EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Rusia ha realizado con éxito una prueba del misil balístico intercontinental RS-28 Sarmat, según el Ministerio de Defensa ruso.
- ¿Quién está detrás? El Kremlin, con Vladimir Putin calificando el sistema como el más potente del mundo y anunciando su despliegue operativo antes de fin de año.
- ¿Qué impacto tiene? El Sarmat, con un alcance de 35.000 km y capacidad para portar ojivas hipersónicas Avangard, altera el equilibrio nuclear estratégico y presiona a la OTAN a revisar su postura de disuasión.
El Ministerio de Defensa ruso confirmó este lunes el lanzamiento exitoso del RS-28 Sarmat desde el cosmódromo de Plesetsk, en el norte del país. La trayectoria del misil, según la nota oficial recogida por la agencia estatal RT, cubrió miles de kilómetros hasta impactar en el polígono de Kura, en la península de Kamchatka. El comandante de las Tropas de Misiles Estratégicos, Serguéi Karakáyev, informó directamente a Vladimir Putin de que el ensayo permitirá equipar al primer regimiento con este sistema antes de que finalice 2026.
Putin, en una comparecencia televisada, no escatimó adjetivos. Calificó el Sarmat como «el sistema de misiles más potente del mundo» y subrayó que su alcance de 35.000 kilómetros lo convierte en un arma de rango prácticamente ilimitado, capaz de sortear cualquier escudo antimisiles actual. «Este misil refuerza la capacidad de disuasión de Rusia durante décadas», declaró. Las imágenes difundidas mostraban un lanzamiento desde silo, un detalle técnico relevante frente a los sistemas móviles que prioriza Moscú en otros programas.
Un monstruo de 200 toneladas con ojivas hipersónicas
El RS-28 Sarmat es un coloso de la ingeniería militar soviética tardía, rescatado y modernizado. Con un peso en el lanzamiento que ronda las 200 toneladas, puede cargar hasta diez ojivas nucleares independientes (MIRV) o, como ha enfatizado el Kremlin, el vehículo de reentrada hipersónica Avangard. Este último es la verdadera clave estratégica: el Avangard vuela a Mach 20 dentro de la atmósfera, realizando maniobras erráticas que lo hacen impredecible para los radares y los interceptores cinéticos. La combinación Sarmat-Avangard supone, en teoría, una capacidad de second strike prácticamente ineludible.
El ensayo llega en un momento en que los arsenales nucleares vuelven a ser moneda de cambio geopolítico. El Tratado New START, que limitaba las ojivas desplegadas, expiró en febrero de 2026 sin un sustituto, y tanto Washington como Moscú se han desvinculado de las cláusulas de verificación. La prueba del Sarmat es la primera de este sistema desde 2023, cuando un lanzamiento fallido dejó un cráter en Plesetsk que fue detectado por imágenes satelitales de OSINT. Aquel fiasco generó dudas sobre la fiabilidad del programa, y esta prueba exitosa sirve para acallarlas, al menos en el relato oficial.
El calendario inmediato preocupa. Si de verdad el primer regimiento está operativo antes de fin de año, el Sarmat pasará de ser un arma de demostración a una pieza en el tablero de disuasión permanente. Los silos de Dombarovski y Uzhur, en los Urales y Siberia, llevan años siendo adaptados para recibir estos misiles. La capacidad de producción en serie, lastrada por las sanciones occidentales a los componentes electrónicos y de precisión, sigue siendo la gran incógnita.
El Sarmat no solo es un misil: es la confirmación de que el Kremlin ha priorizado la modernización nuclear como su principal pilar de seguridad frente a la OTAN.
Equilibrio de Poder
La prueba del Sarmat se produce en un contexto de máxima tensión. La administración Trump ha dejado claro que el paraguas nuclear estadounidense en Europa no es un cheque en en blanco, condicionándolo un aumento del gasto en defensa de los aliados al 5% del PIB. Bruselas, por su parte, trata de construir una deterrence propia con el programa FCAS y la Iniciativa Europea de Intervención, pero la realidad es que sin las ojivas B61 almacenadas en bases de cinco países de la OTAN, el Viejo Continente carece de respuesta creíble a un misil como el Sarmat. La señal de Putin es inequívoca: Rusia puede alcanzar cualquier rincón de Europa en menos de treinta minutos, y el escudo antimisiles de Rota o Deveselu no está diseñado para interceptar una salva de vehículos hipersónicos.
Para España, el impacto directo es limitado, pero no nulo. La base naval de Rota alberga cuatro destructores clase Arleigh Burke con el sistema AEGIS, pieza central del llamado Escudo Antimisiles Europeo. Un misil como el Sarmat, con su capacidad de ataque en trayectorias polares o a través del Polo Sur, deja obsoleto el concepto de defensa regional basada en interceptores SM-3. Eso obliga a repensar la arquitectura de defensa, y por extensión, la posición de España como plataforma de proyección de fuerza estadounidense hacia el Mediterráneo y el Atlántico. Además, esta escalada nuclear técnica refuerza el argumento de quienes en Moncloa y el Congreso exigen acelerar la modernización del Ejército del Aire, incluido el reemplazo de los F-18 por Eurofighter Tranche 4 y la integración en el programa FCAS.
El riesgo inmediato no es un ataque, sino un error de cálculo. La combinación de pruebas hipersónicas, retórica elevada y canales de comunicación entre mandos militares casi inexistentes —el teléfono rojo entre el Pentágono y el Kremlin apenas funciona desde 2025— crea un cóctel peligroso. Un lanzamiento no notificado, una falsa alarma en los radares OTH de la OTAN o una interpretación erródea de una trayectoria podrían desencadenar una respuesta no deseada. La última vez que una prueba de misiles rusos encendió las alarmas fue en noviembre de 2025, cuando un lanzamiento desde el submarino Borei en el mar Blanco activó los protocolos de la Alianza durante diecisiete minutos.
Más allá de la hojarasca propagandística, el Sarmat cumple una función clara en la doctrina nuclear rusa de escalada para desescalar. Al exhibir un arma de primer golpe que podría decapitar centros de mando en Washington o bases clave en el Pacífico, Putin persigue restaurar una paridad estratégica que, en términos puramente presupuestarios, nunca ha perdido: Rusia gasta en defensa apenas un 6,6% del PIB, frente al 10,5% de Estados Unidos, pero concentra ese gasto en disuasión nuclear. El verdadero éxito de esta prueba no será medido en metros de dispersión del impacto, sino en los próximos movimientos de los líderes de la OTAN, que se reúnen en Vilna el mes que viene. La cumbre de la Alianza será la primera prueba de fuego para un paraguas nuclear que se ha vuelto, de repente, más poroso.

