El Gobierno austriaco ha movido ficha. El servicio militar obligatorio se amplía de seis a nueve meses para todos los varones que cumplan la mayoría de edad. La decisión, anunciada el lunes por el canciller Christian Stocker, responde a una lectura sin ambages de la guerra en Ucrania: la neutralidad ya no es un salvoconducto.
Una neutralidad que se rearma por necesidad
Stocker compareció en un cuartel a las afueras de Salzburgo flanqueado por los líderes de los dos partidos de coalición. «Las condiciones de seguridad han cambiado de manera fundamental en los últimos años, meses y semanas», afirmó. «El sueño de una paz duradera en Europa se hizo añicos, como muy tarde, con la guerra de agresión rusa contra Ucrania». El canciller añadió que han emergido nuevas amenazas, incluidos ataques híbridos y ciberguerra, y que Austria debe asumir en mayor medida sus propias capacidades de autoprotección. La cita es diáfana: el paraguas de la neutralidad ya no basta.
Austria lleva décadas confiando en unas fuerzas armadas que operan más como protección civil que como ejército disuasorio. Los soldados austriacos asisten en inundaciones e incendios forestales, patrullan las fronteras para interceptar inmigrantes irregulares, pero no se preparan para detener a una fuerza invasora convencional. El propio Ministerio de Defensa lleva años advirtiendo que el país no podría defenderse de un ataque serio de una potencia externa. La invasión rusa ha acelerado el diagnóstico.
La neutralidad permanente no blinda a un país cuando la guerra se libra con drones, misiles hipersónicos y sabotajes híbridos.
El nuevo modelo de servicio militar
El plan del ejecutivo tripartito no se limita a alargar la mili. Se introduce un modelo de reservistas: los conscriptos deberán realizar ejercicios de seguimiento durante los diez años posteriores a su servicio inicial. Además, se permitirá que el servicio civil alternativo —de nueve meses para quienes opten por objetar— se pueda prorrogar dos meses con carácter voluntario. Para hacer más atractivo el cuartel, el Gobierno casi dobla la paga mensual hasta los 1.000 euros e incluye días de vacaciones adicionales. Una reforma que tienta el bolsillo, no solo el patriotismo.
El tablero legislativo es, de todas formas, incómodo. Las modificaciones requieren una mayoría de dos tercios en el Parlamento, lo que obliga a negociar con la oposición: los Verdes o el ultraderechista Partido de la Libertad (FPÖ). Las conversaciones aún no han comenzado. La coalición de Stocker —populares, socialdemócratas y liberales— necesita apoyos externos y el reloj corre porque el deterioro de la seguridad no espera. Austria está rodeada de ocho países. Todos, salvo Suiza y Liechtenstein, son miembros de la OTAN.
Equilibrio de Poder
La decisión austriaca trasciende las fronteras alpinas. Es una pieza más en el rearme acelerado del flanco centroeuropeo. Alemania, Polonia, los países bálticos —todos están engrasando sus capacidades militares convencionales—, y ahora Viena hace lo propio. El mensaje implícito es que la arquitectura de seguridad que Europa daba por sentada tras la Guerra Fría ya no es fiable. Ni siquiera los países neutrales confían en que la OTAN, por sí sola, garantice su integridad territorial. Ese es un dato estratégico de primer orden.
Para España, la noticia tiene una lectura en clave meridional. La frontera sur —Marruecos, el Sahel, el control del Mediterráneo— absorbe la atención de la Defensa nacional. Pero la ampliación austriaca refuerza un principio que Moncloa y el Estado Mayor conocen bien: la disuasión ya no se construye solo con alianzas, sino con músculo propio. El debate del 2% del PIB —o del 5% que exige Trump— se convierte en más acuciante cuando incluso los Estados neutrales elevan su apuesta. Austria, con un gasto militar que apenas supera el 0,7% del PIB, está dando un paso simbólico pero firme. Si Viena se rearma, ¿puede Madrid quedarse rezagada en el flanco sur? La próxima cumbre de la OTAN y los presupuestos generales de 2027 pondrán la respuesta sobre la mesa.
En los pasillos de Bruselas se observa con cautelosa satisfacción. La Comisión Europea llevaba años empujando a los Estados miembros a aumentar capacidades, y un movimiento desde fuera de la Alianza —pero dentro de la UE— legitima el discurso. Sin embargo, el horizonte a diez años asoma cargado de incertidumbres. Si la guerra en Ucrania se enquista, Austria podría verse arrastrada a un esquema de defensa colectiva europea que diluya su estatus neutral de facto. Y si el conflicto escala, la pequeña república alpina ya no podrá refugiarse en su Constitución de 1955. La historia no repite, pero a veces rima: el terremoto de Sarajevo en 1914 empezó a sentirse, precisamente, en los Alpes orientales.
Lo inmediato es seguir los pasos parlamentarios. El gobierno de Stocker necesita tejer apoyos entre los Verdes y el FPÖ, dos fuerzas antagónicas, para convertir el plan en ley. Si fracasa, la imagen de desunión minará la credibilidad del rearme. Si triunfa, Europa sumará un nuevo actor al mapa de la defensa reforzada. España observa desde la distancia, atenta a la factura fiscal y a las necesidades del Estrecho.

