Las bandas latinas captan a menores de 14 años en los accesos a los institutos de Barcelona, según una información publicada por La Vanguardia. El reclutamiento ocurre en paralelo al despliegue de policías en centros escolares.
El fenómeno no es nuevo, pero sí lo es la edad. Catorce años. Algunas fuentes policiales consultadas sitúan ya casos puntuales en alumnos de primero de la ESO, lo que rebaja todavía más el listón y obliga a repensar la estrategia preventiva que la Generalitat y los Mossos d’Esquadra han desplegado durante los últimos cursos en los institutos de la ciudad.
Cómo se produce la captación a las puertas del instituto
El patrón se repite en barrios como Ciutat Vella, Nou Barris, Sant Martí o el entorno de la Sagrera. Jóvenes de 17 a 20 años, ya integrados en los Trinitarios, los Dominican Don’t Play o los Bloods, se acercan a los accesos del centro al mediodía o a la salida. Ofrecen ropa, dinero rápido, sensación de pertenencia. A veces protección frente a otra banda rival que merodea por la misma manzana.
El gancho funciona porque cubre un vacío real: identidad, reconocimiento entre iguales, una jerarquía clara cuando en casa no la hay. Lo describen así los educadores de calle de varios distritos, que llevan meses alertando de un repunte que ahora La Vanguardia confirma con datos de los Mossos d’Esquadra.
El currículum de iniciación, según las fuentes citadas, incluye desde pequeños hurtos hasta vigilancias en peleas pactadas. Nada que el menor identifique como banda al principio. Solo después.
Por qué el despliegue policial en escuelas no está frenando el reclutamiento
La paradoja es evidente. Mientras la Conselleria d’Interior refuerza la presencia de agentes en entornos escolares, las captaciones se producen en la acera, dos calles más allá, fuera del perímetro vigilado. El reclutamiento se ha desplazado, no ha desaparecido. Es la lectura que comparten varios mandos policiales: la disuasión funciona en la puerta, pero la conversación de captación se ha movido al parque cercano, al locutorio, al portal del bloque.
A eso se suma un factor que las cifras oficiales tardan en recoger: las redes sociales. TikTok e Instagram funcionan como vivero. Vídeos coreografiados, simbología, códigos de colores. Para un chaval de 14 años, entrar en una banda empieza muchas veces por un like.
El Ayuntamiento de Barcelona, gobernado por Jaume Collboni, ha pedido reforzar el plan de educadores de calle en los seis distritos donde el fenómeno se concentra. La Generalitat, por su parte, mantiene activo el protocolo conjunto entre Mossos d’Esquadra, Departament d’Educació y Departament d’Interior que se firmó el curso pasado. La pregunta es si llega tarde.
El despliegue policial protege la puerta del instituto, pero las bandas ya no captan en la puerta: captan dos calles más allá, donde no hay agente ni educador.
Un patrón que ya vimos antes y que vuelve con menores más jóvenes
Conviene recordar el precedente. En 2019 y 2020 Cataluña vivió una primera ola de violencia entre bandas latinas que se saldó con varios homicidios y una operación judicial de envergadura. Aquella ola se desactivó parcialmente con detenciones, ingresos en prisión y una intervención social sostenida en barrios concretos. El reflujo actual demuestra que el problema no se resolvió, solo se enfrió.
Lo que observamos ahora tiene un matiz que diferencia este episodio del anterior: la edad de los nuevos miembros baja, y baja deprisa. Hace cinco años el grueso del reclutamiento se producía a los 16 o 17 años. Hoy hablamos de 14, con casos aislados en alumnos de 12 o 13. Esto cambia por completo el marco de respuesta. Un menor de 14 años no entra en el código penal por la mayoría de delitos contra el patrimonio, lo que limita la herramienta judicial y obliga a apoyarse en la Direcció General d’Atenció a la Infància i l’Adolescència (DGAIA) y en los servicios sociales municipales, ya saturados.
La comparación con otras comunidades es ilustrativa. Madrid ha tenido oleadas similares y ha optado por una mezcla de mediación comunitaria y operativos policiales muy focalizados. El balance allí es desigual. Trasladar mecánicamente el modelo madrileño a Barcelona es un error frecuente: la geografía social del Eixample, Ciutat Vella o Sant Andreu no se parece a Vallecas ni a Carabanchel.
Y queda la dimensión política, que en esta redacción entendemos relevante. El conseller d’Interior tendrá que comparecer en el Parlament para explicar el plan reforzado, en una sesión prevista para las próximas semanas. La oposición, especialmente Junts y PP, ya ha anticipado que pedirá cifras concretas: cuántos menores identificados, cuántas operaciones, qué resultados. El Govern necesita una respuesta que vaya más allá del refuerzo simbólico de patrullas. Si no la hay, el desgaste será evidente.
El próximo curso escolar arranca en septiembre. Hasta entonces, la presión sobre Mossos, DGAIA y educadores de calle no va a aflojar.

