La mecha no era una mecha: era un reloj. La madrugada del 5 de abril de 1585, dos barcazas bajaban a la deriva por el río Escalda, cargadas hasta los imbornales de pólvora, piedra y hierro viejo, rumbo al puente de barcas que Alejandro Farnesio había tendido sobre el cauce para cerrar Amberes por agua. Nadie supo leer el artificio a tiempo. El primero de los ingenios reventó contra los pontones y abrió un boquete en la única barrera que bloqueaba la ciudad por el río. La detonación mató a varios cientos de soldados y derribó al propio Farnesio, que andaba por las inmediaciones aquella noche. Fue lo más cerca que estuvo el gobernador de los Países Bajos de perder, a la vez, la vida y el asedio.
No perdió ninguna de las dos cosas. Perdió la tranquilidad. El sitio de Amberes, el más largo y el más caro de su carrera, iba a decidirse en aquel cauce de corrientes traicioneras, no en una muralla. Farnesio llevaba siete años gobernando los Países Bajos en nombre de su tío, Felipe II, y sabía que de aquel río dependía mucho más que una ciudad.
Capítulo I: El sobrino del rey de España
Alejandro Farnesio había nacido en Roma el 27 de agosto de 1545. Era hijo de Octavio Farnesio, duque de Parma y Piacenza, y de Margarita de Austria, hija natural de Carlos V y, por tanto, hermana de Felipe II. En el mapa cerrado de las casas soberanas del siglo XVI, el niño era sobrino del rey de España y una pieza demasiado útil como para dejarla crecer lejos de la corte.
A los once años lo enviaron a la corte de su tío. Se crio junto a otro muchacho de su edad que también era sobrino del rey, don Juan de Austria, y junto al príncipe don Carlos, el heredero de salud frágil y carácter imposible. Los tres compartieron preceptores, ejercicios de esgrima y el aire denso de una corte que aprendía a gobernar un imperio con las manos atadas por la distancia. Farnesio salió de allí con dos cosas que no se enseñaban en los libros: la paciencia del cortesano y el cálculo del soldado.
En 1565 se casó con María de Portugal. En 1571 combatió en Lepanto a las órdenes de don Juan de Austria, en la jornada que la cristiandad celebró como el gran golpe contra el turco y que a él le sirvió, sobre todo, para aprender cómo se manda una escuadra. En 1578, Felipe II lo envió a los Países Bajos, donde la rebelión llevaba una década pudriéndose entre motines, reconciliaciones a medias y ciudades que cambiaban de bando según soplara el viento. Cuando don Juan murió, el 1 de octubre de 1578, Farnesio asumió el gobierno. Al año siguiente tomó Maastricht. Y a partir de ahí hizo algo que ninguno de sus predecesores había sabido hacer: en lugar de castigar provincias enteras, negoció con ellas una por una. A los valones les devolvió privilegios y les confirmó su fe; a los rebeldes les fue quitando aliados.
Capítulo II: La última ciudad rebelde
La política funcionó. Hacia 1579, las provincias del sur habían vuelto a la obediencia de Felipe II; las del norte, agrupadas en la Unión de Utrecht, siguieron la guerra por su cuenta. El 10 de julio de 1584, un fanático llamado Baltasar Gérard mató a tiros en Delft a Guillermo de Orange, el hombre que había sostenido la rebelión durante dos décadas. El movimiento quedó descabezado justo cuando Farnesio apretaba.
En 1584 cayeron Ypres, Brujas y Gante. En marzo de 1585, Bruselas. Quedaba Amberes: la ciudad más rica del norte de Europa, el puerto por el que entraba la lana castellana y salía la especia portuguesa, el nudo donde se cruzaban el dinero de Génova y los paños de Flandes. Sus mercaderes financiaban la causa de los rebeldes y sus imprentas imprimían los panfletos que corrían por media Europa. Amberes era, además, una herida abierta en la memoria española: el 4 de noviembre de 1576, tropas españolas amotinadas por falta de pagas la habían saqueado durante días, en la llamada «Furia española», y desde entonces la ciudad no había vuelto a fiarse de ninguna promesa hecha en nombre del rey.
Tomarla por asalto era impensable: murallas modernas, fosos anchos, artillería y una guarnición nutrida. Rendirla por hambre exigía algo más difícil todavía. Porque Amberes vivía del río. Mientras el Escalda siguiera abierto, los barcos holandeses podían meterle víveres, munición y hombres por la puerta de atrás.

Capítulo III: Un puente sobre el Escalda
Farnesio hizo cerrar la puerta. A comienzos de 1585, sus ingenieros tendieron sobre el Escalda un puente de barcas de unos setecientos metros, aguas abajo de la ciudad, entre la orilla de Brabante y la de Flandes. No era una pasarela: era un dique. Los pontones iban amarrados a estacas clavadas en el fondo y unidos entre sí con tablones y cables, y en cada extremo se levantó un fuerte artillado para batir a quien intentara romperlo desde el agua o desde tierra. En seco, el ejército había cerrado el anillo con trincheras y baterías sobre los arrabales del norte.
La obra era el tipo de cosa que en el siglo XVI se discutía más en las academias de ingeniería que en los despachos de los generales. El río tenía marea, corriente y anchura suficiente para que un navío de alto bordo pudiera embestir; los holandeses tenían la mejor marina de Europa y el mando de la flota de socorro en manos de Justin de Nassau, hijo bastardo de Guillermo de Orange. Durante meses, el puente aguantó. Y Amberes empezó a encogerse.
Sobre la logística del Ejército de Flandes, el estudio clásico sigue siendo El ejército de Flandes y el camino español (1567-1659), del historiador británico Geoffrey Parker: un ejército que rara vez disponía de los hombres y del dinero que prometían sus nóminas, y que llevaba la cuenta de cada día de retraso en los pagos porque cada día de retraso era un motín en potencia. La correspondencia de Farnesio con la corte, conservada en buena parte en el Archivo General de Simancas y consultable a través de PARES, está llena de reclamaciones de dinero que nunca llegaba a tiempo. Aquel invierno, sin embargo, el hambre trabajó para España. Dentro de las murallas, el precio del pan subió sin freno, apareció la peste y la guarnición, compuesta en buena parte por ingleses, escoceses y franceses, empezó a contar los días.
Capítulo IV: Las máquinas infernales de Giambelli
Los sitiados tenían un as en la manga y se llamaba Federico Giambelli. Era un ingeniero italiano que había ofrecido sus servicios a la corona española y, según las crónicas, no fue tomado en serio. Se pasó al bando rebelde y dedicó el invierno a preparar algo que nadie había visto hasta entonces: las llamadas «máquinas infernales», barcazas cargadas con toneladas de pólvora, piedra y chatarra, provistas de un mecanismo de relojería que encendía la carga con retardo. No eran brulotes corrientes, de esos que se lanzan a la deriva esperando que el fuego prenda. Eran bombas flotantes con temporizador.
La madrugada del 5 de abril de 1585 se soltaron dos. La marea las llevó río abajo, hacia el puente. Una encalló en la orilla y estalló sin causar daño. La otra llegó al objetivo. La explosión partió la estructura, lanzó por los aires vigas, hombres y cañones, y dejó un boquete por el que, durante unas horas, la ciudad pudo haber respirado. El estruendo se oyó a kilómetros de distancia. El número de muertos es una de esas cifras que los cronistas de la época redondearon a su gusto: varias relaciones hablan de unos ochocientos soldados españoles, y la cifra nunca ha quedado fijada con exactitud.

Farnesio salvó la vida y perdió el sueño. Reconstruyó el puente en pocos días, porque los pontones de reserva estaban preparados desde antes del ataque, y rechazó el intento de la flota de Justin de Nassau de forzar el paso de una vez por todas. A partir de ahí, Amberes quedó cerrada como una olla a presión.
Capítulo V: El diecisiete de agosto
La ciudad aguantó hasta el límite de lo humano. En agosto de 1585, el magistrado de Amberes abrió negociaciones, con el burgomaestre Philips van Marnix van Sint-Aldegonde entre los interlocutores. Las condiciones que Farnesio concedió sorprendieron a propios y extraños: perdón general, respeto a los privilegios antiguos de la ciudad, restauración del culto católico y un plazo para que quienes no quisieran quedarse bajo el nuevo orden pudieran marcharse. El 17 de agosto de 1585, el gobernador entró en Amberes. Todavía no era duque: heredó el título de Parma al morir su padre, en 1586. Los soldados de la guarnición salieron con honores por una de las puertas mientras él entraba por la otra.
Felipe II recibió la noticia como lo que era. La última gran ciudad rebelde del sur había vuelto a la obediencia, y con ella casi todo el territorio que hoy llamamos Bélgica. La victoria venía además con una ventaja diplomática: España podía presentarse ante el mundo como una potencia que sabía ganar y sabía perdonar. Era la culminación de la carrera militar de Farnesio, y él mismo debió de saberlo. Nunca volvería a ganar nada semejante.
Capítulo VI: La ciudad que se vació
La victoria, sin embargo, tenía un agujero. Los privilegios concedidos, el perdón y la libertad de marcharse fueron, en la práctica, una invitación a que se fuera lo que más valía. Y se fue. Comerciantes, banqueros, impresores, maestros pañeros y armadores protestantes tomaron el camino del norte: Ámsterdam, Leiden, Haarlem, Middelburg y, más allá, Fráncfort, Hamburgo, Londres. La elite mercantil que había hecho de Amberes la capital financiera del norte de Europa se marchó con sus libros de cuentas, sus contactos y sus barcos.
Ámsterdam lo aprovechó todo. La ciudad que hasta entonces era un puerto de segunda fila se convirtió en el gran mercado del mundo durante el siglo siguiente. El Escalda, por su parte, dejó de navegarse: la República de las Provincias Unidas lo cerró aguas abajo y Amberes quedó condenada durante generaciones a vivir de espaldas a su propio río. El asedio de 1585 dividió los Países Bajos en dos, los del sur católicos y bajo la corona española, los del norte protestantes y en la práctica independientes, y trazó una frontera que, con retoques y guerras por medio, ha llegado hasta nuestros días.

Farnesio no llegó a verlo. En 1588 le ordenaron preparar su ejército en Flandes para embarcar tras la Gran Armada, un plan que se hundió con la flota en el canal de la Mancha. A partir de entonces, Felipe II lo mandó a Francia a sostener a la Liga Católica contra Enrique IV: alivió París en 1590 y Rouen en 1592, y en esa última campaña resultó herido, de lo que ya no se repuso. Murió en Arras el 3 de diciembre de 1592, con cuarenta y siete años, sin haber resuelto nunca del todo la guerra que había ganado.
Y el puente, que fue su obra maestra, no era solo un puente. Era la demostración de que las guerras del siglo XVI no las ganaban quienes tenían más soldados, sino quienes sabían dónde clavar una estaca, tensar un cable y colocar una barcaza para cortarle el aire a una ciudad de decenas de miles de almas. Farnesio cruzó el Escalda con el ejército intacto y la victoria en el bolsillo. Lo que no cruzó con él fue el dinero: aquel había empezado a marcharse río abajo, hacia el norte, mucho antes de que cayeran los últimos lienzos de muralla.

