3El colchón: firmeza recomendable, años de uso y señales de que toca cambiarlo
Entre los factores que explican por qué alguien se levanta con la espalda cargada, el colchón es quizá el más fácil de corregir. La evidencia no respalda el viejo tópico de que cuanto más duro, mejor: un estudio de la Fundación Kovacs concluyó que los colchones de dureza intermedia mejoran la evolución del dolor lumbar 2,4 veces más que uno muy rígido, y cerca del 40% de los pacientes que cambiaron de colchón pudieron abandonar los analgésicos. El motivo es mecánico: si la superficie es demasiado blanda, las caderas se hunden y la zona lumbar queda sin sujeción; si es demasiado firme, aparecen puntos de presión en hombros y caderas que fuerzan la columna a curvarse. Ese punto medio no es un valor único. Los durmientes de costado necesitan que el hombro y la cadera cedan un poco, los que duermen boca arriba que la pelvis no se hunda en exceso, y quienes duermen boca abajo suelen requerir una superficie más firme. El peso también manda: a mayor corpulencia conviene más firmeza para evitar el hundimiento, mientras que en personas ligeras un colchón duro no llega a comprimirse y no se adapta a las curvas del cuerpo.
El segundo motivo por el que el colchón merece un lugar en esta lista es que su fecha de caducidad casi nunca se vigila. La recomendación mayoritaria de fabricantes y asociaciones del sector, como ASOCAMA, pasa por sustituir el equipo de descanso cada 10 años como máximo, y muchos modelos de muelles tradicionales o espumas convencionales pierden soporte entre los 7 y los 10. La señal más clara es justamente la que da título al artículo: despertarse con rigidez o dolor que mejora a los 30 minutos de movimiento, con una ducha caliente o un paseo. También avisa un hundimiento visible —si se cruza una regla o un palo de escoba y aparece una holgura de más de dos centímetros y medio, la estructura interna ha fallado—, el ruido de los muelles, las costuras rotas, notar que se duerme mejor fuera de casa o despertar con estornudos por acumulación de ácaros. A ello se suma la higiene: el cuerpo libera de media unos 0,4 litros de sudor por noche, cerca de 146 litros al año, que acaban dentro del colchón.

