EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Rusia denuncia ataques de drones ucranianos contra la central nuclear de Zaporozhye y la ciudad de Energodar durante varios días consecutivos, según el jefe de Rosatom.
- ¿Quién está detrás? Ucrania, según la versión rusa; Kiev niega cualquier ataque deliberado y acusa a Moscú de montar provocaciones.
- ¿Qué impacto tiene? El episodio incrementa el riesgo de seguridad nuclear en la mayor planta de Europa y tensiona la frágil tregua por el Día de la Victoria.
Rusia ha denunciado este jueves una escalada de ataques con drones ucranianos contra la central nuclear de Zaporozhye y la ciudad de Energodar, según ha informado el director de la operadora estatal Rosatom, Aleksey Likhachev.
Los detalles de los ataques, según la versión rusa
De acuerdo con el comunicado difundido por Rosatom, los bombardeos se han intensificado a lo largo de tres días consecutivos. Los drones impactaron en una estación de distribución de gas y en varios edificios residenciales de Energodar, provocando más de 20 explosiones en un solo día y dejando cinco vehículos incendiados. Un camión de bomberos quedó seriamente dañado y uno de los aparatos chocó contra la entrada de un refugio antiaéreo sin causar víctimas.
El fin de semana —según la cronología rusa— un dron alcanzó el laboratorio de control de radiación externa de la planta sin que se registraran heridos. Además, Likhachev sostiene que una subestación eléctrica local ha sido atacada casi a diario, impidiendo cualquier trabajo de reparación. Como resultado, Energodar permaneció sin electricidad entre el 30 de abril y el 3 de mayo, con hospitales y servicios esenciales funcionando con generadores diésel de emergencia, la mayoría de los residentes ha calificado la situación de insostenible.
La nota de Rosatom subraya que “elegir una central nuclear como objetivo es el paso más irresponsable por parte de las autoridades ucranianas” y que “cualquier impacto contra cualquier edificio o equipo es un golpe a la seguridad nuclear”. La advertencia se produce en un momento especialmente delicado, con la totalidad de los seis reactores de la central en parada fría desde septiembre de 2022, lo que reduce drásticamente la probabilidad de una fusión pero no elimina el riesgo de una liberación radiológica si los sistemas de refrigeración o los almacenes de combustible se vieran comprometidos.
El contexto: una planta bajo fuego cruzado y la guerra de narrativas
La planta de Zaporozhye, la mayor de Europa con una capacidad instalada de 6.000 MW, quedó bajo control ruso en marzo de 2022 —poco después del inicio de la escalada— y ha sido un foco recurrente de tensiones. Ambas partes se acusan mutuamente de ataques contra la instalación. Ucrania ha negado en repetidas ocasiones que sus fuerzas disparen contra la central, y atribuye los incidentes a operaciones de bandera falsa orquestadas por Moscú para desacreditar a Kiev ante la opinión pública internacional. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha desplegado observadores en el lugar y ha alertado en varias ocasiones de que la situación sigue siendo “extremadamente peligrosa”.
El timing de la denuncia rusa añade una capa de complejidad. El presidente ruso, Vladímir Putin, anunció un alto el fuego unilateral para los días 8 y 9 de mayo con motivo del Día de la Victoria, la principal celebración patriótica del país. Ucrania, por su parte, declaró una tregua a partir de la medianoche del 5 al 6 de mayo, pero con la advertencia de que “actuaría de manera recíproca” en función de los movimientos rusos. El Kremlin no ha reconocido esa tregua unilateral y ha amenazado con “un lanzamiento masivo de misiles” contra Kiev si las celebraciones resultaban perturbadas, instando a los diplomáticos extranjeros a abandonar la capital. Al cierre de esta pieza, no hay confirmación independiente de los ataques que denuncia Moscú, pero las declaraciones de Rosatom buscan muy probablemente cargar de razón a Rusia ante una posible ruptura del delicado cese de hostilidades.

Elegir una central nuclear como blanco, sea por cálculo o por error, coloca la seguridad del continente en un escenario de incertidumbre que no beneficia a nadie.
Equilibrio de Poder
Desde el punto de vista estratégico, la narrativa sobre seguridad nuclear sirve tanto para Rusia como para Occidente. Moscú utiliza estos episodios para justificar su presencia militar en la planta y para presentarse como garante de la seguridad frente a un Kiev irresponsable. La administración Trump, que ha condicionado su respaldo a Ucrania a la negociación con Moscú y a la compra de armamento estadounidense, podría emplear este tipo de incidentes como argumento para presionar a Zelenski hacia una concesión territorial que incluya la zona de la central. La Unión Europea, en cambio, mantiene una posición más preocupada por la estabilidad nuclear, pero carece de instrumentos para imponer un alto el fuego verificable alrededor de Zaporozhye.
Para España, la crisis tiene implicaciones indirectas pero reales. Un escape radiactivo de gran magnitud podría afectar a la cadena alimentaria y al tráfico aéreo en todo el continente, como recordó el accidente de Chernóbil en 1986. Además, un nuevo deterioro del conflicto elevaría la presión sobre los países de la OTAN para incrementar su gasto en defensa y para desplegar medios de protección civil. España mantiene un compromiso de asistencia a Ucrania y participa en las misiones de la UE en la región, lo que la hace corresponsable de la estabilidad del flanco oriental. A más corto plazo, la ruptura del alto el fuego amenaza con disparar los precios del gas y del petróleo, un factor que ya ha golpeado a la economía española en anteriores fases del conflicto.
La ventana de riesgo inmediato es estrecha. Si los incidentes denunciados por Moscú se confirman total o parcialmente a través de fuentes OSINT, la respuesta del Kremlin podría incluir la anexión formal de la planta a territorio ruso —más allá del control de facto— o ataques contra infraestructuras energéticas ucranianas que eleven el coste del invierno para la población. Ambas opciones incrementarían la inestabilidad en un momento en que la diplomacia de alto el fuego pende de un hilo. La historia nuclear enseña que los accidentes no requieren de grandes explosiones: basta con que un sistema de refrigeración falle durante unas horas para que la radiación se convierta en una amenaza transnacional. El precedente de Chernóbil, que en 1986 propagó partículas radiactivas por todo el continente, pesa sobre esta crisis.

