El frío de noviembre se colaba por las juntas de las ventanas del monasterio de El Pardo, ese refugio de caza que aquella tarde se había convertido en el corazón lúgubre de la monarquía. Fuera, los criados aún arrastraban los crespones negros que habían ordenado colocar apenas unas horas antes. Dentro, frente a frente, dos hombres medían la suerte de un reino. Uno era Antonio Cánovas del Castillo, el conservador que había devuelto a los Borbones al trono tras el caos del Sexenio Democrático. El otro, un riojano de sesenta años que había llegado allí con la fama de revolucionario — Práxedes Mateo Sagasta —, el liberal forjado en barricadas que ahora se disponía a jurar lealtad a la misma corona que un día combatió.
La noticia que los había convocado era la muerte de Alfonso XII, fulminado por la tuberculosis a los veintiocho años. Sin rey varón, con una regencia frágil y un pueblo agotado por décadas de asonadas y guerras civiles, el país amenazaba con volver a desgarrarse. Aquella reunión improvisada, sellada sin papeles ni testigos, daría forma al llamado «Pacto de El Pardo»: el acuerdo por el que Sagasta asumiría la jefatura del Gobierno, mientras Cánovas se retiraba a la oposición leal, para que la regente María Cristina amaneciese sostenida por un turno pacífico de poder. Fue la hora en que el zorro liberal se convirtió en guardián de un orden que él mismo había contribuido a derribar.
Capítulo I: El mano a mano de El Pardo
La escena de aquella tarde del 24 de noviembre de 1885 está grabada en la memoria política de España sin necesidad de actas. Los dos prohombres se habían reunido en el monasterio de El Pardo, residencia real utilizada para cacerías y reposos, ahora envuelta en un silencio denso tras las exequias del monarca. El latido de los relojes marcaba el pulso de una decisión que podía desencadenar otra guerra carlista o precipitar un golpe militar. Sagasta, con su corpulencia y su vozarrón, no necesitó levantar la mano para imponer respeto; Cánovas, más menudo y de palabra precisa, jugaba con las gafas mientras sopesaba cada sílaba.
El historiador Miguel Artola ha descrito ese instante como el momento en que «la Restauración dejó de ser un proyecto personal de Cánovas para convertirse en un sistema institucional». No intercambiaron papeles ni firmaron documento alguno. Bastó una conversación en la que Sagasta se comprometió a sostener la regencia y Cánovas a no obstaculizar el tránsito pacífico del poder hacia los liberales. El turno pacífico — ese mecanismo de alternancia pactada que definiría las siguientes décadas — nacía allí, en silencio, sin aplausos, con la frialdad de una operación quirúrgica sobre un cuerpo político herido.
Quienes conocían a Sagasta sabían que no era un advenedizo. Llevaba casi treinta años en la primera línea del liberalismo español, con una trayectoria que iba del exilio y los pronunciamientos a los despachos ministeriales. Aquella noche, sin embargo, era la primera vez que tomaba las riendas de un país en suspensión. Salió de El Pardo con el encargo de formar Gobierno y con la certeza de que su viejo rival Cánovas aguardaba en la sombra para recoger el testigo cuando el péndulo político lo reclamase.

Capítulo II: De revolucionario a hombre de Estado
Práxedes Mateo Sagasta había nacido en Torrecilla en Cameros, en las tierras altas de La Rioja, el 21 de julio de 1825. Hijo de un modesto comerciante, estudió Ingeniería de Caminos en Madrid, una carrera que parecía destinada a mantenerlo alejado de las intrigas cortesanas. Pero el joven Sagasta se empapó pronto de las ideas progresistas que recorrían los cafés y las tertulias madrileñas. En 1854, con apenas veintinueve años, se sumó a la sublevación de Vicálvaro — la Vicalvarada — que sacudió la última etapa del reinado de Isabel II. No fue un simple espectador: fue uno de aquellos civiles que tomaron las armas al grito de regeneración.
La revuelta fracasó y Sagasta fue condenado a muerte. La sentencia se conmutó por el exilio en Francia, donde empezó a tejer la red de contactos que más tarde le auparía al poder. El exilio templó su radicalismo de café y le enseñó, como él mismo diría años después a sus íntimos, que «la política no se hace con barricadas, sino con paciencia y con el reloj en la mano». Regresó con la revolución de 1868 — la Gloriosa — que destronó a Isabel II, y durante el efímero Sexenio Democrático ocupó la cartera de Gobernación bajo el gobierno del general Prim. Fue desde esa atalaya ministerial desde donde Sagasta comprendió que la debilidad de los regímenes decimonónicos no residía en las ideas, sino en la incapacidad de garantizar una sucesión pacífica.
Cuando en 1875 Cánovas restauró la monarquía borbónica con Alfonso XII, muchos esperaban que Sagasta se mantuviera en una oposición frontal. Sin embargo, el riojano ya había abandonado el romanticismo insurreccional. Apostó por transformar el disperso liberalismo en un partido de gobierno cohesionado, el Partido Liberal Fusionista, y por aceptar las reglas del juego que Cánovas había diseñado. Fue una decisión que desconcertó a una parte de sus correligionarios, pero que le granjeó el respeto de una Corona que necesitaba de sus servicios. La muerte súbita del rey en 1885 precipitó la ocasión que ambos líderes llevaban años madurando.
Capítulo III: El turno pacífico, una mecánica de relojería
El sistema que Sagasta y Cánovas ensamblaron durante los años siguientes funcionó como un reloj embustero pero eficaz. El turno pacífico consistía en que los dos grandes partidos, el Conservador y el Liberal, se turnaran en el Gobierno mediante elecciones que no eran otra cosa que un ritual controlado por los caciques locales. El partido en el poder «fabricaba» la mayoría parlamentaria necesaria, mientras el de la oposición esperaba su turno sin perturbar el orden constitucional. España, de este modo, se alejó de las revueltas cuartelarias que habían marcado el siglo, pero a cambio de una democracia que era, en el mejor de los casos, una ficción.
Sagasta gobernó por primera vez como presidente del Consejo de Ministros entre 1881 y 1883, un adelanto de lo que vendría después. Pero fue el llamado «Gobierno Largo» (1885-1890) el que le permitió imprimir su sello legislativo. Durante ese quinquenio, el liberalismo de Sagasta se tradujo en medidas que transformaron la vida cotidiana de millones de españoles: la más emblemática fue la ley de sufragio universal masculino, sancionada el 26 de junio de 1890. Por primera vez, todos los varones mayores de veinticinco años podían depositar una papeleta, aunque los engranajes del caciquismo siguieran decidiendo quién ganaba.
Pero el turno no era solo una alternancia mecánica. Era, también, una partida de ajedrez entre dos temperamentos opuestos. Cánovas, cerebral y distante, desconfiaba del pueblo y creía en la fuerza del orden. Sagasta, en cambio, conservaba el instinto del político de mitin, del hombre que pateaba provincias y conocía el nombre de los alcaldes. Su oratoria era torrencial, salpicada de giros populares y de un humor que desarmaba a sus adversarios en el Congreso. A pesar de que las crónicas de la época hablaban de «enemistad cordial», las fuentes diplomáticas revelan que ambos mantenían un intercambio epistolar constante y, en los momentos de crisis, se hablaban sin intermediarios. La muerte de Cánovas el 8 de agosto de 1897, abatido por el anarquista Angiolillo en el balneario de Santa Águeda, dejó a Sagasta políticamente viudo y al frente de un país que se desangraba en sus colonias.

Capítulo IV: Las luces y las sombras del gobierno largo
El gabinete de 1885 a 1890 no fue solo el del sufragio. Aprobó también la Ley de Asociaciones, que permitió la creación de sindicatos obreros y asociaciones profesionales, y la Ley del Jurado, que introducía ciudadanos legos en la administración de justicia. Eran reformas que hablaban de una España que aspiraba a homologarse con las democracias europeas, aunque la realidad socioeconómica — con un campesinado empobrecido y una industrialización raquítica — las hiciera insuficientes. Las memorias del embajador británico de la época anotan que Sagasta solía comentar en privado que «gobernar España es como conducir un carro por un camino de cabras; quien no pone una rueda en la cuneta ya se da por satisfecho».
La vuelta de Sagasta al poder en 1892 y, sobre todo, el gobierno que presidió entre 1897 y 1899 hubieron de afrontar la crisis colonial definitiva. La guerra de Cuba, iniciada en 1895 bajo el mandato de Cánovas, alcanzó su desenlace fatal con la intervención de Estados Unidos en 1898. A Sagasta le correspondió recibir el telegrama de la derrota naval de Santiago de Cuba, el 3 de julio, y, pocos meses después, estampar su firma en el Tratado de París por el que España perdía Cuba, Puerto Rico y Filipinas. La humillación fue un mazazo que acabó con el prestigio de la Restauración y convirtió al viejo zorro liberal en el chivo expiatorio de un desastre que él no había provocado, pero que le tocó gestionar.
Las hemerotecas recogen el abatimiento del presidente. Sus últimas comparecencias en las Cortes mostraban a un hombre extenuado, con la voz cascada por un problema de garganta que no cesaba. En una de aquellas sesiones, un diputado carlista le espetó que su gobierno era el de la derrota. Sagasta, sin levantar la cabeza, respondió: «Sí, pero también el de la dignidad». No consta que aquella réplica esté recogida literalmente en el Diario de Sesiones, pero la leyenda parlamentaria la ha consagrado como el epitafio de su carrera.

Capítulo V: El adiós del viejo león
Tras la firma del Tratado de París, Sagasta se retiró brevemente a su casa de la madrileña calle de Almagro, hoy desaparecida, pero regresó al poder por última vez en 1901, ya anciano y enfermo, para un mandato que apenas duró un año. Aquejado de un cáncer de garganta — o quizás de una afección laríngea crónica cuyos informes médicos se han perdido —, apenas podía hablar. Se dice que en los últimos consejos de ministros se comunicaba por escrito, garabateando notas en cuartillas que luego el subsecretario leía en voz alta. Aquella imagen del hombre que había llenado hemiciclos con su vozarrón, reducido al silencio y a la tinta, emocionó incluso a sus adversarios.
Práxedes Mateo Sagasta falleció en Madrid el 5 de enero de 1903. El régimen que él y Cánovas habían construido seguía en pie, pero se hallaba ya mortalmente herido por el caciquismo que ambos habían utilizado como argamasa. El funeral congregó a una multitud que despidió no solo a un político, sino a una época. La generación del 98, que había quedado marcada por el desastre colonial, contempló aquel entierro con la certeza de que se cerraba un capítulo y se abría otro, incierto y crispado, que pronto estallaría en las calles de Barcelona y en los campos de Marruecos.
Hoy, la figura de Sagasta reposa en los márgenes de una historia que prefiere recordar a los caudillos antes que a los equilibristas. Aquel pacto sellado una tarde de noviembre en El Pardo mantuvo a España alejada de los cuartelazos durante casi cuatro décadas, pero hipotecó la democracia real a cambio de una paz artificial. Cuando uno visita las salas del Congreso de los Diputados, aún puede verse, entre los escaños, la sombra de aquel riojano corpulento que supo, en el momento decisivo, elegir la estabilidad por encima de sus propias convicciones juveniles. El turno pacífico fue su obra maestra y también su condena, porque la política, como él mismo sabía desde sus años de ingeniero, no se hace con barricadas, pero tampoco con relojes que retrasan la hora de la verdad.
