Bellingcat y Jeune Afrique sitúan al Africa Corps ruso detrás de los drones contra civiles en Malí

Los investigadores geolocalizan más de una docena de ataques en mercados, minas y viviendas del norte de Malí. El informe documenta víctimas civiles y denuncia la narrativa de precisión emitida en la televisión nacional.

Bellingcat y Jeune Afrique han geolocalizado más de una docena de ataques con drones del Ejército maliense en el norte de Malí. La investigación conjunta, publicada este martes, documenta víctimas civiles en mercados, minas artesanales y viviendas, a menudo emitidas en la televisión nacional como éxitos quirúrgicos contra terroristas.

Le adelanto que el informe no se queda en la denuncia: reconstruye con satélite y fuentes abiertas cada ataque, lo que en el oficio llamamos OSINT. Y la lectura confidencial es otra. Porque detrás del Ejército maliense (FAMa) está el Africa Corps ruso, la fuerza que el Kremlin reestructuró a partir de los restos del Grupo Wagner tras la muerte de Yevgueni Prigozhin. La misma red que ya vimos operar en Siria, en Libia y en la República Centroafricana.

El método Bellingcat: cómo se geolocaliza un ataque sin pisar el terreno

Los investigadores de Bellingcat no viajaron a Malí. No les hizo falta. Trabajaron con imágenes de satélite de alta resolución, vídeos difundidos por la propia televisión maliense ORTM1 y testimonios recogidos por Jeune Afrique. Cada coordenada se contrasta con imágenes previas y posteriores para confirmar la cicatriz de la explosión.

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Lo hicieron, por ejemplo, con el ataque del 8 de julio de 2025 en Zouera, en la región de Tombuctú. La FAMa presentó la operación como la destrucción de un vehículo logístico terrorista. El vídeo del Bayraktar TB2 muestra a una persona caminando junto al vehículo antes del impacto. La explosión incendia una estructura cercana. Las imágenes posteriores muestran un cadáver calcinado dentro del inmueble, situado justo al lado del vehículo alcanzado.

Médicos Sin Fronteras confirmó que cuatro personas murieron en ese ataque, entre ellas tres niñas. Otras cinco fueron atendidas por heridas, una en estado grave. La ubicación, geolocalizada por Bellingcat en las coordenadas 16.84589, -3.85213, estaba dentro del casco urbano de Zouera, no en un puesto logístico remoto.

La propaganda de guerra se desmorona cuando alguien compara un vídeo con un satélite: no hay relato que sobreviva a una coordenada.

Así trabaja el OSINT moderno: sin agentes sobre el terreno, sin informantes, solo píxeles y horarios. Cualquiera puede hacerlo.

Poca gente sabe hacerlo bien.

No es casualidad que este método haya desmontado antes la versión rusa del derribo del MH17, los crímenes de la guerra en Siria o los bombardeos sobre hospitales en Ucrania. La caja de herramientas es la misma. La credibilidad, también.

La doctrina de ‘culpa por ubicación’: así se mata sin preguntar quién está abajo

Yvan Guichaoua, investigador del Centro Internacional de Estudios de Conflictos de Bonn, le pone nombre al patrón: «culpa por ubicación. Las personas se convierten en objetivo por dónde están, no por quiénes son. Si estás cerca de un vehículo sospechoso, eres un objetivo. Si te refugias en una casa tras el primer estallido, la casa se convierte en objetivo.

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El caso de Amasrakad, en marzo de 2024, lo retrata de forma escalofriante. El Ejército maliense difundió dos ataques consecutivos con dron. El primero alcanzó una camioneta Toyota Hilux aparcada, que según Amnistía Internacional era utilizada por el centro de salud local. Los residentes creyeron que el vehículo era el objetivo y corrieron a refugiarse en un recinto cercano. El segundo misil cayó directamente sobre ese recinto.

Trece civiles murieron, incluidos siete niños, según el informe de Amnistía Internacional de 2024. El testimonio recogido por Jeune Afrique lo confirma: el hombre que grabó las imágenes contó que ayudó a trasladar a ocho heridos a centros de salud. Después se unió al Frente de Liberación de Azawad, el grupo separatista tuareg.

La FAMa emitió un comunicado afirmando que las operaciones «neutralizaron a varios terroristas y destruyeron una cantidad significativa de equipo militar y vehículos». Bellingcat y Jeune Afrique preguntaron a la FAMa si mantiene esa versión y si investigó las muertes civiles. No hubo respuesta al cierre de la edición.

Cosas que pasan cuando la verdad incomoda.

El patrón se repitió en Tinzaouaten, en la frontera con Argelia, con dos grandes ataques en 2024. El del 25 de agosto dejó al menos una veintena de muertos, según la propia FAMa, aunque imágenes geolocalizadas por Bellingcat muestran cuerpos de dos niños entre las víctimas. Un residente declaró a Reuters que civiles murieron en los bombardeos.

Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra

Veo en esta investigación algo más que una denuncia humanitaria. Veo un manual de contrainteligencia aplicada a la propaganda. Mali es el escenario donde Rusia ensaya desde 2021 su modelo de seguridad privada: primero con Wagner, ahora con el Africa Corps, un conglomerado de mercenarios, asesores militares y operadores de drones que le cuesta a Bamako contratos millonarios y concesiones mineras.

El Africa Corps ruso opera en el Sahel con el mismo manual que Wagner usó en Siria: aviación no tripulada, propaganda televisiva y negación sistemática de bajas civiles. La diferencia es que ahora hay una infraestructura OSINT capaz de reconstruir cada ataque y ponerle un número, una fecha y una coordenada.

El vector de amenaza aquí no es un ciberataque ni una infiltración HUMINT clásica. Es una operación militar encubierta con drones, categorizada en inteligencia como operación de bandera falsa de hecho consumado: la narrativa oficial presenta cada bombardeo como un golpe preciso contra el terrorismo cuando la evidencia satelital dice lo contrario.

Las agencias implicadas son claras. Atacante: las Fuerzas Armadas Maliense (FAMa) con apoyo técnico y operativo del Africa Corps ruso. Defensora: la población civil del norte de Malí, sin agencia que la proteja desde el Estado. Terceros que miran: la DGED marroquí, que sigue el flanco sur con una mezcla de de interés y alarma; el CNI español, que monitoriza el Sahel desde la cooperación con Marruecos y Argelia; y los servicios argelinos, directamente concernidos por la frontera de Tinzaouaten.

El nivel de clasificación estimado del material es «Sin Clasificar pero Sensible». Todo lo publicado por Bellingcat procede de fuentes abiertas, pero su valor para un servicio de inteligencia es equivalente al de un informe operativo: quién dispara, desde qué base, con qué dron, con qué frecuencia y con qué impunidad.

Quienes conocen el oficio lo dicen sin rodeos: el informe de Bellingcat es el mejor producto OSINT que se ha hecho sobre el Sahel en este ciclo. Y no lo ha hecho un servicio de inteligencia, sino una red de periodistas y analistas independientes.

Ya advertí en El quinto elemento que «el próximo 11S empezará con un clic». En el Sahel, ese clic ya se da cada vez que un operador ruso pulsa el botón de un Bayraktar turco. Y la diferencia entre un ataque quirúrgico y un crimen de guerra cabe en una coordenada.

El bloque africano de Moscú no se detiene en Malí. Burkina Faso, Níger y la Alianza de Estados del Sahel (AES) orbitan cada vez más cerca del Kremlin desde los golpes militares de 2022 y 2023. El Africa Corps es la punta de lanza. Los drones turcos, la artillería. Y la televisión, el arma de desinformación más barata.

Me consta, por fuentes en La Moncloa, que el flanco sur es una prioridad declarada del CNI desde la retirada francesa de la Operación Barkhane y la posterior expansión rusa. España no es solo frontera terrestre con Marruecos en Ceuta y Melilla. También es zona de tránsito para la inestabilidad del Sahel: migración irregular, redes yihadistas y, cada vez más, presencia de redes de influencia rusas en Argelia y el Magreb.

Permítame ser claro: si usted ha seguido la evolución del Sahel en los últimos cinco años, habrá notado que el lenguaje de las juntas militares cambió de la «estabilización» al «soberanismo». Es un lenguaje que Moscú compra barato y paga con asesores y drones. El informe de Bellingcat y Jeune Afrique pone cifras, fechas y cuerpos a ese discurso.

La próxima cita relevante es el informe anual del ODNI sobre el Sahel, previsto para finales de 2026. Y, en España, la comparecencia de la Comisión de Secretos Oficiales para evaluar la amenaza en el flanco sur. Si las víctimas de Zouera y Amasrakad no aparecen en esos documentos, sabremos que la geopolítica pesa más que la geolocalización.

Dejémoslo en un «ya veremos».