Óscar Puente: el tuitero inútil apaga la cuenta y cierra al salir

Óscar Puente ha dimitido como ministro de Transportes, seis días después de la tragedia de Urda que mató a 69 personas y diez meses después de Adamuz. Se va con más de cien muertos en accidentes ferroviarios bajo su mandato, una crisis diplomática provocada por su boca, y miles de insultos publicados desde una cuenta oficial. El tuitero más activo del Gobierno ha descubierto el silencio justo cuando tocaba hablar, y la dignidad justo cuando tocaba dimitir.

Óscar Puente ha dimitido esta noche como ministro de Transportes. Lo ha hecho al final de su comparecencia ante la Diputación Permanente del Congreso, seis días después del accidente de Urda que mató a 69 personas, diez meses después del accidente de Adamuz y dos años después de que la DANA de Valencia dejara más de 200 muertos bajo su responsabilidad ministerial. También ha renunciado a encabezar la lista del PSOE por Valladolid en las elecciones del 29 de noviembre. Se va de todo. Dice que la decisión la tomó «en los primeros minutos» tras conocer la tragedia de Urda. Le ha costado seis días comunicársela a España, y a Sánchez sólo se lo dijo unos minutos antes. Ese detalle, por sí solo, retrata una forma de entender la política: primero yo, después ya veremos.

26 tuits al día y más de cien muertos en la mochila

El epitafio político de Óscar Puente cabe en dos cifras que deberían avergonzar a cualquiera con un mínimo de sentido de la responsabilidad. Publicaba una media de 26 mensajes diarios en X, la red social que convirtió en su trinchera personal, y bajo su mandato como ministro de Transportes se han producido los dos peores accidentes ferroviarios de la España reciente: Adamuz y Urda, con más de cien víctimas mortales entre ambos. Mientras los trenes se estrellaban, el ministro insultaba a ciudadanos, provocaba crisis diplomáticas con Argentina y grababa anuncios de televisión en los que bromeaba con los problemas de Renfe atrapado en un ascensor. No es una caricatura: es su currículum.

La DANA de Valencia de octubre y noviembre de 2024 dejó más de 200 muertos, y aunque las responsabilidades se reparten entre múltiples administraciones, Puente era el titular de las infraestructuras de transporte que colapsaron, de la red ferroviaria que quedó destruida y de la coordinación de movilidad que falló. Sumando Adamuz, Urda y la DANA, la mochila con la que Puente abandona el ministerio pesa más de trescientas vidas. Eso no cabe en un tuit, aunque seguramente él habría encontrado la forma de meter un insulto en los 280 caracteres del pésame.

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pedro sanchez oscar puente Moncloa

El hooligan ministerial: «saco de mierda», «imbécil» y «qué asco da este ser»

Porque si hay algo que definió la gestión de Óscar Puente más que cualquier dato de infraestructuras, fue su comportamiento en redes sociales. No su estilo, que eso sería un eufemismo: su comportamiento. «Saco de mierda», le escribió a un usuario que le criticaba. «Imbécil», a otro. «Qué asco da este ser», sobre un periodista. «La inefable» y «la intoxicadora», sobre una senadora del PP. No eran deslices puntuales de un político que se acalora: eran su forma habitual de comunicación, su marca personal, lo que hacía con más dedicación que gestionar el ministerio que le habían encomendado.

Publicaba 26 tuits al día y no tuvo tiempo de leer ni un informe de seguridad ferroviaria.

Sus insultos parecen más el historial de un troll de foro que el archivo de un ministro del Gobierno de España. Puente convirtió su cuenta de X en un ring de boxeo donde no distinguía entre periodistas, ciudadanos, deportistas, presidentes de otros países y cualquiera que tuviera la osadía de cuestionarle. Marcos Llorente, Carvajal y Courtois cargaron contra él tras el accidente de Urda. La respuesta del ministro ante la tragedia: silencio. De 26 mensajes diarios pasó a cero. El tuitero compulsivo descubrió el mutismo exactamente cuando tocaba dar la cara. Qué oportuno.

La crisis diplomática con Argentina: un ministro que insulta presidentes extranjeros

Merece mención aparte el incidente con Milei, porque resume perfectamente quién es Óscar Puente como animal político. En mayo de 2024, durante un acto en la Universidad de Salamanca, afirmó que había visto a Milei en televisión «previo a la ingesta o después de la ingesta de vaya uno a saber qué sustancias». La oficina de la Presidencia argentina respondió con un comunicado condenando las «calumnias e injurias», el Ministerio de Exteriores español tuvo que salir a desmentir, y España protagonizó una crisis diplomática con un país latinoamericano porque a su ministro de Transportes le pareció gracioso insinuar que un presidente electo se drogaba. En público. En una universidad. Mientras Pedro Sánchez se reía detrás.

No importa lo que uno piense de Milei: un ministro de Transportes no tiene entre sus funciones insultar a jefes de Estado extranjeros, y si lo hace debería irse al día siguiente. No se fue. Sánchez lo mantuvo, porque Puente cumplía una función que en el sanchismo importa más que gestionar: servir de escudo mediático, absorber titulares y desviar la atención. Era el pararrayos del Gobierno, el tipo que se tiraba al barro para que otros parecieran más moderados. Y lo hacía con gusto, que es lo más revelador de todo.

57 años, sin carrera fuera de la política y con un historial que espanta

Óscar Puente tiene 57 años, es abogado de formación y lleva toda su vida adulta en la política del PSOE. Fue alcalde de Valladolid, portavoz de Pedro Sánchez cuando este aún era aspirante, y llegó al ministerio como recompensa por su lealtad, no por ninguna competencia técnica demostrable en el ámbito del transporte, la movilidad o las infraestructuras. Su mayor habilidad era la confrontación verbal: útil en un debate de investidura, catastrófica cuando tienes que gestionar una red ferroviaria que mata gente.

Y aquí está la reflexión que importa de verdad. Puente se va del ministerio con 57 años, sin un solo logro de gestión que presentar, con más de cien muertos en accidentes ferroviarios bajo su mandato, una crisis diplomática provocada por su boca y un historial de insultos públicos que haría inviable su contratación en cualquier empresa seria del sector privado. ¿Quién va a ficharlo? ¿Qué consejo de administración, qué firma de abogados, qué consultora va a querer asociar su marca con un señor cuya principal contribución al ministerio fue llamar «saco de mierda» a un ciudadano en internet? Peter Griffin tendría más posibilidades de conseguir trabajo.

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El primero de una generación que cosechará el odio que ha sembrado

Puente no es un caso aislado: es el prototipo de una generación de políticos del sanchismo que ha convertido la agresividad, la polarización y el insulto en método de gobierno. Ha sembrado odio desde una cuenta oficial durante tres años, ha utilizado el cargo de ministro como plataforma personal para atacar a ciudadanos, y ahora se va dejando detrás un rastro de muertos, de insultos y de una gestión que nadie será capaz de defender cuando pase el ruido.

Y lo que viene después será todavía más incómodo para quienes practicaron ese estilo. Porque la próxima década les va a devolver a la cara exactamente lo que sembraron: el odio que generaron, la polarización que alimentaron, la crispación que convirtieron en herramienta de gobierno. Puente es el primero en caer. No será el último. Hay una generación entera de ministros, portavoces y cargos públicos que construyeron su carrera insultando, dividiendo y tuiteando, y que cuando el poder se acabe descubrirán que el único legado que dejan es una sociedad que les desprecia por las mismas razones por las que un día les aplaudió su burbuja.

España ha tenido ministros malos, ministros inútiles y ministros polémicos, pero solo uno ha conseguido ser las tres cosas a la vez y además presumir de ello

Una dimisión tardía que no es dignidad: es aritmética electoral

Y conviene no comprar el relato de la dignidad, porque la cronología lo desmiente. Puente no dimite por responsabilidad: dimite porque las elecciones son el 29 de noviembre, porque el PSOE necesita desesperadamente sacarse el accidente de Urda de encima antes de la campaña, y porque mantener a un ministro con 69 muertos encima a tres semanas de las urnas es un suicidio electoral que ni siquiera Sánchez puede permitirse. Si el accidente de Urda hubiera ocurrido en marzo, Puente seguiría tuiteando. La dignidad le ha llegado con el calendario. Qué coincidencia.

Dice que tomó la decisión «en los primeros minutos» y que se lo dijo primero a su familia. No a Sánchez, no a sus compañeros de Gobierno, no a las familias de las víctimas: a su familia. Tardó seis días en hacerlo público. Seis días en los que España ha enterrado a docenas de víctimas mientras el ministro responsable guardaba silencio en la misma cuenta de X donde antes publicaba 26 mensajes diarios. Esa asimetría dice más que cualquier discurso de dimisión.

Óscar Puente se va como llegó: sin haber gestionado nada relevante, sin haber mejorado un solo indicador de su ministerio y habiendo convertido un cargo de Estado en una cuenta de Twitter con inmunidad parlamentaria. Se lleva consigo más de cien muertos, una crisis diplomática y miles de insultos publicados que internet no olvida. Deja detrás un ministerio más desprestigiado de lo que lo encontró y una lección que la política española se niega a aprender: que un tuitero agresivo no es un buen comunicador, un hooligan no es un político valiente, y un ministro que dedica más tiempo a insultar que a gestionar termina exactamente donde ha terminado Puente. Fuera. Tarde. Y sin que nadie le eche de menos.