Ni Felipe VI ni la operación de reconstrucción reputacional impulsada desde Zarzuela alrededor de Leonor de Borbón han conseguido convertir a la monarquía en una institución mayoritaria entre la ciudadanía española.
Aunque la corona mejoró parcialmente su imagen tras la abdicación de Juan Carlos I y el cierre de algunos de los peores años marcados por escándalos, la tendencia de fondo apenas ha cambiado: la monarquía acumula medio siglo perdiendo en las encuestas frente a la opción republicana, pese a la falta de proyecto visible de democratizar la jefatura del Estado.
La situación actual conecta incluso con una de las confesiones políticas más reveladoras de la Transición. Adolfo Suárez reconoció en conversación con Victoria Prego que la monarquía no se sometió directamente a referéndum porque «hacíamos encuestas y perdíamos».
Décadas después, aquella percepción sigue persiguiendo a la institución. La diferencia es que el deterioro de la percepción ya no afecta únicamente entre sectores republicanos históricos, sino que empieza a consolidarse como una tendencia sociológica más amplia, especialmente entre las generaciones jóvenes.
Aunque desde hace años ni el CIS ni buena parte de los grandes medios publican encuestas periódicas sobre el respaldo a la opción dinástica, los estudios independientes siguen dibujando un escenario incómodo para Zarzuela.
El último gran indicador llega de la mano del proyecto de investigación ‘European Monarchies in Comparative Perspective (The Crowns)’, impulsado por la Universidad de Murcia y financiado por el Ministerio de Ciencia.
El estudio, realizado durante el otoño de 2025, analiza la percepción ciudadana sobre las monarquías parlamentarias de España, Reino Unido, Dinamarca, Suecia, Noruega, Bélgica y Países Bajos.
Los resultados sitúan a España como la gran excepción europea. Es el único de los siete países analizados donde la ciudadanía prefiere una república frente a una monarquía parlamentaria. Un 51,5% de los encuestados apuesta por la república, mientras que un 48,5% opta por mantener la corona. Esta victoria también se refleja en una reciente encuesta de Electomanía y en otra publicada el pasado año por El Confidencial.
La monarquía española aparece por detrás de la alternativa republicana en un contexto europeo donde el resto de casas reales mantienen niveles de apoyo mucho más sólidos. La pérdida de legitimidad va más allá de la preferencia abstracta sobre la forma de Estado.
Según la encuesta de la Universidad de Murcia, España también registra algunos de los peores índices de satisfacción con la institución monárquica. Solo un 46,2% asegura sentirse satisfecho con el funcionamiento de la corona, que es una cifra muy alejada del 80,4% que alcanza la monarquía danesa. Incluso Reino Unido, marcado durante años por los escándalos del príncipe Andrés y las tensiones internas de la familia real británica, conserva niveles de respaldo superiores a los españoles.
El estudio refleja así un fenómeno más profundo que la clásica división entre monárquicos y republicanos. Lo que aparece es una erosión progresiva de la capacidad de la Corona para seguir funcionando como una institución transversal y compartida por amplias mayorías sociales.
Durante décadas, la monarquía intentó consolidarse como símbolo de estabilidad surgido de la Transición. Sin embargo, buena parte de las generaciones nacidas después de ese periodo ya no mantienen ese vínculo político ni emocional.
La fractura generacional es probablemente el dato más preocupante para Zarzuela. Los menores de 35 años suspenden prácticamente todos los indicadores relacionados tanto con Felipe VI como con la propia institución. La confianza en el rey obtiene entre los jóvenes apenas un 4,50 sobre 10. La percepción de honestidad cae al 4,88 y la valoración sobre su neutralidad política se sitúa en un 4,91.

El deterioro no afecta únicamente a la figura del monarca. La institución suspende también en cuestiones estructurales especialmente sensibles para las nuevas generaciones. La transparencia obtiene solo un 4,38 sobre 10, mientras que la capacidad de representar los intereses de la juventud cae hasta un 4,22. Tampoco aprueba la percepción de neutralidad institucional, que se queda en un 4,97. Entre los votantes y sectores ideológicamente situados a la izquierda, las cifras son todavía peores.
La transparencia de la monarquía cae hasta el 2,77 y la percepción de neutralidad apenas alcanza el 3,35. El estudio apunta así a una creciente polarización política de la Corona, que pierde apoyos en sectores progresistas y concentra cada vez más su base social entre votantes conservadores, personas de mayor edad y sectores situados ideológicamente a la derecha, pese a las críticas que recibe de formaciones como Vox.
Ese cambio sociológico supone un problema de fondo para una institución que durante décadas intentó proyectarse como árbitro neutral y símbolo de cohesión nacional. Cuanto más se identifica la monarquía con un bloque ideológico concreto, más difícil resulta sostener el relato de una jefatura del Estado situada por encima de las divisiones políticas. Los escándalos de la última década siguen condicionando además la percepción pública de la Corona.
Aunque el informe no menciona directamente a Juan Carlos I, muchas de sus conclusiones remiten claramente al impacto de los casos de corrupción, las cuentas opacas y las relaciones económicas del rey emérito con monarquías del Golfo.
La afirmación que genera mayor consenso entre los encuestados resulta especialmente significativa: la idea de que «algunos miembros de la familia del rey cometen actos reprobables» alcanza una valoración de 7,06 sobre 10.
También existe una mayoría favorable a reducir el tamaño de la familia real, propuesta que obtiene una valoración media de 6,60. Son datos que reflejan hasta qué punto una parte importante de la ciudadanía sigue asociando la monarquía con privilegios, opacidad y falta de rendición de cuentas.
‘Leonormanía’ para levantar la monarquía
Todo ello explica por qué la estrategia comunicativa de Zarzuela lleva años centrando gran parte de sus esfuerzos en la figura de Leonor de Borbón, bajo la atenta mirada de su madre Letizia Ortiz. La heredera aparece en el estudio como el miembro mejor valorado de la familia real. Obtiene un 6,08 en contribución positiva a la monarquía y un 6,19 en respeto a principios éticos. Incluso entre personas de izquierdas conserva mejores valoraciones que otros miembros de la Casa Real y que la propia institución.
La apuesta de Casa Real es evidente: desplazar el foco desde la herencia política y reputacional de Juan Carlos I hacia una imagen de renovación asociada a la princesa heredera. La intensa exposición mediática de Leonor, su formación militar y la construcción de una narrativa centrada en la disciplina, la juventud y la cercanía responden precisamente a esa estrategia de reconfiguración de la imagen pública.
