En el Café Suizo de Barcelona, la noche del 6 de enero de 1945, el humo de los cigarrillos peleaba contra el frío que se colaba por la puerta de la calle. Los periodistas estiraban el cuello para oír el nombre que el editor José Vergés iba a pronunciar ante el jurado. Nadie esperaba que sonara como sonó. Carmen Laforet, una joven que aún no había cumplido los veinticuatro años, acababa de ganar el primer Premio Nadal con una novela breve titulada «Nada».
El certamen, impulsado por Ediciones Destino, buscaba abrir un resquicio en el panorama narrativo de la posguerra. En una España todavía ahogada por el racionamiento y la censura, el galardón era una puerta de salida. La autora no estaba en la sala; su manuscrito había viajado hasta Barcelona con la discreción de los sobres certificados.
Capítulo I: La noche de Reyes del primer Nadal
Inspirado en el modelo de los premios franceses, el Nadal nacía con la vocación de descubrir autores. José Vergés, al frente de Ediciones Destino, había convocado a un jurado que mezclaba poetas, críticos y periodistas de la nueva generación. Aquella noche de Reyes, el humo del café se mezclaba con la expectación de una profesión que, después de la guerra, necesitaba nombres nuevos.
La tiranía de la censura era un filtro cotidiano. Cada original pasaba por el despacho del lector de turno; cada novela publicada era un milagro burocrático. «Nada» se salvó por su aparente sencillez: no hablaba de política, sino de hambre, miedo y desamor. Y eso, en 1945, también era subversivo.
El premio, fallado en la noche de Reyes, puso en circulación un apellido que hasta entonces no decía nada a los suplementos literarios. La edición de «Nada» se imprimió pocas semanas después, y el efecto fue una sacudida en un mercado editorial que apenas empezaba a despertar de la autarquía. Los libreros apuntaron el título en las listas de más vendidos; los críticos hablaron de una voz nueva que retrataba la posguerra sin épica y sin propaganda.
La dotación del Nadal no convirtió a Laforet en millonaria, pero le dio algo más difícil de medir: un nombre. En aquella Barcelona de tabernas llenas de humo y familias que planchaban la ropa dos veces, la irrupción de una muchacha veinteañera con una novela sobre el vacío y la hambruna moral resultaba tan incómoda como necesaria.
Capítulo II: El cuaderno de una desconocida
Carmen Laforet había nacido en Barcelona el 6 de septiembre de 1921, en el seno de una familia burguesa que pronto quedaría desdibujada por la enfermedad y el desapego. Su padre, Eduardo Laforet Altolaguirre, trabajaba como arquitecto; su madre, Teodora Díaz de Cossío, murió cuando ella tenía trece años. El golpe la llevó a Las Palmas de Gran Canaria, a casa de la abuela materna, una mujer severa que más tarde quedaría en el recuerdo de la autora.
Allí, entre la luz atlántica y la soledad, aprendió a convivir con el silencio. El regreso a Barcelona, en 1939, la enfrentó a un piso de la calle Aribau que apestaba a alcanfor y a discusiones. Se matriculó en Filosofía y Letras en la Universidad, pero pronto comprendió que lo suyo no eran las aulas, sino la escritura. El manuscrito de «Nada» nació en los años de estudiante, entre 1943 y 1944, en los márgenes de una vida universitaria austera.

Aquel piso de la calle Aribau, con sus pasillos sombríos y sus muebles viejos, se convirtió en el escenario de «Nada» y en la metáfora de una clase social que había perdido el rumbo. La primera página de la novela es ya una declaración de intenciones:
«Llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto al que había anunciado, y no me esperaba nadie.»
La Andrea de la novela llega de noche, huye de un pasado y se topa con una casa donde la violencia no estalla por falta de fuerzas. La guerra no aparece en primer plano, pero se la siente como un alambre de fondo que aprieta las conversaciones y los silencios.
Capítulo III: Barcelona, la ciudad herida
La Barcelona que pisó Carmen Laforet en 1939 no era la capital cosmopolita de antes de la guerra. El hambre estaba en las colas del racionamiento y en los portales. La calle Aribau, en pleno ensanche, era una trinchera de supervivientes que ocultaban su desgaste detrás de las persianas bajadas.
La novela no ofrece un retrato amable. Andrea choca contra una tía solterona que esconde su agotamiento, contra un músico que maltrata a la esposa, contra una cocina donde el aceite se guarda con candado. En esa asfixia, Andrea no termina de revelarse contra el mundo que le impone aquella casa; se deja arrastrar, observa y sobrevive.
Los personajes conservan una extraña vitalidad: la tía Angustias, con su moral agria; Román, el músico violento y seductor; Gloria, la cuñada maltratada; la abuela, que asiste a la deriva de su casa sin fuerzas para detenerla. Andrea se mueve entre el asco y la compasión, sin terminar de sentirse parte del clan. La crítica valoró la exactitud de las atmósferas. Algunos llamaron a «Nada» una novela de iniciación; otros, una radiografía de la posguerra. Laforet detestaba las etiquetas: en sus escasas declaraciones decía que había escrito lo que conocía, sin más pretensiones. La trama se tensa con la amistad entre Andrea y Ena, una compañera de la universidad que se cruza con el clan de la calle Aribau. El desenlace no ofrece redención, solo una huida hacia Madrid y la certeza de que la vida no tenía por qué ser amable.
Capítulo IV: El éxito y la jaula de la fama

El éxito de «Nada» llegó rápido. La crítica la aplaudió, los lectores agotaron las primeras ediciones y la prensa convirtió a su autora en una promesa. En 1946 se casó con el periodista Manuel Cerezales, con quien tuvo cinco hijos. La fama no la acomodaba. Laforet huía de los banquetes literarios y de las fotografías.
Después publicó «La isla y los demonios» (1952), una novela que recibió un trato más frío. Por «Nada» obtuvo en 1948 el Premio Fastenrath de la Real Academia Española. «La mujer nueva» (1955) y «La insolación» (1963) confirmaron su talento, pero ya con intervalos largos. Hacia finales de los sesenta, su nombre empezó a espaciarse en los catálogos.
La etiqueta de joven prodigio la persiguió sin descanso. En lugar de alimentarla, Laforet se encogió de hombros y siguió escribiendo a su ritmo, ajena al mercado de las novedades. Aquel repliegue era un rara avis en un mundo literario que premiaba la presencia y la foto. La correspondencia con su editorial se reducía a notas breves. A partir de 1963, los lectores no volvieron a tener una novela suya durante décadas.
Capítulo V: El silencio como última página

Laforet se retiró sin pancarta. En 1970 se separó de Manuel Cerezales. A partir de entonces, las apariciones públicas se redujeron a contadas entrevistas en las que se refería a su obra con una distancia que desconcertaba a los periodistas. Vivió en Madrid, lejos de los círculos editoriales, y trabajó durante décadas en una novela que no entregaba.
El 28 de febrero de 2004 murió en Madrid a los 82 años. Ese mismo año, Ediciones Destino publicó «Al volver la esquina», el manuscrito inacabado que había dejado. La calle Aribau sigue ahí, con su número 36. La novela sigue leyéndose en los institutos. El enigma de Carmen Laforet, sin embargo, no se ha disipado.
La publicación de «Al volver la esquina» en 2004 reabrió el debate sobre su legado. No era una novela redonda, sino una obra póstuma, con costuras visibles. Los lectores pudieron asomarse a la mesa de trabajo de una escritora que no se rendía, aunque publicara poco. Laforet no dejó memorias ni diarios publicados. Su biografía está llena de espacios en blanco que los investigadores han intentado rellenar con cartas y testimonios. Ese silencio documental es, quizá, su última respuesta a una sociedad que la quería convertir en personaje.
Quizá por eso «Nada» sigue despidiendo esa luz fría de las obras que nacen de la necesidad y no del deseo de agradar. La autora se borró, y ese borrado, involuntario o no, se convirtió en su último gesto literario.

