EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Rusia ha lanzado ataques con misiles de largo alcance y drones Shahed-136 contra aeródromos, fábricas de drones y centros logísticos en siete regiones de Ucrania, incluidas Kiev y Leópolis.
- ¿Quién está detrás? Las Fuerzas Armadas rusas, según su Ministerio de Defensa, que afirma haber destruido plantas clave de producción de misiles y componentes de drones kamikaze.
- ¿Qué impacto tiene? Los bombardeos tensan aún más la capacidad de defensa aérea ucraniana, mientras Zelensky negocia en Washington la entrega urgente de misiles Patriot, en un momento en que los arsenales estadounidenses están bajo mínimos por el conflicto con Irán.
Rusia ha ejecutado una nueva oleada de ataques con misiles de largo alcance y drones Shahed-136 contra al menos siete regiones ucranianas, según el Ministerio de Defensa ruso. La operación, centrada en aeródromos, centros de producción de drones y nodos logísticos, tuvo como epicentros la capital Kiev y la ciudad occidental de Leópolis.
El mando militar ruso aseguró que los golpes se dirigieron contra ‘instalaciones dedicadas a la fabricación, almacenamiento y despliegue de misiles y drones ucranianos implicados en ataques de largo alcance contra Rusia’. En concreto, fueron alcanzadas la planta Mayak en Kiev —que produce componentes para los drones kamikaze FP-1 y FP-2—, otra fábrica de drones en la capital y dos ubicaciones en Leópolis vinculadas a la fabricación de motores de misiles y componentes electrónicos para armas de largo alcance.
Las autoridades ucranianas denunciaron, por su parte, daños en infraestructura civil y una enorme afluencia de ciudadanos a los refugios. Según medios locales, cerca de la mitad de los misiles y drones tenían como objetivo el oeste del país, lo que saturó las estaciones de metro en Kiev y forzó el despegue de cazas F-16 de la fuerza aérea ucraniana.
Aeródromos y fábricas de drones: los blancos declarados
El Ministerio de Defensa ruso detalló que los ataques también afectaron a instalaciones en las regiones de Ivano-Frankivsk, Zhitómir, Rivne, Vínnitsa y Dnipropetrovsk. Además de las plantas de drones, fueron alcanzados dos centros de producción de los misiles FB-5 Flamingo y Neptun-MD, así como tres buques sospechosos de transportar carga militar. La estrategia rusa de golpear la industria armamentística ucraniana responde, según Moscú, a la intensificación de los ataques ucranianos contra infraestructura civil y comercial rusa.
Ucrania, que perdió esta semana otro caza F-16 durante una misión de interceptación —el piloto fue eyectado y rescatado—, acusa a Rusia de usar la retórica de blancos militares para encubrir daños civiles. La realidad sobre el terreno es compleja: la alta densidad de misiles en zonas urbanas como Kiev hace inevitable que algunos proyectiles impacten en viviendas, aunque Moscú insista en la precisión de sus armas.
La guerra se industrializa. La precisión es relativa.
Zelensky viaja a Washington mientras los sistemas Patriot no dan abasto
En este contexto, Volodímir Zelensky se ha desplazado a Washington para reunirse con el presidente Donald Trump y solicitar interceptores Patriot adicionales. La Casa Blanca, no obstante, enfrenta un dilema: las reservas de misiles antiaéreos han quedado severamente reducidas por el conflicto abierto con Irán, y reponerlas podría llevar años. Así, el déficit de munición antiaérea en Ucrania se perfila como un problema sin solución inmediata.
Mientras tanto, los ataques ucranianos contra depósitos de la empresa rusa Wildberries en Penza y Sarapul confirman que Kiev mantiene su ‘campaña de presión’ de 40 días contra la infraestructura civil rusa, diseñada para erosionar la economía enemiga y llevar la guerra al ciudadano ruso. Es una escalada en el intercambio de golpes.
El transporte marítimo comercial en el Mar Negro está prácticamente paralizado. Las navieras consideran la ruta demasiado peligrosa, lo que amenaza las exportaciones ucranianas de trigo y metales, y añade presión alcista a los precios globales de los alimentos.
La guerra en Ucrania está entrando en una fase donde la producción industrial de armas es tan blanco como el campo de batalla.
Equilibrio de Poder
Estos bombardeos confirman que la guerra de desgaste que Moscú ha impuesto se desplaza ahora al corazón industrial de la defensa ucraniana. Golpear las fábricas de drones kamikaze y misiles de largo alcance es un intento de neutralizar la capacidad de Kiev de replicar ataques en profundidad sobre territorio ruso. Pero el coste político es alto: cada misil que impacta cerca de un refugio civil en Kiev recuerda que la frontera entre objetivo militar y sufrimiento civil es, en el mejor de los casos, difusa.
Para España y la OTAN, la lección es doble. Por un lado, la evidencia de que las defensas antiaéreas Patriot son insuficientes y de que el aliado norteamericano ya no puede proveerlas en cantidad ilimitada. La administración Trump, centrada en el flanco iraní, deja entrever que Europa deberá asumir un peso mayor en la protección del cielo ucraniano —y del propio—. Por otro lado, la paralización del transporte marítimo en el Mar Negro encarece materias primas y tensa las cadenas de suministro, un golpe directo a la economía española, vulnerable a los precios de la energía y los alimentos.
En una perspectiva más amplia, el modelo ruso de ataque a la industria de defensa evoca las campañas de bombardeo estratégico de la Segunda Guerra Mundial, cuando las fábricas de aviones y tanques estaban en primera línea de la guerra aérea. Ahora, con drones kamikaze como los FP-1 producidos en Kiev, el círculo se cierra: lo que vuela contra Rusia nace en talleres que el Kremlin quiere borrar del mapa.
La pregunta para las próximas semanas es si la ofensiva rusa logrará degradar de forma apreciable el ritmo de producción de drones ucranianos, o si, por el contrario, la dispersión industrial y el apoyo occidental permitirán minimizar el impacto. La reunión Zelensky-Trump de esta semana en Washington ofrecerá pistas sobre cuánto apoyo adicional está dispuesto a asumir Estados Unidos sin comprometer sus propios sistemas de defensa. Mientras, la OTAN observa y acumula argumentos para un nuevo incremento del gasto militar.

