Estados Unidos y sus aliados en el Indo-Pacífico acaban de demostrar que pueden coordinar fuego naval, aéreo y terrestre con una sincronización letal. Durante la última edición del ejercicio Balikatan 2026, el mayor entrenamiento militar conjunto en la región, una fuerza multinacional hundió dos buques fuera de servicio frente a la costa noroeste de Luzón, en Filipinas, combinando misiles tierra-buque japoneses, artillería de cohetes estadounidense y aviones de ataque filipinos. La operación, denominada Fuerza de Tarea Conjunta de Ataque Marítimo (MARSTRIKE), no era una exhibición rutinaria: validó la integración de sensores y disparadores entre cuatro fuerzas armadas que rara vez operan juntas, en un escenario que mira directamente a Pekín.
Fuego combinado en el Pacífico: la operación MARSTRIKE
El corazón de Balikatan 2026 fue MARSTRIKE, un evento de fuego real de dos días —miércoles y jueves de la semana pasada— que puso a prueba la capacidad de una coalición ad hoc para lanzar ataques de precisión de largo alcance contra blancos navales. Según el comunicado del Departamento de Defensa de Estados Unidos, la fuerza conjunta integró sensores, sistemas de misiles, aeronaves tripuladas y no tripuladas y activos navales de cuatro países: Estados Unidos, Filipinas, Japón y Canadá. El objetivo era claro: demostrar que los aliados pueden detectar un buque hostil, designarlo y destruirlo con fuego proveniente de múltiples dominios, incluso en un entorno denegado.
“El MARSTRIKE demostró la fortaleza de nuestra fuerza conjunta y combinada al integrar sensores y disparadores a través de múltiples dominios para lograr un objetivo táctico compartido”, declaró el mayor general del Cuerpo de Marines de EE.UU. Thomas Savage, comandante de la fuerza de tarea conjunta avanzada. Las palabras del general, recogidas en la nota oficial, reflejan la urgencia de Washington por tejer una red de aliados en el Indo-Pacífico capaz de imponer costes militares reales a cualquier expansión naval china en el mar de Filipinas meridional.
Plataformas y armamento: quién disparó qué
El primer día, las fuerzas aliadas hundieron el BRP Quezon, un buque filipino retirado del servicio, utilizando un misil superficie-buque Tipo-88 de la Fuerza Terrestre de Autodefensa de Japón (JGSDF) y lanzacohetes de alta movilidad HIMARS del Ejército estadounidense. “Desplegar el misil Tipo-88 en este complejo MARSTRIKE nos permitió validar nuestra integración táctica con las fuerzas de Estados Unidos y Filipinas”, explicó el teniente coronel japonés Ishikawa Daisuke. El Tipo-88 es un arma de desarrollo local que Japón raramente emplea fuera de sus aguas territoriales; su uso aquí es una señal política considerable.
El segundo objetivo, el BRP Rajah Sulayman, fue atacado por cazas ligeros FA-50PH Fighting Eagle y aviones de ataque A-29 Super Tucano de la Fuerza Aérea filipina. Todo ello bajo el paraguas de sistemas de defensa aérea del Cuerpo de Marines, el NMESIS (Sistema de Interdicción de Buques Expedicionario de la Armada y el Cuerpo de Marines) y drones de vigilancia, con la fragata canadiense HMCS Charlottetown en funciones de apoyo. En dos días, la coalición improvisada logró lo que en un conflicto real sería la neutralización de dos unidades de superficie enemigas con pérdida cero.
El ejercicio Balikatan, que se celebra anualmente desde 1991, ha ido escalando en ambición. Pero esta edición marca un salto cualitativo: por primera vez, los participantes integraron misiles de crucero embarcados (aunque no se lanzaron desde buques, sino desde tierra) con fuego aéreo y datos de inteligencia compartidos en tiempo casi real.

Equilibrio de Poder
Lo que ha ocurrido en aguas filipinas va más allá de un ejercicio rutinario. La arquitectura de seguridad del Indo-Pacífico está mutando de las declaraciones políticas a la interoperabilidad militar real. Washington está tejiendo una red informal de aliados —Filipinas, Japón, Australia, y ahora incluso Canadá— que no depende exclusivamente de estructuras como la OTAN o el AUKUS, sino de la voluntad operativa de coordinarse para negar el acceso marítimo a Pekín. Este modelo de coalición flexible, ad hoc pero letal, es una respuesta directa a la estrategia china de *anti-acceso/denegación de área* (A2/AD) en la primera cadena de islas.
Para España, el eco es lejano pero real. La fragata HMCS Charlottetown canadiense nos recuerda que aliados medios pueden proyectar poder naval en teatros distantes si hay voluntad política. La Armada española, con sus fragatas F-110 en desarrollo y su experiencia en operaciones de la UE en el Índico (Operación Atalanta), podría en teoría integrarse en ejercicios de este tipo; hacerlo dependería de una decisión estratégica que Moncloa no ha tomado aún. El Indo-Pacífico no está en el radar prioritario de Defensa español, pero la creciente interdependencia económica con China y la presión de Washington para que los socios europeos miren hacia esa región harán cada vez más incómoda la ausencia.
Rusia, por su parte, observa estos movimientos con calculado silencio. Moscú carece de capacidad de proyección naval significativa en el Pacífico más allá de su flota del Pacífico, envejecida y distraída por la guerra en Ucrania. Pekín sí está tomando nota. Cada demostración de que Japón puede lanzar misiles tierra-buque en aguas del Sudeste Asiático reduce la ventana de negación china y le obliga a recalcular el coste de cualquier aventura en el mar de Filipinas.
Lo que se validó frente a Luzón no es solo un misil: es un modelo de guerra en coalición que Pekín temía y que ahora sabe que existe.
En los próximos años, el formato MARSTRIKE tenderá a replicarse. Otros socios regionales —Singapur, Corea del Sur, quizás Vietnam— evaluarán si quieren subirse a esta plataforma de interoperabilidad. Europa, mientras tanto, seguirá ensimismada en su rearme continental, pero el mensaje del Pacífico es inequívoco: la seguridad global ya no se juega en un solo tablero.

