Felipe III: el rey que dejó España en manos del duque de Lerma

Subió al trono el 13 de septiembre de 1598, con veinte años, y delegó el gobierno en Francisco Gómez de Sandoval, a quien nombró duque de Lerma. En 1601 trasladó la corte a Valladolid, una decisión que Madrid hubo de pagar para revertir en 1606.

El 13 de septiembre de 1598, poco antes de que amaneciera, quienes velaban el lecho de Felipe II comprobaron que el rey ya no respiraba. Había muerto en el Monasterio de El Escorial con el cuerpo destrozado por la gota y las fiebres, y la conciencia, según los cronistas, en paz. A unas cuarenta leguas de allí, en Madrid, su único hijo varón superviviente dormía sin saber que acababa de heredar el mayor imperio del planeta. Un correo partió al galope por el camino de la sierra con el despacho sellado. Tenía veinte años el nuevo rey. Se llamaba Felipe como su padre y no se le parecía en casi nada.

Capítulo I: La herencia del Rey Prudente

El rey Felipe III había nacido en Madrid el 14 de abril de 1578, hijo de Felipe II y de su cuarta esposa, Ana de Austria. Cuando el niño tenía dos años, la madre murió, y el padre, viudo por última vez, se encerró en El Escorial a gobernar con letra pequeña. El príncipe creció entre dos mundos que apenas se hablaban: el de los papeles y el de las procesiones. Aprendió latín, rezó mucho y, a diferencia de su padre, jamás empuñó una espada en campaña.

En 1598 le tocó a él. Heredó las coronas de Castilla, Aragón y Portugal, los estados italianos, los Países Bajos del sur y un imperio americano que se estiraba desde Nueva España hasta el Perú y las islas Filipinas. Gobernar aquello era tarea de gigante. La plata de Potosí entraba a chorro por Sevilla y se iba por otro en forma de pagas para los tercios de Flandes, de subsidios para los aliados y de intereses para los banqueros genoveses. En 1596, dos años antes de la sucesión, la Corona ya había declarado la suspensión de pagos. El rey que llegaba al trono no heredaba un tesoro, sino una hipoteca.

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Su padre lo había sentado muy joven en el Consejo de Estado, y había crecido oyendo discutir sobre Flandes, el turco y la plata de Indias. De aquella escuela no salió un gobernante enérgico, sino un rey devoto, melancólico y aficionado a la caza, convencido de que la soberanía era un peso que podía encargarse a otro. Los que lo trataron describieron a un hombre de conversación pausada y apetito tranquilo, con el prognatismo de los Austrias ya dibujado en los retratos. Rezaba con puntualidad, confesaba a menudo y trataba a la Iglesia con una generosidad que su tesoro no siempre podía sostener. Sobre la mesa se impuso enseguida una pregunta incómoda: si el rey no quería reinar, ¿quién iba a hacerlo por él?

Capítulo II: El hombre que decidía

Se llamaba Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, nació en 1553 en el seno de los marqueses de Denia y llevaba años pegado al príncipe. Primero como gentilhombre, después como caballerizo mayor, Sandoval conocía sus gustos, sus horas y sus silencios mejor que nadie. Cuando el muchacho se convirtió en rey, el cortesano se transformó en algo nuevo: en valido.

El oficio no figuraba en ningún manual. No era un cargo con sueldo, sino una posición: el valido filtraba el acceso al monarca, preparaba los despachos, orientaba las consultas y, en la práctica, tomaba las decisiones antes de que el rey las firmara. En 1599 Sandoval fue nombrado duque de Lerma y grande de España, y desde ahí tejió una red que le entregaba virreinatos, obispados, embajadas y plazas en los consejos. Como resume el historiador John H. Elliott en su estudio sobre el Conde-Duque de Olivares (1986), el valimiento acabó siendo la fórmula de gobierno de la España de los Austrias: el rey reina, el favorito manda.

Lerma gobernó veinte años y lo hizo amasando una fortuna que escandalizaba incluso a quienes se beneficiaban de ella. Sumó señoríos, títulos y rentas; colocó a sus hijos y a sus criados en los puestos que más rendían; multiplicó las mercedes y la venta de oficios. Hay un dato que resume el sistema: buena parte de los virreyes y obispos nombrados en aquel periodo salió de su círculo. La Monarquía seguía siendo un gigante, pero su sistema nervioso pasaba por una sola familia. El reinado multiplicó, además, los consejos y las juntas, como si añadir despachos compensara la falta de una cabeza que despachara. Se crearon comisiones para reformar la Hacienda, la Justicia y las costumbres; casi todas quedaron sobre el papel.

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Capítulo III: La capital que se compró

La primera crisis seria del reinado no llegó a cuenta de Flandes ni de la plata de Indias, sino de un asunto doméstico: dónde debía tener el rey su corte. La decisión se tomó en 1600 y se ejecutó al año siguiente. Carretas, arcones, tapices, papeles y séquito entero emprendieron el camino hacia Valladolid, situada en el corazón de Castilla y cerca de los principales intereses de la familia de Lerma. También resultaba más fácil, desde allí, mantener al rey lejos de las presiones de Madrid.

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La reina Margarita de Austria, a la que Felipe III había desposado en Valencia en 1599, fue su contrapeso más firme en palacio. Inteligente, piadosa y con una voluntad que a Lerma le estorbaba, la soberana acabó convertida en el centro de una pequeña corte de opositores al valido. Su muerte, en 1611, dejó al rey sin aquel freno y a Lerma sin su principal adversaria entre los muros del Alcázar.

Madrid, mientras tanto, se quedó desierta. Mesones sin clientes, comercios quebrados, nobles que arrastraban sus casas detrás de la corte. Durante cinco años, la capital del imperio fue otra ciudad. El regreso, en 1606, se negoció como un contrato: la villa, para recuperar lo que había perdido, hubo de compensar a la Corona con una indemnización cuantiosa. Del forcejeo entre las dos capitales nació uno de los escenarios que aún hoy definen Madrid. La Plaza Mayor, trazada por Juan Gómez de Mora en tiempos de Felipe III y concluida en torno a 1619, se pensó para las grandes ceremonias de la Monarquía. El rey que no quiso elegir capital acabó dejándole a Madrid su plaza más famosa.

Capítulo IV: La paz a precio de oro

La política exterior fue el gran empeño de Lerma. La Monarquía llevaba décadas guerreando en varios frentes a la vez, y la aritmética no daba. Con Inglaterra se firmó la paz en 1604, pocos meses después de la muerte de Isabel I y de la llegada al trono de Jacobo I. Con las Provincias Unidas se acordó en 1609 la Tregua de los Doce Años. Es lo que los historiadores llaman la Pax Hispánica: no un gesto de generosidad, sino un cálculo de supervivencia.

La tregua con los holandeses fue la decisión más discutida del reinado. Ambrogio Spinola, el general genovés que mandaba los ejércitos en Flandes, había encadenado sitios y victorias; muchos en la corte consideraban una humillación pactar con los rebeldes. Lerma sostuvo lo contrario: sin una pausa, la Monarquía se desangraba. La prueba llegó en 1607, cuando la Corona declaró de nuevo la suspensión de pagos. La paz era un respiro, y hasta los respiros costaban oro. El respiro, además, tenía fecha de caducidad: en 1618, el mismo año en que Lerma caía, estallaba en Europa la guerra de los Treinta Años, y la Pax Hispánica empezaba a resquebrajarse.

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Capítulo V: La expulsión

Firmada la tregua, la Corona pudo dedicar sus fuerzas a un asunto pendiente dentro de las fronteras: la población morisca, descendiente de los musulmanes convertidos a la fuerza un siglo antes. En septiembre de 1609, el rey firmó el decreto que ordenaba la expulsión de los moriscos del reino de Valencia. La medida se extendió después a Castilla, Aragón, Murcia y Andalucía, y entre 1609 y 1614 salieron de la Península, según los cálculos más repetidos, entre 275.000 y 300.000 personas.

Fue una de las mayores operaciones de ingeniería demográfica de la Europa moderna. En el reino de Valencia, los moriscos eran aproximadamente un tercio de la población, y su marcha dejó campos sin brazos y señores sin rentas. La decisión se justificó por la seguridad del reino y la unidad de la fe; también hubo quien la leyó como una manera de confiscar bienes y llenar arcas vacías. Los embarques se hicieron por los puertos del Levante, con escolta de galeras y soldados, y no estuvieron exentos de violencia. El historiador Trevor Dadson ha matizado las cifras tradicionales y ha subrayado que el destierro no fue tan total como se creyó durante siglos. Aun así, el golpe demográfico fue enorme.

Lerma respaldó la medida. Fue, probablemente, la decisión más trascendente de todo el reinado, y la firmó el rey con la misma rúbrica con la que despachaba nombramientos y mercedes.

Capítulo VI: El ocaso del valido

Hacia el final del reinado, el edificio de Lerma empezó a resquebrajarse. Su propio hijo, Cristóbal Gómez de Sandoval, duque de Uceda, y el confesor del rey, el dominico Luis de Aliaga, le disputaron el favor. En 1618, el papa Pablo V lo creó cardenal, y el valido abandonó la corte para retirarse a Valladolid. Fue su manera de salir con las manos limpias y la bolsa llena. Sus criaturas no tuvieron tanta suerte: Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, el hombre que había ejecutado los negocios más oscuros del valido, acabó en prisión.

Felipe III murió el 31 de marzo de 1621. Tenía cuarenta y dos años y dejaba un imperio en paz, una hacienda exhausta y una corte acostumbrada a que el rey no mandara. Su hijo Felipe IV entregó el gobierno a Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, y con él se reabrió el ajuste de cuentas. El 21 de octubre de 1621, Rodrigo Calderón fue ejecutado en la Plaza Mayor de Madrid, ante una multitud que llevaba meses esperando el espectáculo. Lerma murió en Valladolid en 1625, apartado del poder, pero no de la riqueza.

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Felipe III no fue un rey ausente: firmaba, presidía, recibía a los embajadores y decidía cuando se lo exigían. Pero al delegar el gobierno construyó, casi sin proponérselo, un mecanismo que su hijo heredaría intacto: la Monarquía gobernada por el valido. El modelo funcionó mientras hubo un favorito capaz, y se convirtió en problema cuando el favorito se hizo dueño de todo. Bajo los Austrias, el sistema se repetiría con nombres distintos hasta terminar en el último de la dinastía. Cuando en 1621 los consejeros abrieron los legajos del reinado, encontraron miles de consultas con la rúbrica de un rey que, en la mayoría de los casos, apenas había leído lo que rubricaba. La letra era la suya. Las decisiones eran de otros.