Europa puede conseguir la autonomía en defensa y seguridad con una inversión adicional de 50.000 millones de euros al año durante la próxima década. Esa es la conclusión principal del informe Sparta 2.0, elaborado por cinco pesos pesados alemanes —entre ellos el ex CEO de Airbus Thomas Enders y el presidente del Instituto Kiel, Moritz Schularick— y publicado por el prestigioso centro de estudios económicos. El documento identifica diez brechas estratégicas críticas, desde el mando y control hasta el ataque profundo, y sostiene que taparlas es “alcanzable” con voluntad política y sin necesidad de crear una superestructura europea.
¿Por qué 50.000 millones y diez brechas concretas?
El papel de los expertos germanos no es un brindis al sol: cuantifica el coste de romper la dependencia de Estados Unidos en toda la cadena de efectos militares, desde el reconocimiento satelital hasta el control de fuego en el campo de batalla. El Instituto Kiel para la Economía Mundial cifra el esfuerzo en unos 150.000-200.000 millones de euros hasta 2030 y en torno a 500.000 millones en una década. El dato redondo —50.000 millones al año— representa apenas el 10% del gasto total europeo en defensa y un 0,25% del PIB comunitario.
Los cinco firmantes —Enders, Jeannette zu Fürstenberg (General Catalyst), Schularick, René Obermann (presidente de Airbus) y el analista Nico Lange— señalan que los planes actuales de aumento del gasto solo ofrecen ganancias “modestas” en independencia real. Para ir más allá, proponen un decálogo de brechas:
- Mando y control: Europa carece de un equivalente a Palantir y necesita un sistema soberano de C2 y gestión de batalla; coste estimado de 10.000 a más de 20.000 millones de euros y de tres a cuatro años de desarrollo.
- Sistemas autónomos a escala: Ucrania ha demostrado que la guerra con drones es el nuevo paradigma. Harían falta entre 30.000 y 40.000 millones para fabricar millones de drones y municiones merodeadoras al año, además de vehículos terrestres no tripulados con la industria automovilística alemana.
- Ataque profundo terrestre de precisión: una capacidad que requeriría de 20.000 a 30.000 millones de euros en un plazo de tres a cinco años.
- Sistemas aéreos de sexta generación: al menos una década y 200.000 millones de euros para dos programas paralelos.
- Defensa antiaérea y antimisil: tapar el hueco en defensa contra drones a nivel de brigada y en misiles balísticos costaría 50.000 millones de euros.
- Reconocimiento por satélite, comunicaciones y PNT: prioridad uno: construir un Starlink europeo.
- Lanzamiento espacial, ISR aéreo persistente, nube militar, IA, puente aéreo estratégico y guerra electrónica.
Eso sí, las estimaciones están sujetas a desviaciones del 20-30%, reconocen los autores, que apuestan por coaliciones de países líderes en cada área en lugar de un “superestructura europea”. Además, plantean un cambio de mentalidad en las adquisiciones: concursos de prototipos, contratos que premien resultados, foco en capacidad productiva y barreras bajas para nuevos entrantes.
Si Europa entiende su desafío de defensa como su ‘Proyecto Manhattan’, puede alcanzar una capacidad de actuación autónoma en un plazo de tres a cinco años, sentencian los autores.
La oportunidad para España: ¿qué papel en el nuevo ‘Proyecto Manhattan’?
Para España, la ecuación es tan incómoda como llena de oportunidades. Los 50.000 millones anuales tendrían que financiarse colectivamente. Nuestro país, con un gasto en defensa aún en torno al 1,28% del PIB en 2025, vería cómo la presión de la OTAN y de Bruselas se traduce en una factura adicional de varios miles de millones al año. Pero también podría aprovechar el impulso para consolidar un salto industrial: Navantia, Indra o ITP Aero ya participan en programas como el FCAS, y la apuesta por drones y sistemas autónomos abre un nicho donde las pymes tecnológicas españolas pueden competir. La clave estará en si Moncloa y el Ministerio de Defensa logran que el liderazgo de una de esas coaliciones recaiga en una empresa o centro español, en lugar de limitarse a ser un socio secundario.
Además, las bases de Rota y Morón, que albergan activos clave de Estados Unidos, cobran una lectura ambivalente: son un seguro de protección pero también un anclaje estratégico que limita la autonomía que predica el informe. En una Europa que quiera caminar sola, el valor de esas instalaciones se redimensiona: podrían ser el puente para interoperar o un lastre si Washington decide replegarse hacia el Indo-Pacífico. La cercanía del flanco sur —Marruecos, Argelia y el Sahel— añade presión: España necesita capacidades ISR y drones para vigilar sus zonas económicas exclusivas, un punto que el documento no detalla pero que encaja como un guante en la lógica de las brechas detectadas.

Equilibrio de Poder
La publicación del informe Sparta 2.0 no es un ejercicio académico: llega en un momento en que la administración Trump exige a los aliados europeos un gasto en defensa del 5% del PIB, y mientras el Kremlin sigue quemando material en Ucrania a un ritmo que agota los arsenales occidentales. El mensaje de los expertos alemanes se resume en una sola frase: “la soberanía europea en defensa es financieramente alcanzable y técnicamente viable en menos de una década”. Y eso supone un golpe sobre la mesa frente a aquellos que en Washington consideran que Europa siempre pondrá la mano.
Para Mosccú, la perspectiva de un pilar europeo autónomo significa un cálculo distinto: si Bruselas logra una capacidad de denegación de área creíble sin depender del paraguas estadounidense, la doctrina rusa de escalada horizontal —amenazar a los países bálticos para debilitar al conjunto— pierde eficacia. Para Estados Unidos, el dilema es evidente: un socio europeo fuerte puede liberar recursos para contener a China, pero también reduce la influencia de Washington sobre el destino de la seguridad europea. La actual administración parece dispuesta a asumir ese riesgo, siempre que el precio —el 5%— se pague puntualmente.
En ese tablero, España ocupa una posición singular. Su dependencia energética del norte de África y el crecimiento de las tensiones migratorias la convierten en el único socio europeo con un flanco sur expuesto a varios estados frágiles y a actores no estatales armados. La autonomía europea, si no incluye una dimensión sur robusta, dejaría a la península ibérica como comparsa de un proyecto pensado casi exclusivamente para el este. La lectura estratégica que hacen en Moncloa es que España debe pelear un hueco en los programas de drones navales y sistemas autónomos de vigilancia marítima, aprovechando que la OTAN acaba de renovar su concepto de flanco sur en la cumbre de Madrid de 2025. No hacerlo sería aceptar que 50.000 millones al año se gasten en defender una Europa que empieza en los Cárpatos y acaba en el Báltico.
El gran interrogante a cinco años es si la voluntad política realmente existe. El precedente de la defensa europea en los últimos veinte años no es alentador: proyectos estancados, duplicidades industriales y un núcleo franco-alemán que a menudo excluye a los actores medianos. Pero la guerra en Ucrania ha cambiado los incentivos. Si los líderes europeos leen Sparta 2.0 como el guion que necesitaban para justificar ante sus parlamentos un nuevo esfuerzo presupuestario, el camino hacia un pilar europeo autónomo dará un salto cualitativo en la próxima cumbre informal de defensa de la UE prevista para septiembre en Bruselas. La pregunta ya no es si Europa puede pagarlo, sino si quiere.

