EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Washington ha presentado a Teherán una propuesta de máximos que exige el desmantelamiento de sus plantas nucleares, el fin del enriquecimiento durante 20 años y la retirada del uranio enriquecido.
- ¿Quién está detrás? La administración Trump, con el apoyo tácito de aliados del Golfo, busca forzar un acuerdo que desmantele el programa iraní de forma verificable.
- ¿Qué impacto tiene? La respuesta de Irán, prevista para este jueves, condiciona la reapertura del estrecho de Ormuz y puede disparar o aliviar la cotización del petróleo en los mercados internacionales.
La Casa Blanca ha colocado sobre la mesa de Irán una propuesta que no admite medias tintas: desmantelar Fordow, Natanz e Isfahán, suspender el enriquecimiento de uranio durante dos décadas y sacar del país todas las reservas de material fisible. A cambio, Washington ofrece un alivio gradual de las sanciones y la reapertura del estrecho de Ormuz, pero siempre condicionado a verificaciones. La respuesta del régimen de los ayatolás se espera este mismo jueves, y con ella, el mercado del petróleo contiene la respiración.
La enésima oferta de máximos que Trump pone sobre la mesa
La propuesta, transmitida por canales diplomáticos suizos y omaníes a principios de semana, detalla un calendario de 30 días para iniciar negociaciones técnicas sobre el terreno. Sobre el papel, Irán tendría que aceptar inspecciones sorpresa del OIEA, prohibir cualquier actividad nuclear subterránea y activar sanciones automáticas en caso de incumplimiento. El corazón de la oferta, sin embargo, es la exigencia de sacar del país los 2.800 kilogramos de uranio enriquecido al 60 % que, según los últimos informes del OIEA, ya acumula Teherán. Es una línea roja histórica para la República Islámica.
A cambio, la administración estadounidense se compromete a levantar sanciones petroleras y financieras de forma progresiva, sincronizando cada alivio con hitos concretos de desarme. La reapertura del estrecho de Ormuz —por donde transita cerca de un quinto del crudo mundial— se haría por fases: primero para cargamentos humanitarios, después para los comerciales, siempre que las inspecciones en tierra no detectaran violaciones. El mensaje de la Casa Blanca es inequívoco: desescalada, sí, pero sin un solo gesto de confianza que no esté respaldado por hechos sobre el terreno.
Fuentes próximas a la negociación, consultadas por esta redacción, subrayan que el ultimátum no ha sentado bien en Teherán. “Lo que Washington llama ‘propuesta’ tiene más de diktat que de oferta”, resumía un veterano diplomático europeo con acceso al expediente. La exigencia de paralizar el enriquecimiento durante dos décadas supone, en la práctica, renunciar a la capacidad de reactivar el programa a medio plazo, lo que choca con la doctrina de disuasión estratégica que Irán ha cultivado durante 40 años.
Por qué Teherán puede decir ‘no’… o tal vez ‘sí’ bajo condiciones
El presidente Pezeshkian, enfrentado a una economía asfixiada por tres años de sanciones reforzadas, necesita alivio inmediato, no promesas a largo plazo. El paro juvenil ronda el 25 % y la inflación se come los subsidios que mantienen a flote a las clases populares. Pero ceder al desmantelamiento de Fordow —excavada bajo una montaña— y de Natanz, la joya del programa, equivaldría a una capitulación que el Líder Supremo, Alí Jamenei, no está dispuesto a autorizar sin contrapartidas que vayan más allá del petróleo.
Los analistas señalan un punto intermedio: Irán podría aceptar suspender el enriquecimiento al 60 % durante un periodo extenso —digamos, 10 años— pero no 20, y sacar del territorio una parte del uranio, no todo. La reapertura gradual de Ormuz sería más digerible si va acompañada de una liberación inmediata de activos bloqueados en Corea del Sur y Japón, unos 7.000 millones de dólares. La clave, por tanto, no está en el ‘sí’ o el ‘no’, sino en la letra pequeña que Teherán está redactando ahora mismo.
La reactivación de Ormuz y el desarme nuclear iraní son dos caras de una misma moneda; un ‘no’ esta tarde equivale a un barril de Brent por encima de los 100 dólares.
Los mercados ya han empezado a moverse. El Brent, que a mediodía cotizaba en 87,30 dólares, ha reducido pérdidas ante los rumores de un posible acuerdo marco. Los futuros del West Texas Intermediate se mantienen en 83,50 dólares, con un volumen inusualmente alto para una sesión de jueves. Si la respuesta es afirmativa —o al menos no cierra la puerta—, el crudo podría corregir hasta los 82-84 dólares. Un rechazo frontal, en cambio, devolvería la prima de riesgo geopolítico a los 95-97 dólares, según cálculos de operadores consultados por Moncloa.com.

Equilibrio de Poder
La propuesta estadounidense se entiende mejor si la situamos en la secuencia de presión que inauguró el asesinato del general Qasem Soleimani en 2020 y que Trump ha retomado con más agresividad en su segundo mandato. Ahora, sin embargo, el contexto es distinto: Rusia, debilitada por la guerra en Ucrania, no puede actuar de mediador eficaz, y China, aunque mantiene la compra de petróleo iraní, prefiere no enredarse en una crisis que dispare los precios del crudo que importa. Washington calcula que, por primera vez en décadas, Teherán negocia sin una red de seguridad exterior sólida.
Para España, el impacto es directo. Más del 60 % del petróleo que llega a las refinerías de Repsol y Cepsa cruza el estrecho de Ormuz, y cada dólar que sube el barril se traduce en unos 15 millones de euros diarios de sobrecoste energético para la industria y los hogares. Moncloa sigue la negociación con inquietud: un bloqueo prolongado de Ormuz —o una guerra abierta— dispararía la inflación justo cuando el Gobierno de Sánchez trata de consolidar la recuperación del poder adquisitivo. El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, ya ha mantenido contactos con la representante de la UE para el Golfo, para calibrar una posible mediación europea si la respuesta iraní es negativa.
A medio plazo, la doctrina de seguridad europea se tensa. La posibilidad de un Irán nuclear —o, por el contrario, de un Irán castigado hasta el límite que recurra al terrorismo asimétrico— obliga a Bruselas a replantear su papel en Oriente Próximo. La presencia naval de la UE en la misión Aspides, aún incipiente, podría extenderse al Golfo si la crisis escala. Mientras, Israel observa con escepticismo cualquier trato que no incluya el desmantelamiento total; la administración Trump intenta ahora lo que ni la diplomacia europea ni los acuerdos de Viena lograron: convertir la presión militar y económica en un tratado de desarme de largo alcance.
La respuesta llegará en las próximas horas. La próxima ventana crítica se abre el 15 de mayo, cuando la Junta de Gobernadores del OIEA se reúna para evaluar, precisamente, el cumplimiento iraní. Lo que Teherán diga esta tarde calibrará no solo el precio del barril, sino la credibilidad de la estrategia de máxima presión de Washington.

