Israel compra más F-35 y F-15 en un plan de 118.000 millones

El plan decenal Tnufa suma al menos 25 cazas furtivos F-35I y 25 F-15IA, además de cisternas KC-46 y helicópteros CH-53K. Washington financia el mayor paquete a un aliado no OTAN del siglo y consolida su dominio aéreo en Oriente Próximo.

Israel compra F-35 y F-15 en cantidades históricas dentro de un plan de rearme valorado en 118.000 millones de dólares a diez años. El Ejecutivo de Benjamin Netanyahu ha aprobado una expansión sin precedentes de su Fuerza Aérea que consolida la dependencia tecnológica con Lockheed Martin y Boeing y reordena la ecuación de poder en Oriente Próximo. La cifra equivale, por contexto, a casi seis veces el presupuesto anual de Defensa que España tenía comprometido en 2025.

El paquete, presentado por el Ministerio de Defensa israelí, incluye una nueva tanda de cazas furtivos F-35I Adir —la variante específica que Lockheed Martin produce para Tel Aviv con sistemas electrónicos propios— y aviones polivalentes F-15IA, una versión avanzada del veterano caza de superioridad aérea fabricado por Boeing. La compra se enmarca en el plan decenal Tnufa, una hoja de ruta que duplica el ritmo de adquisiciones previo a octubre de 2023.

Qué incluye realmente el plan de 118.000 millones

El núcleo del paquete es la aviación de combate. Israel sumará al menos 25 F-35I adicionales a los 50 ya contratados, lo que situará su flota furtiva por encima de los 75 aparatos hacia 2032, según los datos compartidos por el propio Ministerio de Defensa israelí. A eso se añaden 25 F-15IA con capacidades ampliadas de carga y alcance, pensados específicamente para misiones de largo radio sobre Irán.

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El plan no termina ahí. Contempla también nuevos helicópteros pesados CH-53K King Stallion, aviones cisterna KC-46 Pegasus —imprescindibles para operaciones a más de 1.500 kilómetros—, ampliación de baterías Iron Dome y David’s Sling y una inversión sustancial en munición de precisión y guerra electrónica. La columna vertebral es estadounidense, con piezas europeas e israelíes en sistemas de mando y control.

La financiación combina presupuesto nacional, ayuda militar estadounidense bajo el memorando de entendimiento vigente —3.800 millones de dólares anuales— y créditos extraordinarios aprobados por el Congreso tras el 7 de octubre. Washington firma así el cheque más grande a un aliado no OTAN en lo que va de siglo.

Por qué Netanyahu lo necesita ahora y qué responde la región

La lectura estratégica es otra. El plan se presenta como respuesta al desgaste acumulado tras casi treinta meses de operaciones simultáneas en Gaza, Líbano, Siria, Yemen y los dos intercambios directos de fuego con Irán de 2024. La Fuerza Aérea israelí ha consumido reservas de munición de precisión a un ritmo insostenible, según los informes públicos del IISS y datos recopilados por la base de SIPRI sobre gasto militar.

modernización fuerzas armadas Israel

En paralelo, los actores regionales recalibran. Arabia Saudí mantiene abierta la conversación con Washington sobre acceso al F-35, bloqueada hasta ahora por la cláusula de superioridad militar cualitativa que protege a Israel. Emiratos firmó en su día un preacuerdo que sigue congelado. Turquía, expulsada del programa F-35 en 2019, observa cómo el monopolio furtivo se consolida en manos israelíes durante al menos otra década.

Irán es el destinatario implícito del mensaje. Teherán carece de cazas de quinta generación y depende de Su-35 rusos cuya entrega se ha retrasado repetidamente. La asimetría aérea, que ya era enorme, se vuelve estructural.

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Hay un matiz incómodo. El plan se aprueba mientras la Corte Internacional de Justicia mantiene abierto el procedimiento por el conflicto en Gaza y varios socios europeos —entre ellos España— han suspendido o restringido exportaciones de material de defensa a Israel. La paradoja es evidente: cuanto más se aísla diplomáticamente Tel Aviv en Europa, más estrecha es su dependencia operativa de la cadena industrial estadounidense.

Cada F-35I que sale de la planta de Fort Worth refuerza una alianza bilateral que ya no necesita el respaldo europeo para sostener la superioridad aérea israelí en la región.

Equilibrio de Poder

Analizamos este movimiento como un viraje de doctrina, no como una compra rutinaria. Estados Unidos consolida en Israel su principal plataforma de proyección aérea en Oriente Próximo, en un momento en que la administración Trump prioriza el Indo-Pacífico y reduce presencia en bases europeas. La ecuación es transaccional pero clara: Washington financia, Lockheed Martin y Boeing entregan, Tel Aviv ejecuta. La OTAN, como tal, queda al margen de la operación.

Moscú observa con preocupación. La Fuerza Aérea rusa, sometida al desgaste de Ucrania, no puede compensar la asimetría con sus aliados regionales. La presencia de S-400 sirios o iraníes pierde valor disuasorio frente a una flota furtiva ampliada. El Kremlin lo sabe, y sus comunicados de los últimos meses han bajado el tono respecto a Israel pese al alineamiento técnico con Teherán.

Bruselas, por su parte, vive una contradicción. Varios Estados miembros mantienen embargos parciales mientras la industria europea —MBDA, Rafael Advanced Defense Systems en colaboración con socios continentales, Elbit— sigue presente en cadenas de suministro de algunos componentes. La Comisión carece de mecanismos para imponer una posición común y el resultado es la fragmentación habitual.

Para España, el impacto es indirecto pero relevante. Primero, presiona aún más sobre el debate del 5% del PIB en defensa: si Israel destina alrededor del 6,5% en plena guerra, el listón comparativo sube. Segundo, refuerza el dominio del F-35 como estándar occidental, lo que afecta al programa FCAS (el caza europeo de sexta generación que España desarrolla con Francia y Alemania) y a su atractivo industrial. Tercero, en Iberoamérica el efecto es nulo a corto plazo, pero la consolidación del eje Washington-Tel Aviv-Riad reduce el espacio para una política exterior española independiente en la región.

El precedente más cercano es el reagrupamiento de los años ochenta tras la guerra del Líbano, cuando Israel modernizó su flota con F-15 y F-16 financiados mayoritariamente por Estados Unidos. La diferencia es de escala y de tecnología: aquello fue actualización, esto es generación completa de superioridad furtiva.

El riesgo del análisis está en sobrestimar la cohesión bilateral. Si la administración Trump endurece su línea transaccional —algo que ya ha hecho con Kiev y con varios aliados europeos— las condiciones de financiación podrían renegociarse. La próxima cita relevante es la reunión del Comité de Servicios Armados del Senado estadounidense prevista para finales de mayo, donde se debatirán los fondos suplementarios. Hasta entonces,, la cifra de 118.000 millones es compromiso político más que ejecución presupuestaria cerrada.

El frente sigue abierto. La aritmética también.