La milicia hutí ha tomado la orilla del mar Rojo: el puerto de Mocha y la isla de Perim están bajo su control desde este viernes. Lo que parecía un frente secundario de la guerra entre Irán y Estados Unidos se ha convertido, en cuestión de días, en la segunda llave energética del planeta.
No es una escaramuza. The Soufan Center describe la captura de la costa como la ganancia estratégica más relevante que Teherán ha obtenido en esta guerra. La lectura confidencial es otra: Riad ha perdido el pulso sobre un viejo peaje geográfico, el estrecho de Bab el-Mandeb, y ahora tiene que decidir si entra en el pantano yemení justo cuando sus vecinos le dejan solo.
Le pongo en contexto: el avance no surge de la nada. Desde junio, cuando Arabia Saudí bombardeó el aeropuerto de Saná para impedir el aterrizaje de un vuelo de Mahan Air que presuntamente transportaba material iraní para los hutíes, la tregua de 2022 se sostenía con alfileres. La semana pasada, los hutíes lanzaron una ofensiva relámpago hacia el sur y el viernes tomaron Mocha y varias islas del mar Rojo, incluida Perim.
El resultado es un corredor de dos millas. En Perim, el canal comercial por el que transitan los buques entre el océano Índico y el Mediterráneo queda al alcance de fuego directo, sin necesidad de satélites, radares ni sistemas de guiado. Ya no se requiere tecnología avanzada: un misil anticarro basta para estrangular la ruta. Es el mismo principio de la guerra naval clásica aplicado a una milicia con armamento ligero.
La ofensiva relámpago que cambia el tablero del mar Rojo
Del bloqueo de Saná a la caída de Mocha: una tregua que se rompe por los dos flancos
Impacto energético inmediato: el ataque con drones y misiles contra el oleoducto East-West, atribuido por The Soufan Center a milicias iraquíes alineadas con Irán, colapsó una arteria de hasta 7 millones de barriles diarios. Riad la empleaba para esquivar el embudo del estrecho de Hormuz; ahora ha quedado interrumpida justo cuando el crudo supera de nuevo los 100 dólares por barril. La pinza se cierra con la geografía como arma.
La reacción saudí no se ha hecho esperar. Fuentes de ABC News citan a un funcionario estadounidense que asegura que Riad lanzará una gran operación militar incluso sin ayuda exterior. Sobre el papel, Arabia Saudí ya ha movilizado cerca de la frontera blindados, tanques, helicópteros Apache, y hasta 200 cazas. El sábado, según los hutíes, los saudíes lanzaron 129 ataques aéreos sin alterar el equilibrio de fuerzas.
El control de Bab el-Mandeb no exige satélites ni detectores: bastan dos millas de costa y un misil anticarro para estrangular una ruta global.
El problema es que, por debajo de la movilización, no hay socios regionales que quieran entrar en el pantano. Emiratos, arquitecto de la intervención de 2015-2022, se mantiene al margen por su apuesta por los secesionistas del sur, rivales del gobierno yemení reconocido por la ONU. Pakistán y Turquía, firmantes del Pacto de Defensa de La Meca, han dejado claro que no enviarán tropas a una crisis que ya existía antes del acuerdo.
La Casa Blanca tampoco va a tirar del gatillo. Donald Trump rechazó la petición de Mohamed bin Salman de ataques aéreos estadounidenses durante una llamada el jueves y se limitó a declarar que todo se arreglará ‘sobre la marcha’. Al-Monitor recoge que un alto funcionario de la administración describe la postura como ‘empoderar a los socios regionales para que asuman el liderazgo’. El respaldo se reduce a inteligencia táctica no letal a través de una célula de fusión bilateral y al envío del jefe del CENTCOM, el almirante Brad Cooper, a Riad.
Riad sabe que puede bombardear mucho, pero en una década ha aprendido que los hutíes sobreviven a las bombas y se recomponen en las montañas.
A cambio, el portavoz hutí Mohammad Abdul Salam ha prometido no atacar buques estadounidenses ni israelíes en Bab el-Mandeb si Washington no interviene. Ese juego de espejos es lo que más descoloca a los estrategas de la región: la pasividad de Estados Unidos puede comprarse con un simple mensaje verbal. Si yo trabajara en contrainteligencia, pondría la alerta en el hecho de que Trump confirmara la conversación en Dublín.
Le diré una cosa: el Eje de la Resistencia no gana guerras de movimientos, pero suele ganar la guerra de desgaste. Las milicias iraquíes han disparado misiles balísticos y drones contra infraestructura del Golfo. Los hutíes añaden el control del paso marítimo. La energía europea, y por tanto la española, se encarece por la vía del flete y del riesgo percibido. No es una guerra hipotética: es un recargo que llegará al recibo industrial.
Conviene recordar que Arabia Saudí lleva diez años intentando contener a los hutíes con diplomacia y dinero. La intervención militar de 2015-2022, pilotada por Riad y Abu Dabi, terminó en tablas. Desde entonces, los hutíes habían reconstruido su red de túneles, misiles y drones. La ofensiva actual, según los expertos regionales, dejó al descubierto que la concentración de fuerzas hutíes en la costa supone una oportunidad aérea para Riad: un kill box, en el argot militar. Pero también deja a los saudíes ante la disyuntiva de bombardear una zona desde donde se puede disparar a los cargueros.
Aquí no hay un malware, hay un posicionamiento físico. La amenaza es de infiltración estructural de una milicia cliente, con componente de sabotaje económico. El método combina captura de terreno cerca de un paso marítimo con presión de milicias iraquíes sobre oleoductos saudíes. No es ciberespionaje, es el viejo oficio de controlar un desfiladero, pero en versión Irán.
En el plano de las agencias, quien ataca es Ansarolá, el movimiento hutí, con cobertura de la Fuerza Quds y los servicios iraníes; quien defiende es la coalición saudí-emiratí y el gobierno yemení reconocido por la ONU; quien mira con atención son Israel, Egipto y Catar, junto al CNI y el CCN-CERT españoles, que monitorizan cualquier perturbación de las rutas energéticas del Mediterráneo. No esperen una implicación militar española, pero sí un seguimiento discreto de la dirección de inteligencia.
El material de la operación no es papel clasificado, es geografía y blindados. Sin embargo, la coordinación de la célula de fusión entre Estados Unidos y Arabia Saudí implica probablemente intercambio de inteligencia de nivel Secreto para los movimientos del CENTCOM y las fuerzas saudíes. A juzgar por la naturaleza del despliegue, estimo nivel Secreto.
Otro precedente, y quizá el más instructivo, es la guerra de los petroleros en el estrecho de Hormuz de los años ochenta. Entonces se demostró que un actor no estatal con misiles y lanchas rápidas puede alterar el precio del crudo y obligar a las armadas occidentales a patrullar. Los hutíes lo han aprendido, y Teherán lo anota en el manual del desgaste.
Mi lectura es que Riad ha perdido el control de la narrativa. Hace un año, la tregua parecía el preludio de un acuerdo con Irán; hoy, el flanco sur de la península se ha convertido en la segunda pinza de Teherán. Trump, al negarle a MBS el apoyo militar, deja a Arabia Saudí con un arsenal carísimo y sin aliados dispuestos a morir en Yemen. La atribución del ataque al oleoducto a milicias iraquíes aún no está confirmada de forma independiente; conviene mantener la cautela con los detalles del mensaje verbal entre Trump y el portavoz hutí.
El próximo informe del ODNI sobre la actividad del Eje de la Resistencia, previsto para octubre, será la primera prueba de si Washington cambia de criterio. Si el crudo supera los 110 dólares, la discusión sobre una intervención directa se reabrirá en el Despacho Oval. Y Moncloa tomará nota, porque la factura energética no entiende de geopolítica.

