Costa Brava guarda todavía algún rincón que se resiste a la masificación de las postales de verano. A pocos kilómetros de Tossa de Mar, uno de los pueblos con más encanto de Girona, hay una cala de 170 metros que combina arena gruesa, zonas rocosas y una historia de cine que muy pocos turistas conocen.
Se llama Cala Giverola, y aunque su nombre no suene tan sonoro como otras playas de la zona, fue escenario de un rodaje de Hollywood en 1950. Allí, entre acantilados y pinos, Ava Gardner y James Mason filmaron Pandora y el holandés errante, y la actriz quedó tan prendada del lugar que hoy sigue teniendo un rincón dedicado en el pueblo vecino.
Costa Brava: la cala que enamoró a una estrella de Hollywood
Antes de llegar a la cala, merece la pena detenerse en Tossa de Mar. Sus murallas medievales, su casco antiguo y el faro que corona el promontorio explican por qué Marc Chagall bautizó el pueblo como «Paraíso azul» tras pasar allí dos veranos en los años treinta.
Pero fue el cine el que puso a Tossa en el mapa internacional. En 1950, la producción de Pandora y el holandés errante trajo hasta la Costa Brava a Ava Gardner, quien mantuvo un romance con el torero catalán Mario Cabré durante el rodaje y dejó una huella que todavía se nota en el pueblo.
Un homenaje que sigue en pie 75 años después
En Tossa de Mar puede visitarse hoy la estatua de bronce dedicada a Ava Gardner, erigida en la colina que domina la playa principal en recuerdo de aquel rodaje que la propia actriz recordaría toda su vida. La escultura, obra de la artista gerundense Ció Abellí, se ha convertido en parada obligada para quienes buscan algo más que sol y arena en la Costa Brava.
No fue una visita cualquiera: Ava Gardner acabaría instalándose en España pocos años después, primero en Madrid y luego en el barrio de El Viso, donde vivió más de una década alejada del ruido de Hollywood. Aquel primer contacto con la costa catalana, dicen quienes han investigado su etapa española, marcó el inicio de un romance con el país que duraría toda la vida.
El paseo hasta la cala: cinco kilómetros de acantilados
Para llegar a Cala Giverola desde Tossa de Mar hay dos opciones. La primera es coger el coche y recorrer unos cinco kilómetros por una carretera con curvas en dirección a Sant Feliu de Guíxols, aparcando en el parking de pago junto al resort Pola Giverola, con un precio que ronda los 10 euros al día.
La segunda, y la que de verdad merece la pena, es seguir el Camí de Ronda, el sendero histórico que bordea los acantilados de la Costa Brava con vistas que cortan la respiración. Se puede recorrer a pie desde Tossa, descubriendo de paso otras pequeñas calas escondidas por el camino, en una caminata que combina naturaleza, historia y algo de esfuerzo físico bien recompensado.
Cómo es la cala hoy
Cala Giverola mantiene un aspecto muy similar al que enamoró a Ava Gardner hace más de siete décadas. El mar Mediterráneo baña sus 170 metros de playa, donde la arena gruesa convive con zonas rocosas en las que los más pequeños se entretienen observando cangrejos y otras especies marinas entre las piedras.
Pese a su tamaño reducido, la cala no ha quedado desatendida por el turismo: su proximidad al camping y al resort de la zona permite encontrar restaurantes, chiringuito y todo tipo de servicios sin salir del entorno natural que la hace especial.
Actividades náuticas para todos los gustos
Quien busque algo más que tumbarse en la toalla tiene opciones de sobra. Cala Giverola ofrece:
- Submarinismo en aguas cristalinas con visibilidad notable
- Snorkel entre las formaciones rocosas de los extremos de la cala
- Rutas en kayak hacia calas vecinas como Cala Pola o Cala Futadera
- Excursiones en lancha para ver el litoral desde el mar
Cada una de estas actividades permite descubrir un ángulo distinto de la costa, y muchas se pueden contratar directamente en los puntos de alquiler junto a la playa, sin necesidad de reservar con semanas de antelación.
Cómo llegar desde Barcelona y Girona
Desde Barcelona, la opción más práctica sigue siendo el coche, ya que Tossa de Mar no cuenta con estación de tren. Los itinerarios por la C-32 o la AP-7, con enlace a la GI-681 y la C-35, permiten llegar en algo menos de dos horas.
Desde Girona la distancia se reduce considerablemente: apenas 40 minutos de trayecto. Una vez en el pueblo, todo se recorre a pie sin dificultad, combinando el casco antiguo, las murallas, el faro y varias calas en una sola jornada bien aprovechada.
Lo que viene: menos coche, más sendero
La tendencia en la Costa Brava para los próximos veranos apunta en una dirección clara: cada vez más viajeros optan por dejar el coche aparcado y explorar el litoral a pie por el Camí de Ronda, priorizando calas con acceso limitado frente a las playas masificadas con aparcamiento en primera línea.
Si piensas visitar Cala Giverola esta temporada, el consejo de quienes ya la conocen es sencillo: llega temprano, sobre todo en pleno agosto, y reserva tiempo para el paseo por el sendero. La combinación de esfuerzo moderado y recompensa visual es, precisamente, lo que ha mantenido a esta cala fuera del radar durante décadas.


