La fiebre llevaba días royéndole por dentro cuando comprendió que no iba a levantarse. Felipe de Habsburgo, veintiocho años, ocupaba una de las habitaciones del palacio de los Condestables de Castilla, en Burgos, un caserón de piedra cuya portada rodea una soga tallada en la roca. Era el 25 de septiembre de 1506. A su lado no se apartaba Juana, su mujer. En la calle empezaba a correr un rumor que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta: que aquel hombre joven, fuerte y hermoso no había muerto de fiebre.
Capítulo I: El cordón de piedra
El edificio debía su nombre popular a aquel relieve: el cordón de los frailes menores que la familia propietaria, los condestables de Castilla, había mandado esculpir alrededor de la puerta como emblema devoto. Levantado décadas atrás, en 1506 alojaba a una corte recién llegada del norte de Europa. Allí, en una de sus salas, se apagó el primer príncipe de la Casa de Habsburgo que llegó a ceñir una corona española.
La agonía fue corta y la sorpresa, enorme. La tradición, recogida por los cronistas, cuenta que el rey jugó a la pelota en una jornada de calor, que volvió sudoroso a palacio y que, al poco, la fiebre se le metió en los huesos. Los médicos de la corte se limitaron a sangrarle y a esperar. No hubo espera larga. En unos días, el hombre al que en Flandes llamaban Filips de Schone, el Hermoso, dejó de responder.
A la cabecera estaba Juana. Tenía veintisiete años, seis hijos y una reputación que empezaba a resquebrajarse por unos celos que la corte comentaba a media voz. Nadie sabía entonces que aquella viuda iba a sobrevivirle casi medio siglo, ni que pasaría la mayor parte de ese tiempo recluida en un palacio de Tordesillas. La historia acabaría llamándola Juana la Loca. Empezó a llamarla así, poco más o menos, el día en que se quedó viuda.
Capítulo II: El archiduque de Brujas
Felipe había nacido el 22 de julio de 1478 en Brujas, la ciudad de los canales y los paños, hijo del archiduque Maximiliano de Austria, que años después sería emperador del Sacro Imperio, y de María de Borgoña. Su madre murió en 1482, de una caída de caballo, cuando el niño tenía cuatro años. Huérfano de madre muy pronto, creció en los Países Bajos, entre consejeros flamencos, tapices y una corte más rica que la castellana. En 1494, con dieciséis años, fue declarado mayor de edad y asumió el gobierno de los estados borgoñones, aunque su padre siguió vigilando de cerca cada decisión.
La boda que lo trajo a España se cerró en 1496, dentro del doble enlace que unió a los Habsburgo con los Trastámara: él se casó con Juana, tercera hija de los Reyes Católicos, y su hermana Margarita con el príncipe Juan, heredero de Castilla y de Aragón. El plan se torció casi de inmediato, porque el príncipe Juan murió pocos meses después de su boda. Aquel accidente dejó a Juana en la línea de sucesión y a Felipe, de pronto, al borde de un trono.
Del matrimonio nacieron seis hijos: Leonor, Carlos, Isabel, Fernando, María y, ya después de la muerte de su padre, Catalina. Todos llegarían a ser reyes o emperadores, o a casarse con reyes. Leonor reinó en Portugal y en Francia, Carlos fue emperador, Isabel en Dinamarca, Fernando en el Sacro Imperio, María en Hungría y Catalina en Portugal. Carlos vino al mundo en Gante el 24 de febrero de 1500, y con el tiempo sería el hombre que reunió bajo un solo cetro Castilla, Aragón, los Países Bajos, buena parte de Italia y un imperio en América. En 1506, sin embargo, era un niño de seis años al que nadie en Castilla tomaba demasiado en serio.
De su padre se recordaba, sobre todo, dos cosas: que era hermoso, de ahí el apodo, y que era mujeriego. Sus aventuras con damas flamencas le costaron más de un escándalo doméstico y alimentaron la desconfianza de una corte castellana que nunca dejó de mirarlo como a un extranjero. Felipe hablaba francés y flamenco, no castellano, y llegó a España con una comitiva que tampoco lo hablaba.

Capítulo III: La herencia de Isabel
El 26 de noviembre de 1504 murió Isabel la Católica en Medina del Campo. Su muerte abrió de golpe el problema que iba a decidir los tres años siguientes: quién mandaba en Castilla. Por testamento, la corona pasaba a su hija Juana, pero la reina había dispuesto que, si Juana no podía gobernar, fuera Fernando, su marido, quien ejerciera la regencia hasta que el hijo mayor de Juana alcanzara la mayoría de edad.
Ahí estaba la trampa. Fernando se apoyó en ese testamento para seguir gobernando Castilla. Felipe, que estaba en Flandes, se negó a aceptarlo: sostenía que la regencia correspondía a él, como marido de la reina legítima. Nadie discutía que Juana fuera la reina. Lo que se discutía, y pronto se discutió en voz alta, era si estaba en condiciones de reinar. La respuesta de unos y de otros dependía, casi siempre, de a quién convenía.
Juana, mientras tanto, vivía en Flandes ajena a las maniobras. Quería viajar a Castilla para tomar posesión de su reino, y su marido fue aplazando la partida mientras negociaba con los nobles y con el propio Fernando. En septiembre de 1505 nació en Bruselas María, la quinta de sus hijos. A comienzos del año siguiente, por fin, la pareja se hizo a la mar.
Fernando jugó sus cartas con la paciencia de quien lleva cuarenta años en el oficio. En 1505 se casó con Germana de Foix, sobrina del rey de Francia, un movimiento que amenazaba con darle a Aragón un heredero propio y dejar a Felipe sin la baza de la herencia futura. El país llevaba año y medio partido en dos, y no faltaba quien temía que aquello terminara a golpes.
Capítulo IV: El pacto de Villafáfila
Felipe y Juana se embarcaron hacia España a comienzos de 1506. La flota arribó a La Coruña en abril, y desde allí la pareja avanzó hacia el interior entre aclamaciones y recelos. Habían pasado casi cuatro años desde la última vez que Felipe pisara Castilla, cuando todavía era solo el marido de la heredera; ahora llegaba como rey.
El encuentro entre yerno y suegro se produjo en Villafáfila, en tierras de Zamora. El 27 de junio de 1506 firmaron un acuerdo que la historia recuerda como la Concordia de Villafáfila: Fernando renunciaba al gobierno de Castilla y se retiraba a Aragón, mientras Felipe y Juana quedaban reconocidos como reyes. Fernando había perdido, sobre el papel, la partida castellana. El acuerdo le dejaba, en cambio, una puerta entreabierta que entonces nadie midió: si algo le ocurría a Felipe, la regencia volvería a quedar vacante.
Aquel verano, las Cortes reunidas en Valladolid reconocieron a la nueva pareja real. Por primera vez en su historia, Castilla tenía un rey nacido en Flandes, educado en francés y flamenco, con una corte de consejeros borgoñones que no entendían sus leyes ni hablaban su lengua.

Capítulo V: Un rey sin reino
El reinado de Felipe I de Castilla duró, en la práctica, unos meses. Instalado en Valladolid y luego en Burgos, el nuevo rey se rodeó de sus hombres de confianza, repartió mercedes y trató de gobernar como había visto gobernar en Flandes: rápido, sin consultar demasiado y con la vista puesta en el dinero. Los impuestos, las rentas y el oro que llegaba de las Indias eran lo que había venido a buscar.
Juana, en cambio, quedó de nuevo fuera de juego. Su marido apartó de ella a sus partidarios castellanos, le puso guardias y fue tejiendo, con cuidado, la idea de que la reina legítima no estaba en condiciones de reinar. La reina que había jurado gobernar junto a él empezó a quedar reducida a un nombre en los documentos. Fue entonces, en esos meses, cuando los rumores sobre su salud mental dejaron de ser cotilleo de palacio y se convirtieron en argumento político.
A finales del verano de 1506, Felipe convocó nuevas Cortes en Burgos. Necesitaba dinero. Y fue en Burgos, adonde había llevado la corte para negociar con los procuradores, donde la vida se le acabó de golpe.
Capítulo VI: La muerte y el veneno
Felipe murió el 25 de septiembre de 1506 en el palacio de los Condestables de Castilla, con veintiocho años y apenas cinco meses de reinado efectivo. La causa más probable fue una fiebre, quizá tifus, una infección que entonces nadie sabía nombrar. Pero la explicación nunca bastó para calmar a nadie.
La muerte de un rey joven, fuerte y sano, en plena disputa con su suegro, resultaba demasiado conveniente para unos y demasiado sospechosa para otros. La acusación de envenenamiento circuló de inmediato por las antecámaras, dirigida contra los partidarios de Fernando el Católico, que acababa de perder el gobierno de Castilla en Villafáfila. También hubo quien miró hacia el entorno flamenco del propio rey. Ninguna de las sospechas llegó nunca a probarse, y ninguna desapareció del todo. Cinco siglos después, los historiadores siguen discutiendo si fue la enfermedad o la política.
Lo que consta es lo que ocurrió después. Cuando la noticia corrió por Castilla, el pais entero entendió que el delicado equilibrio de Villafáfila se había roto. Fernando, que iba camino de Aragón, dio media vuelta. Y la reina Juana, viuda a los veintisiete años, se negó a enterrar a su marido.

Capítulo VII: El ataúd que viajó por Castilla
El cuerpo de Felipe fue embalsamado y colocado en un ataúd, pero Juana no permitió que se le diera sepultura. Durante meses, la reina recorrió Castilla con el féretro, de Burgos a Torquemada y de Torquemada a Tordesillas, negándose a separarse de él y, según contaron quienes la acompañaron, haciendo abrir el ataúd para mirar el rostro del muerto. Aquel comportamiento, que sus enemigos leyeron como prueba definitiva de locura y que otros han leído como un duelo imposible de sobrellevar, selló su destino.
Fernando el Católico regresó a Castilla en 1507 y volvió a hacerse cargo del gobierno, ahora como regente de su hija. Juana fue trasladada a Tordesillas, donde permaneció recluida el resto de su vida. No volvió a mandar. Su hijo Carlos, nacido en Gante cuando ella tenía veintiún años, creció en Flandes y heredó, a la muerte de Fernando en 1516, las dos coronas y el imperio.
Los restos de Felipe el Hermoso acabaron, años después, en la Capilla Real de Granada, junto a los de Juana y junto a los de los Reyes Católicos. La Casa del Cordón sigue en pie, y sobre su puerta el cordón de piedra continúa rodeando el dintel como el día en que murió el rey. En aquella habitación no queda nadie que pueda jurar si lo mató la fiebre o la política. La duda, cinco siglos después, es lo único que no ha cambiado.

