Muchos festivales gastronómicos pecan de una selección de vinos que no está a la altura de sus fogones. El Festival Ñam Ñam, en cambio, ha jugado una baza segura al elegir un vino oficial con el que no solo se marida bien: se conversa, se ríe y se celebra. Hablo de Viña Pomal, la bodega riojana que desembarca con toda su experiencia centenaria en la primera edición de este evento que ya pinta a imprescindible.
El secreto del éxito
- Versatilidad sin protocolos: El Tempranillo de Viña Pomal, con su crianza en roble americano, se desliza igual de bien junto a unas bravas picantes que al lado de un ceviche cítrico. No compite con el plato, lo realza.
- Acidez justa, nunca agresiva: La clave está en una fermentación controlada que equilibra la fruta roja y los taninos suaves, evitando esa sensación astringente que arruina un bocado.
- Servicio impecable dentro del caos: En el festival se cuida la temperatura de servicio —14ºC exactos— y la limpieza de la copa, dos detalles que marcan la diferencia entre un vino de barra y una experiencia digna de una cata.
Ingredientes
- Viña Pomal Crianza (la referencia oficial), con notas de mora madura, vainilla y un fondo de cuero que envuelve cada sorbo.
- Los fogones de Ñam Ñam, desde el steak tartar de wagyu hasta la croqueta líquida de cocido, pasando por empanadas argentinas y salmorejo con virutas de jamón.
- Un ambiente sin manteles almidonados: taburetes altos, copas de balón y conversaciones que saltan de puesto en puesto como si todos fueran viejos amigos.
Paso a paso para no perderte nada
Llega temprano, cuando los fogones aún calientan pero las colas no asfixian. Pide una copa de Viña Pomal nada más entrar; su acidez viva te abrirá el apetito sin atropellarlo. Acércate luego a un puesto de embutidos ibéricos: un lomo doblado sobre un pico de cristal y un trago corto bastan para entender el maridaje. La señal definitiva de que vas bien es cuando la charla con el desconocido de al lado fluye sin pausa —este vino tiene la rara virtud de hacer amigos.
El segundo pase debe ser un bocado graso. Una hamburguesa de buey con queso azul, por ejemplo. Ahí el Crianza muestra músculo: los taninos se suavizan con la grasa fundida y el regusto a especias dulces envuelve la carne. A mitad del recorrido, descansa cinco minutos en la zona de barras. Apura otro sorbo y deja que la sensación de fruta roja se asiente. Verás cómo el vino te pide seguir.
Para el postre —tarta de queso al horno, casi seguro—, no dudes en repetir con el mismo Viña Pomal. Su toque de vainilla y canela se enlaza con la crema sin resultar empalagoso. Y si el hambre aprieta de nuevo, vuelve al principio. El festival no entiende de recorridos lineales.
Variaciones y maridaje
Si prefieres un vino con más estructura, el Viña Pomal Reserva —con sus 18 meses en barrica— aguanta mejor los embutidos curados, un chuletón a la parrilla o un queso manchego semicurado. Para los que buscan opciones más ligeras, aunque la bodega es famosa por sus tintos, en su catálogo hay un rosado de corte fresco que funciona bien con frituras de pescado y ensaladas templadas. Además, puedes maridar con productos de la tierra: una copa de Crianza con pimientos de piquillo rellenos de morcilla crea un diálogo entre la Rioja y la huerta que pocos festivales logran.
Si no puedes acercarte al festival, repite la experiencia en casa. Compra una botella de Viña Pomal Crianza en la web oficial de Viña Pomal, monta una tabla de ibéricos y quesos, y busca la banda sonora del evento en redes. Si te sobra media botella, consérvala con un tapón de vacío: aguanta tres días sin perder la fruta. Y si tienes freidora de aire, las croquetas caseras a 180 grados (sin ventilador) son el acompañamiento definitivo.
