En medio de la multitud que aguardaba en la Plaza Mayor de Lima para ver pasar a Felipe VI durante su visita oficial al Perú, una vocecita infantil se elevó por encima del murmullo: “¡Holaaa, Felipe, Felipe!”. El Rey, que caminaba a pie entre el Palacio de Gobierno y la Cancillería, giró la cabeza, sonrió como pocas veces se le ve en actos protocolarios y levantó la mano para devolver el saludo. El vídeo, captado por un móvil y difundido por las televisiones, se ha convertido en el emblema de un viaje de Estado que buscaba reforzar lazos diplomáticos y ha terminado regalando a la Corona un relato de cercanía que ningún gabinete de comunicación habría diseñado mejor.
Una bienvenida multitudinaria que anticipaba la calidez
El monarca llegó a la capital peruana para asistir a la ceremonia de investidura de Keiko Fujimori y participar en los actos centrales de las Fiestas Patrias. Las imágenes del recorrido oficial ya habían mostrado a un jefe de Estado que optó deliberadamente por bajar del vehículo y recorrer a pie varios centenares de metros, protegido por un discreto dispositivo de seguridad pero expuesto al contacto directo con los ciudadanos. Los gritos de “¡Viva el Rey!”, “¡Majestad!” y “¡Bienvenido a Perú!” evidenciaban el arraigo de la figura del monarca español en un país con el que comparten profundos lazos culturales y comerciales.
Era la antesala de un momento que nadie había previsto en la agenda oficial. Porque en las recepciones diplomáticas, el libreto se escribe sobre notas verbales y órdenes de precedencia; en la calle, en cambio, manda la espontaneidad y, esa mañana de julio, quien llevaba la batuta era una niña de apenas cinco o seis años que aguardaba junto a su familia.
El saludo que rompió el guión y conquistó las redes
Cuando la comitiva real se aproximaba a la altura de la Catedral, la pequeña, encaramada en los brazos de un adulto, gritó con toda la frescura que permite la infancia: “¡Holaaa, Felipe, Felipe!”. Sin tratamiento, sin protocolo, sin la reverencia que los adultos interiorizan casi por instinto. El Rey, lejos de corregir o ignorar la informalidad, respondió con una expresión de sorpresa divertida, giró el torso y saludó con la mano, alargando el contacto visual varios segundos. Las cámaras recogieron el intercambio desde varios ángulos, y en cuestión de horas el clip se convirtió en el contenido más compartido de la jornada.
Las reacciones en redes sociales no se hicieron esperar. Mientras unos usuarios ironizaban con frases como “En su país le hacen reverencia y aquí lo llaman Felipe”, otros rescababan el valor simbólico del gesto: “Esto es lo que hace grande a una monarquía moderna, que un ciudadano pueda hablarle de tú al Rey sin miedo”. La Casa del Rey no emitió valoración alguna, pero la secuencia, por sí sola, ya había pulverizado cualquier previsión de alcance mediático.
En la monarquía contemporánea, un gesto espontáneo comunica más que un comunicado, y cuesta mucho menos explicarlo.
Una imagen que humaniza a la Corona en pleno relevo generacional
Conviene leer la escena en clave institucional. Felipe VI ha dedicado buena parte de su reinado a construir un perfil de monarca cercano, sobrio y conectado con la calle, consciente de que la legitimidad de la Corona depende, en democracia, de la percepción pública. Por eso, un saludo infantil que rompe el protocolo sin descortesía funciona como un acelerador de esa estrategia: muestra a un Rey que no necesita parapetarse tras la etiqueta para ejercer su función, y a una sociedad —la peruana, pero también la española, que ha seguido el vídeo con fruición— dispuesta a reconocer la autoridad sin perder la naturalidad.
El episodio se produce además en un momento significativo: con la Princesa de Asturias completando su formación militar y asumiendo actos en solitario, la Corona española está inmersa en un relevo generacional que exige modernizar la relación con la ciudadanía. La imagen del Rey saludando a una niña que le llama por su nombre de pila puede parecer anecdótica, pero encapsula el tipo de monarquía que Zarzuela quiere proyectar: firme en lo institucional, accesible en lo personal, inmune a los corsés que la alejarían de la calle.
No todo es espontaneidad, claro. La decisión de caminar desprovisto de parapeto motorizado —aplaudida incluso por analistas que suelen ser críticos con los excesos protocolarios— fue una apuesta deliberada por el contacto directo. Y surtió efecto: cientos de peruanos y españoles residentes en Lima pudieron ver al Rey de cerca, hablarle y, como en el caso de la pequeña, interpelarle con absoluta confianza. La anécdota viral, en el fondo, fue el fruto de una siembra diplomática y estratégica previa.
Claves del Protocolo y Estado
- Contexto del acto: La visita a Perú, motivada por la investidura de Keiko Fujimori, refuerza los lazos bilaterales en un país prioritario para España. El retorno de imagen en forma de viralidad ha excedido cualquier previsión inicial.
- El detalle de protocolo: La decisión de recorrer a pie la Plaza Mayor, fuera del estricto protocolo vehicular, creó las condiciones para el saludo espontáneo. La respuesta del Rey, sonriendo y saludando sin reticencias, subraya un estilo de monarca que no se siente amenazado por la cercanía.
- Próximos pasos: La agenda oficial del Rey continúa con actos en España a partir de agosto; la Casa del Rey no ha comentado el vídeo pero, a nivel de comunicación, el gesto queda incorporado al relato de reinado próximo a la ciudadanía.
