Asturias tiene esa capacidad de asombrar con lugares que muchos no se imaginan y que terminan por quedarse en el corazón de cada visitante, rincones donde el paisaje habla bajo pero deja huella. Entre acantilados, rías y ese verde que parece no acabarse nunca, hay un pequeño pueblo que ha sido mucho más que un destino de paso, un sitio que algunos han sentido como algo casi íntimo, difícil de explicar.
Asturias vuelve a demostrarlo en San Juan de la Arena, un enclave discreto, de esos que no aparecen en todas las listas pero que, cuando alguien llega, entiende rápido por qué otros ya se quedaron antes. Aquí no hay artificio ni grandes monumentos, lo que hay es una mezcla de mar y río, de calma y fuerza, que ha terminado conquistando incluso a quienes viven de poner palabras a lo que sienten.
3Naturaleza, silencio y una belleza que no se impone
Parte del encanto de Asturias y de San Juan de la Arena está en que no intenta impresionar, simplemente es. Un paseo junto a la ría, el sonido del agua, el viento que cambia de dirección; todo ocurre sin prisa, sin necesidad de llamar la atención, y ahí es donde muchos encuentran algo difícil de definir.
Al final del recorrido aparece la playa de Los Quebrantos, amplia, abierta, casi infinita, un lugar donde el paisaje se siente más que se describe. Quizá por eso sigue atrayendo a quienes buscan algo distinto, no tanto una postal perfecta como una sensación, esa que hizo que un Nobel lo llamara paraíso y que todavía hoy sigue esperando a quien llegue con tiempo para mirar y, sobre todo, para quedarse un rato más.

