EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? The New York Times informa de que Estados Unidos e Israel aceleran los preparativos para una nueva serie de ataques sobre territorio iraní, que podrían comenzar la próxima semana.
- ¿Quién está detrás? La Casa Blanca y el Estado Mayor israelí, según fuentes citadas por el diario, están coordinando la operación con el Pentágono, tras el bloqueo de las negociaciones nucleares.
- ¿Qué impacto tiene? La acción militar dispararía la tensión en Oriente Próximo, elevaría el riesgo de represalias contra intereses occidentales y podría empujar el precio del crudo por encima de los 100 dólares.
Estados Unidos e Israel están ultimando un nuevo paquete de ataques contra Irán que podría ejecutarse la próxima semana, según revela The New York Times. La información, basada en fuentes con acceso a las deliberaciones del Pentágono y del Estado Mayor israelí, apunta a una operación militar diseñada para golpear infraestructuras clave del programa nuclear iraní y sus capacidades militares, en un contexto de negociaciones nucleares completamente estancadas.
La filtración del NYT llega apenas 48 horas después de que el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, afirmara que ‘todas las opciones están sobre la mesa’ y que la paciencia de Washington se agotaba. El reloj corre en sentido contrario a la diplomacia.
La hoja de ruta militar sobre la mesa
Los detalles del plan permanecen bajo secreto, pero el medio neoyorquino sugiere que los objetivos incluirían instalaciones de enriquecimiento de uranio, como Natanz o Fordow, y centros de mando de la Guardia Revolucionaria. Se baraja el uso combinado de misiles de crucero lanzados desde plataformas navales, cazas F-35 israelíes con capacidad de penetración profunda y bombarderos B-2 estadounidenses desde bases en el Golfo.
El precedente es claro. En 2024, Israel ya ejecutó ataques de precisión sobre la base aérea de Isfahán, lo que Tel Aviv interpretó como una demostración de su capacidad para alcanzar el corazón del programa nuclear iraní. Aquella operación no contó con apoyo directo estadounidense sobre el terreno, pero esta vez la participación de Washington parece más estrecha, lo que eleva el calibre del mensaje.
El Pentágono ha desplegado en las últimas semanas dos grupos de ataque de portaaviones en el Índico y ha reforzado sus baterías antimisiles Patriot en Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, movimientos que encajan con la preparación de un ataque de gran envergadura. La geometría de la fuerza lo deja claro: esto no es un ejercicio.
Del estancamiento diplomático al lenguaje de las bombas

Las conversaciones para reactivar el acuerdo nuclear de 2015 llevan meses en punto muerto. La administración Trump ha impuesto nuevas sanciones a las exportaciones de petróleo iraní y ha condicionado cualquier alivio a un desmantelamiento total del programa de enriquecimiento, algo que Teherán rechaza de plano. ‘No negociamos bajo amenaza’, ha repetido el líder supremo, Ali Jamenei, en sus últimas alocuciones. Así de roto está el diálogo.
El Pentágono está convirtiendo la retórica de ‘todas las opciones’ en una planificación operativa real, y eso cambia por completo la ecuación de disuasión en la región.
Equilibrio de Poder
Más allá del hecho militar inmediato, la noticia altera el tablero de Oriente Próximo en tres ejes. En primer lugar, la alianza Washington-Tel Aviv consolida una postura de fuerza que Moscú observa con recelo. Rusia, que ha tejido lazos tácticos con Irán en Siria y a través de la venta de drones Shahed, no se quedará de brazos cruzados. Cualquier ataque que debilite a Teherán equivale a un revés para los intereses rusos en el Mediterráneo oriental y el Cáucaso, y Putin podría responder acelerando el suministro de sistemas de defensa aérea S-400 adicionales o incluso compartiendo inteligencia en tiempo real.
Para la Unión Europea, la operación supone una patata caliente. Bruselas teme un nuevo repunte del barril de crudo que dispare la inflación y lastre la competitividad, justo cuando la economía comunitaria empieza a respirar. Francia y Alemania condenarán públicamente la escalada, pero en privado saben que la disuasión convencional frente a Irán recae casi por completo en las capacidades estadounidenses. La OTAN se verá arrastrada a un debate incómodo sobre los límites de la defensa colectiva en un conflicto que, a priori, no afecta al territorio aliado… a menos que la respuesta iraní alcance el estrecho de Ormuz.
Para España, el riesgo es doble. En el plano económico, cada dólar que sube el precio del petróleo se traduce en un golpe directo a la balanza comercial, con un impacto estimado de 1.500 millones de euros adicionales en la factura energética por cada 10 dólares de incremento sostenido. En el plano de la seguridad, la base de Rota, con sus destructores AEGIS, se convierte en un punto de referencia logístico para cualquier operación de represalia o de evacuación, lo que aumenta su exposición a ciberataques o a acciones asimétricas patrocinadas por Teherán en el Magreb y el Sahel, donde la inteligencia iraní ha ido tejiendo redes.
El riesgo inmediato es que la ventana de la próxima semana marque el inicio de una secuencia de golpe y represalia que se alargue durante meses, con consecuencias difíciles de predecir. Si el ataque logra dañar instalaciones nucleares, Irán podría acelerar el enriquecimiento de uranio a niveles de grado militar, rompiendo definitivamente el umbral de la bomba. Y si la respuesta de Teherán incluye el sabotaje de petroleros en el Golfo Pérsico, nos enfrentamos a un escenario energético similar al de 1973, con Europa como la gran damnificada. La Casa Blanca confía en que la contundencia del golpe disuada cualquier represalia. La historia reciente, sin embargo, dice lo contrario.
Seguiremos de cerca el goteo de información del Pentágono y del Estado Mayor israelí, así como la reacción del Kremlin. La próxima semana puede que nos despierte con un nuevo capítulo de este conflicto que, a golpe de mísil y ultraje, sigue redefiniendo el orden mundial.

