Irán sopesa atacar intereses militares de Estados Unidos en Bulgaria y Chipre si Donald Trump intensifica la guerra. Según dos fuentes internas del régimen citadas por el Financial Times, la represalia iraní iría más allá de Oriente Próximo y colocaría por primera vez en el punto de mira a dos Estados miembros de la Unión Europea.
La amenaza no es una bravata puntual. Se produce en un contexto de repliegue diplomático: las negociaciones para reabrir el estrecho de Ormuz están estancadas, el acuerdo provisional firmado en junio entre Washington y Teherán ha quedado en papel mojado y el líder supremo, el ayatolá Mojtaba Khamenei, acaba de ascender a figuras de la línea dura a los principales puestos de seguridad. Todo apunta, según los analistas consultados, a que la reanudación del conflicto es una cuestión de cuándo, no de si ocurrirá.
Bulgaria autorizó el mes pasado el uso de la base aérea de Bezmer,, para el reabastecimiento de combustible de aviones estadounidenses. Chipre, por su parte, ya sabe lo que es estar en la diana: la base británica de Akrotiri fue atacada por un dron en marzo. A eso se suma un historial reciente de acción a gran distancia: en febrero, Washington acusó a Teherán de lanzar misiles contra Diego García, base estadounidense-británica en el Océano Índico, a unos 4.000 kilómetros. Ninguno alcanzó su objetivo.
El régimen iraní también ha evaluado la posibilidad de atacar los cables submarinos de fibra óptica en el estrecho de Ormuz en caso de escalada. Es un salto cualitativo: no se trata solo de golpear infraestructura militar, sino de amenazar la conectividad global y arrastrar a Europa al conflicto por vías no convencionales.
La segunda fuente citada por el diario británico lo formula sin matices: ‘Si Estados Unidos se extralimita, Irán se defenderá a cualquier precio, irá más allá de la región y atacará también a Europa’. La primera añade que el preciso ataque del mes pasado contra una base estadounidense en Jordania, con tres militares muertos, fue un mensaje: ‘Europa puede ser objeto de ataques con misiles, así que debe saber cuál es su posición en esta guerra’.
La señal iraní no va dirigida solo a Washington: es un aviso a Europa para que mida el coste de la guerra en su flanco sur.
Sidharth Kaushal, analista del Royal United Services Institute, describe la amenaza como real pero limitada. Los misiles balísticos Shahab de alcance medio podrían alcanzar objetivos en el sur y sureste de Europa, aunque transportar cargas útiles ligeras y causar daños reducidos. Douglas Barrie, del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, recuerda que los ataques frustrados contra Diego García demuestran que Irán dispone de armas con alcance superior a los 2.000 kilómetros. La incógnita no es técnica: es si Teherán está dispuesto a gastar una parte de su arsenal en una demostración de fuerza lejana.
En el terreno político, la dinámica interna iraní empuja hacia la escalada. El nombramiento de Mohsen Rezaei, excomandante de la Guardia Revolucionaria, como máximo responsable de seguridad es leído en Teherán como una relegación temporal de los sectores negociadores. ‘Si no se llega a un acuerdo con Ghalibaf, hay que negociar con Rezaei’, resumen analistas iraníes citados por el FT. La frase define el nuevo equilibrio de poder.
De Oriente Próximo al flanco sureste de la Unión
El salto de escala es la clave. Hasta ahora, Irán había concentrado sus represalias en activos militares, instalaciones energéticas e infraestructuras estadounidenses dentro de Oriente Próximo. La Guardia Revolucionaria ya advirtió el mes pasado al Reino Unido: ‘Cualquier base que se utilice para lanzar un ataque contra territorio iraní será considerada un objetivo legítimo’. Ahora, la evaluación recae sobre Bulgaria y Chipre, dos países de la UE que han cedido o albergado infraestructura aliada sensible. No es solo un aviso a Washington: es una señal directa a Bruselas.
La Unión Europea no tiene una política de defensa territorial comparable a la de la OTAN, y esta amenaza la coloca ante un dilema incómodo. Bulgaria y Chipre son socios comunitarios; si uno de ellos es atacado por albergar bases estadounidenses, la solidaridad europea se pondría a prueba de inmediato. De momento, Bruselas no ha confirmado ninguna evaluación de amenaza y la información circula únicamente por fuentes periodísticas y servicios de inteligencia. Pero el precedente de marzo, con el dron contra Akrotiri y la interceptación de misiles por parte de defensas aéreas de la OTAN en Turquía, demuestra que el flujo ya no es hipotético.
Bulgaria y Chipre, en la primera línea de una guerra no declarada
La elección de estos dos países no es casual. Bulgaria autorizó el uso de Bezmer como escala logística para aviones estadounidenses, una decisión que Teherán interpreta como participación indirecta en las operaciones de Washington. Chipre, con la base británica de Akrotiri, ya ha sufrido un ataque con dron. Ambos comparten una posición geográfica vulnerable: están lejos del núcleo duro de la defensa europea y dependen en buena medida de capacidades aliadas externas para su protección aérea.
Para España, el aviso tiene una lectura incómoda. El territorio español alberga bases militares de Estados Unidos en Rota y Morón, y no es ajeno a la lógica de represalias contra activos estadounidenses en suelo europeo. Ninguna fuente del régimen iraní menciona España en la evaluación difundida por el FT, pero la geometría de la amenaza es clara: cualquier país que facilite logística o plataformas a Washington puede entrar en la lista de objetivos. La pregunta estratégica es si la disuasión europea está preparada para proteger el flanco sur, o si la disuasión la seguirá prestando Washington.

El Eje del Poder Europeo
La amenaza iraní activa todas las fracturas internas de la UE. Berlín y París prefieren hasta ahora una respuesta europea limitada, centrada en la diplomacia y en la protección de activos críticos, sin escalar militarmente. Los países del sur —entre ellos España, Italia, Grecia y Chipre— perciben la amenaza como una cuestión de primera línea, pero no todos la leen igual. Roma reitera su preocupación por la seguridad del Mediterráneo oriental, mientras que Atenas considera que cualquier flanco en el mar Egeo o en el sureste europeo toca directamente su perímetro. Por su parte, Bulgaria, como país fronterizo, no oculta su inquietud por convertirse en moneda de cambio de una guerra que no inició.
El eje frugal y los países nórdicos, en cambio, tienden a mirar hacia el este y el Báltico, no hacia el sur. Para La Haya y Copenhague, la prioridad estratégica sigue siendo el rearme frente a Rusia, y un conflicto con Irán se percibe como una distracción peligrosa. Esa divergencia de percepciones define el tablero: la amenaza iraní no cohesiona a la Unión, sino que revela cuánto cuesta articular una defensa común. El precedente histórico que mejor lo explica es la crisis de los euromisiles de los años ochenta, cuando Europa se descubrió como escenario de chantaje militar ajeno y tuvo que decidir entre ser parte del conflicto o pagar el coste de la equidistancia.
Para España, el dato estratégico es doble. Primero, el estrecho de Ormuz sigue siendo una arteria energética fundamental para el sur de Europa, y su bloqueo prolongado eleva la presión sobre precios y suministros. Segundo, la presencia de bases estadounidenses en Rota y Morón convierte a España en un nodo logístico que, en caso de escalada, no puede descartarse como objetivo indirecto. No es un pronóstico apocalíptico: es un recordatorio de que las bases que ayer eran activos de cooperación pueden convertirse en pasivos de seguridad cuando el conflicto se desplaza.
La lectura a cinco años es clara. Si Teherán consolida su capacidad de golpear más allá de Oriente Próximo, la Unión Europea tendrá que decidir si invierte en defensa antimisiles y en seguridad del flanco sur, o si sigue dependiendo de Estados Unidos para disuadir adversarios externos. La primera opción cuesta dinero y exige consenso; la segunda, cede soberanía. La amenaza iraní, incluso si se queda en bravata, obliga a plantear un debate que estaba aparcado. Y cuanto más se demore, más caro será el despertar.
Cosas que pasan en agosto. Los cauces diplomáticos no han producido ni una reapertura del estrecho ni una mesa creíble de negociación. La próxima prueba de fuego no tiene fecha concreta, pero será fácil de reconocer: bastará con ver si la UE responde como bloque o si cada país del flanco sur sale a buscarse su propio paraguas.
