Un análisis publicado por Foreign Affairs sostiene que la próxima cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping consolidará la posición de Pekín en minerales críticos y cadenas de suministro globales, acelerando la pérdida de influencia de Estados Unidos. La tesis es clara: Washington carece de palancas efectivas para contrarrestar la estrategia china. La Casa Blanca se presenta a la cita —todavía sin fecha confirmada— con un menú de opciones cada vez más reducido.
La pérdida de palancas: por qué Washington no puede presionar a Pekín
El artículo de Foreign Affairs detalla cómo, durante las últimas dos décadas, la dependencia mutua se ha desequilibrado. En 2000, Estados Unidos era el principal mercado de China. Hoy, Pekín tiene mercados alternativos en el Sur Global y un control casi hegemónico sobre el procesamiento de litio, cobalto, grafito y tierras raras: los minerales críticos que sostienen las baterías, los semiconductores y los sistemas de defensa.
Trump llega a esta cumbre sin la carta comercial que funcionó en 2018. Los aranceles, por sí solos, no mueven las cadenas de suministro. Y la apuesta por el reshoring y los subsidios (CHIPS Act, Inflation Reduction Act) ha tropezado con la lentitud burocrática y los altos costes de producción. En términos reales, la producción minera estadounidense de litio apenas cubre el 2% de la demanda interna. El resto depende de Australia, Chile —y, sobre todo, de las refinerías chinas.
Por primera vez desde los Acuerdos Plaza, un presidente estadounidense se sienta con su homólogo chino sabiendo que no puede cortar el grifo de las materias primas sin paralizar su propia industria verde. Los viejos mecanismos de presión financiera, además, ya no tienen el mismo efecto: el yuan digital y los acuerdos swap con docenas de países están erosionando la hegemonía del dólar como arma.
Minerales críticos: la nueva geografía del dominio chino
Observamos un patrón: China controla el 60% de la producción mundial de tierras raras y más del 80% de su procesamiento. En grafito, la proporción es similar. El litio, extraído mayoritariamente en Australia y Sudamérica, termina siendo refinado en plantas chinas antes de llegar a las fábricas de baterías europeas y norteamericanas. Esta doble dependencia —suministro y refinado— convierte cualquier tensión geopolítica en un riesgo de desabastecimiento.
El análisis de Foreign Affairs anticipa que la cumbre Trump-Xi podría formalizar esta ventaja mediante acuerdos sectoriales que Pekín lleva meses negociando con países africanos y latinoamericanos. De hecho, la reciente gira de Xi por Brasil y Angola selló contratos de exploración que otorgan a empresas chinas derechos preferentes sobre depósitos de cobre y cobalto. Washington, mientras, se queja de que sus empresas no compiten en igualdad de condiciones.
Bruselas no está al margen. La Comisión Europea ha impulsado la Ley de Materias Primas Fundamentales, que aspira a que el 10% de la extracción, el 40% del procesamiento y el 15% del reciclado de estos minerales se realice en suelo comunitario para 2030. Sin embargo, la realidad es tozuda: los proyectos mineros en España y la UE afrontan trámites de hasta diez años, mientras China inaugura plantas en dieciocho meses.
Equilibrio de Poder
La cumbre Trump-Xi refleja una transformación más profunda que la simple competencia económica. Lo que está en juego es la arquitectura de la seguridad económica global. Estados Unidos, acostumbrado durante décadas a dictar las reglas comerciales y tecnológicas, se enfrenta ahora a una potencia que ha aprendido a blindar sus vulnerabilidades y a convertir sus fortalezas en instrumentos de influencia. El control chino de los minerales críticos equivale, en el siglo XXI, a lo que fue el petróleo para la OPEP en 1973, aunque con un añadido: no hay un sustituto sintético para el litio o el cobalto en el horizonte inmediato.
Para España, la lectura es doble. Por un lado, el país aspira a ser un polo europeo de producción de baterías (con proyectos como la gigafactoría de Sagunto), pero depende totalmente de materias primas importadas. Por otro, la crisis de los minerales refuerza la necesidad de diversificar fuentes y acelerar acuerdos con Marruecos y Argelia, que cuentan con reservas de fosfatos y cobalto. Sin embargo, la inestabilidad política en el Magreb dificulta cualquier plan a largo plazo.
En el eje Moscú-Pekín, la crisis ucraniana ha reforzado los lazos energéticos y logísticos entre ambos. China compra gas ruso con descuento y, a cambio, suministra tecnología y acceso a rutas comerciales. Esta alianza —todavía no militar, pero sí estratégica— reduce aún más la capacidad de Washington para aislar a Pekín. Putin ha encontrado en Xi un socio que amortigua las sanciones occidentales y, de paso, debilita la cohesión de la OTAN.
El precedente histórico nos lleva a la Guerra Fría del siglo XX, cuando el control de recursos como el uranio y el petróleo definía las esferas de influencia. Hoy, la diferencia es que el rival estratégico de Estados Unidos ya no es una potencia aislada, sino un competidor sistémico con un modelo económico propio, bancos multilaterales alternativos (el AIIB) y una diplomacia de la conectividad (la Franja y la Ruta) que ningún gobierno occidental ha sabido replicar con eficacia.
La cita Trump-Xi no es un mero gesto diplomático: es el reconocimiento tácito de que el centro de gravedad de la economía verde ya no está en Occidente.
Lo que observamos es una pérdida acelerada de influencia estadounidense, documentada no solo por think tanks, sino por los propios datos de la Encuesta Geológica de Estados Unidos (USGS), que sitúan a China como proveedor único de al menos trece minerales críticos. Mientras Europa debate permisos y porcentajes, Pekín ejecuta. La próxima cumbre del G7, prevista para junio en Roma, será una prueba de fuego para la capacidad de Occidente de articular una respuesta conjunta. De momento, el reloj corre a favor de quien ya domina la cadena.

