniciativa británica es la respuesta más ambiciosa a ese desequilibrio.

El riesgo, sin embargo, es que la fragmentación política de la UE y las preferencias industriales de cada país diluyan el proyecto en un nuevo catálogo de buenas intenciones. El ELSA, lanzado en 2024, no ha producido resultados tangibles. El plan de Londres depende ahora de que los doce socios concreten sus contribuciones financieras —algo que Defense News señala que aún está por definir— y de que los calendarios industriales, siempre optimistas, se cumplan.

Mantendremos la lupa sobre la próxima cumbre de la OTAN en 2027, cuando los primeros hitos de estos programas deberían cristalizar. La pregunta de fondo sigue siendo si Europa está dispuesta a pagar el precio político y presupuestario de una autonomía estratégica real en materia de disuasión.