Los números del último barómetro de GESOP para El Periódico dibujan un escenario inédito: Aliança Catalana se asoma a 867.000 votos en unas hipotéticas elecciones, con un crecimiento que se alimenta principalmente de dos vectores: el trasvase desde Junts y la capacidad de aglutinar el voto de protesta. El dato más llamativo, sin embargo, no es la cifra global, sino la magnitud de la fuga: uno de cada cinco nuevos apoyos de la formación ultra procede de la lista de Carles Puigdemont, el 22% de los nuevos votantes de Sílvia Orriols. Lejos de la lectura apresurada que situaba a Junts como principal (y casi único) caladero, la encuesta revela un movimiento tectónico más complejo.
De Junts, pero no solo: la captación transversal del voto protesta
La transferencia directa asciende a casi 167.000 votos procedentes de Junts, pero el resto de los 755.000 nuevos electores que se sumarían a los 112.000 fieles de 2024 proceden de un amplio abanico: Vox (13%), PSC (9,2%), ERC (7,9%), PP (7,7%), CUP (3,3%) y Comuns (2,1%). Según el sondeo, el 22% de los nuevos apoyos llega desde Junts y el 78% restante desde el resto del tablero, incluido un 14,9% de abstencionistas de 2024 y un 17,6% de votantes que optaron por el voto en blanco. La fidelidad del elector de Aliança es del 94%, una cifra insólita que apunta a una consolidación del nicho ultra.
Este trasvase polifónico desmonta el argumento de que la formación de Orriols es un simple desgajamiento del espacio posconvergente. De hecho, Junts aporta solo una cuarta parte de los nuevos votos; el resto se nutre de desencantados que van desde la extrema derecha (Vox mantiene aquí su base competitiva) hasta el centroizquierda, pasando por el nacionalismo de izquierdas. “Aliança absorbe todo el voto protesta contra los partidos tradicionales”, resume el informe del GESOP.
Quién vota a Orriols: activo, crítico y con un pesimismo que dobla la media
El perfil del votante de Aliança que traza la encuesta es el de una persona laboralmente activa, de entre 30 y 59 años, con estudios medios o superiores y residente principalmente en municipios pequeños, aunque no exclusivamente: en las ciudades de más de 500.000 habitantes (Barcelona) es la segunda fuerza en intención directa de voto. No es un electorado de pensionistas ni de baja formación: el 80,6% trabaja y el 93,4% tiene al menos formación profesional o universitaria.
El pesimismo distingue radicalmente a este votante: tres de cada cuatro creen que la situación de Catalunya empeorará en los próximos dos años, frente al 63% que suspenden la gestión del Govern de Salvador Illa —el doble que el conjunto de la población—. Además, la preocupación por la inseguridad, la inmigración, el coste de la vida y la pérdida de identidad nacional figura entre los principales motivos para decantarse por Aliança.
El malestar no se circunscribe a la derecha: casi un 18% se define de izquierda o centroizquierda, lo que permite a Orriols pescar en caladeros ideológicamente ajenos.
La identidad también matiza el discurso fácil: el 51,6% se siente únicamente catalán o más catalán que español, pero el grupo individual más numeroso (41,9%) se siente tan catalán como español. Esto marca una línea de separación con Vox, cuyo electorado es mayoritariamente de sentimiento solo español. La transversalidad identitaria refuerza la capacidad de Aliança para erosionar tanto a Junts como al PSC en según qué territorios.
El mapa del ascenso: Lleida y Girona, epicentro de la batalla con Junts
Donde la encuesta enciende todas las alarmas es en Lleida, donde Aliança Catalana alcanza una intención directa de voto del 35,1%. Aunque la muestra provincial es limitada (800 entrevistas), la cifra confirma la tendencia que ya apuntaban los barómetros del CEO: Lleida y Girona serán el campo de batalla directo entre Aliança y Junts. En Girona, los ultras empatan en segunda posición con el PSC, mientras que en Tarragona son segundos a solo dos puntos del PSC. En Barcelona, ya son tercera fuerza en voto directo.
El arraigo en localidades de menos de 10.000 habitantes es notable (18,2% de intención de voto), pero dos de cada tres potenciales votantes residen en la provincia de Barcelona. Esto evita el estereotipo de partido exclusivamente rural: el crecimiento se está urbanizando a medida que el malestar por la gestión de la inmigración y la inseguridad permea las periferias metropolitanas.
Qué implicación tiene para el tablero del Parlament: el riesgo de una mayoría ingobernable
Las consecuencias de esta cristalización del voto ultra son potencialmente sísmicas. Si Aliança Catalana se convierte en segunda fuerza, la geometría parlamentaria que sostiene la actual legislatura —basada en un Govern del PSC con apoyos externos de ERC y Comuns, y la contención de Junts— se tambalearía. Una Cámara con tres fuerzas independentistas fuertes (Junts, ERC y Aliança) haría casi imposible una mayoría estable sin acuerdos transversales que hasta ahora se consideraban tabú, como un acercamiento entre el PSC y Junts para aislar a Orriols o una reedición del tripartito con ERC y Comuns que necesitase además la abstención de Junts.
La polarización creciente, además, refuerza a Orriols como referente para un sector del electorado que ya no se siente representado por Puigdemont ni por la gestión pragmática de ERC. El dato de que el 63% del electorado de Aliança califica de mala o muy mala la acción del Govern indica que Illa no solo sufre desgaste por su izquierda, sino que alimenta involuntariamente la alternativa de derecha radical. La misma lógica de protesta que benefició a Vox en España empieza a operar en Cataluña, pero con el ingrediente de un discurso identitario que diluye las fronteras derecha-izquierda.
La encuesta de GESOP —realizada entre el 15 y el 25 de julio de 2026— no es una foto fija, pero sí una señal de que el sistema de partidos catalán está reconfigurándose. La gran pregunta es si Junts resistirá la hemorragia o si, como vaticina el sondeo, acabará cediendo el liderazgo del independentismo de centroderecha a una fuerza que, por ahora, nadie quiere sentar en la mesa de negociación.
