Von der Leyen fija el rumbo del Estado de la Unión: seguridad, fronteras, competitividad y Ucrania

El PPE y los socialdemócratas europeos llegan al discurso de mañana con exigencias opuestas sobre migración, simplificación y Pacto Verde. España asiste al pulso desde la primera línea por la crisis de Ceuta y el reparto de poder en la Eurocámara.

El Estado de la Unión de mañana llega con la Eurocámara partida en dos y con Ursula von der Leyen obligada a elegir entre sus dos grandes aliados.

Un discurso entre dos exigencias irreconciliables

No es un trámite: los dos grandes grupos del Parlamento Europeo tiran de la presidenta de la Comisión en direcciones opuestas. El Partido Popular Europeo (PPE) y los socialdemócratas, tradicionales aliados centristas, llegan al discurso con una brecha política que el avance de la extrema derecha agranda.

El Estado de la Unión (SOTEU, por sus siglas en inglés) no tiene fuerza jurídica: es una foto de prioridades que la Comisión convierte después en programa legislativo. Por eso las palabras importan menos que los silencios. Von der Leyen tendrá que pronunciarse sobre migración, clima y simplificación sin romper del todo con ninguno de sus socios.

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Los populares europeos reclaman redoblar la agenda de simplificación legislativa iniciada hace dos años y endurecer la política migratoria tras la crisis de Ceuta. Para el PPE, los doce paquetes ómnibus presentados hasta ahora son insuficientes.

S&D pide justo lo contrario: frenar la desregulación de las políticas verdes y aclarar si la Comisión aceptará que el PPE apruebe medidas con votos de la extrema derecha. En paralelo, defiende mantener el apoyo a Ucrania sin que el giro del PPE lo diluya. En una carta enviada a Von der Leyen, Iratxe García Pérez, presidenta del grupo socialdemócrata, exige ‘un compromiso político claro de que no habrá marcha atrás en el Pacto Verde Europeo’.

La carta de García no menciona la inmigración. El PPE, en cambio, la sitúa como ‘una cuestión prioritaria para la gente‘, según declaró Manfred Weber la semana pasada, antes de reunirse con Von der Leyen para preparar el discurso.

El choque de fondo no es de tono: son dos modelos de Unión que compiten por el control de la agenda antes de la elección de la presidencia del Parlamento.

El vicepresidente sueco del PPE, Tomas Tobé, redobla esa presión: ‘No es suficiente. Necesitamos más desregulación horizontal si queremos ser competitivos.’

La tensión se alimenta de la renovación de la cúpula de la Eurocámara prevista para enero. El PPE quiere que Roberta Metsola siga al frente; los socialdemócratas defienden que ahora les toca a ellos. Ese pulso convierte el discurso en una plataforma de posicionamiento.

El precedente no ayuda. En el debate posterior al SOTEU del año pasado, Weber acusó al grupo S&D de romper la alianza centrista y ‘dañar la agenda europea’. García respondió con dureza y señaló a Weber y al PPE como responsables del bloqueo. Diplomáticos, eurodiputados y funcionarios de la Comisión quedaron atónitos.

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Algunas capitales presionan para cerrar un gran pacto entre PPE y S&D que incluya cesiones en la prohibición del motor de combustión, las emisiones de carbono, el refuerzo de Frontex y el presupuesto europeo. La idea es sellar las diferencias antes de que la extrema derecha capitalice la parálisis.

Ceuta, simplificación y el precedente del choque Weber-García

Von der Leyen

La crisis de Ceuta ha dado al PPE una palanca concreta para colocar la migración en el centro del discurso. Los socialdemócratas quieren corregir ese enfoque: su apuesta es que Von der Leyen no blanquee los acuerdos con la extrema derecha a cambio de mayor velocidad legislativa.

La aritmética parlamentaria es hoy más frágil que hace un año. La extrema derecha avanza en varios países y el PPE ha normalizado en algunas votaciones lo que antes era anatema: acordar con ella endurecer deportaciones o eliminar exigencias verdes. Ese precedente irrita a los socialdemócratas y debilita la confianza de los grupos progresistas.

El caballo de batalla entre ambas familias es la simplificación, presentada como receta de competitividad. Bruselas ha presentado doce paquetes ómnibus, pero el PPE considera que hacen falta más cambios horizontales. Los socialdemócratas replican que no se puede desregular lo verde sin pagar un coste electoral y climático.

Los paquetes ómnibus se han convertido en una línea de batalla. En la práctica, agrupan reformas que aligeran obligaciones de reporte para empresas y pymes. Para el PPE, es la palanca de la competitividad; para S&D, un retroceso encubierto del Pacto Verde. La presidenta de la Comisión tendrá que decidir si lo vende como equilibrio o como prioridad del PPE.

El Eje del Poder Europeo

El pulso, por brutal que parezca sobre el papel, no es nuevo. Reproduce la geometría variable de la UE: los populares, con Alemania y los nórdicos, empujan la competitividad y la frontera; los socialdemócratas, con España, Italia y Portugal en retaguardia, intentan proteger el acervo verde y social. La extrema derecha, mientras tanto, actúa como tercera fuerza en la aritmética parlamentaria.

Para España, la jornada tiene una lectura inmediata. La crisis de Ceuta no es un asunto de política interior: se ha convertido en la palanca argumental de los sectores más duros del PPE. El Gobierno de Pedro Sánchez, representado en el grupo S&D, observa con recelo cualquier endurecimiento migratorio que normalice devoluciones rápidas o el refuerzo frontal de Frontex sin contrapartidas presupuestarias.

En Moncloa se mira también el mapa político nacional. Cualquier giro de la Comisión hacia la derecha da munición a PP y Vox para presionar al Gobierno con la agenda migratoria y afearle su alineamiento con los socialdemócratas europeos. La carta de García es, en ese sentido, un intento de blindar el centro.

La UE no puede permitirse un centro roto en plena revisión del presupuesto y de las reglas fiscales. Los gobiernos del sur miran con preocupación: si la agenda de competitividad se impone a costa de la cohesión, la brecha Norte-Sur reaparecerá. La intervención de mañana no resolverá ese dilema, pero puede marcar el tono.

A medio plazo, la disputa por la presidencia del Parlamento Europeo y el trato con los Verdes y la extrema derecha definirá si el centro europeo sigue siendo una alianza operativa o una suma rota. La carta de García pide a Von der Leyen una elección explícita. Si la presidenta evita responder, el coste no será solo político: será institucional.

El precedente del año pasado demuestra que el debate puede descarrilar. La próxima cita con la realidad será la propia intervención de mañana y, sobre todo, la negociación del paquete ómnibus y del presupuesto europeo. Ahí se verá si Von der Leyen consigue gobernar la contradicción o solo administrarla.