Merz y Trump: crisis transatlántica por acusaciones mutuas de ‘país roto’ y viajes desaconsejados

El canciller alemán desaconseja viajar a Estados Unidos por el deterioro del clima social, mientras Trump le insta a arreglar su 'país roto'. La alianza se resiente y la OTAN observa con preocupación el mayor distanciamiento desde la Segunda Guerra Mundial.

La relación entre Washington y Berlín toca un nuevo mínimo. El canciller alemán, Friedrich Merz, desaconsejó esta semana a los jóvenes alemanes viajar a Estados Unidos, citando una preocupante deriva social y laboral. La Casa Blanca respondió de inmediato: Donald Trump afirmó que Merz debería ‘centrarse en arreglar su país roto’. El intercambio de acusaciones no es un incidente aislado, sino la culminación de un deterioro que amenaza la arquitectura de seguridad colectiva.

Un cruce de acusaciones sin precedentes en el siglo XXI

Según la cadena pública ARD, el canciller Merz declaró en una entrevista que ya no recomendaría a estudiantes y trabajadores jóvenes trasladarse a Estados Unidos por el deterioro de la protección social, la inseguridad por la violencia armada y la precariedad laboral. La administración Trump reaccionó con dureza. En un mitin en Ohio, el presidente respondió que Merz debería ‘centrarse en arreglar su país roto por la inmigración ilegal y unos costes laborales que han destruido la economía alemana. La agencia RT recogió el cruce, evidenciando la mayor hostilidad diplomática entre ambos aliados desde la posguerra.

El canciller Merz insistió en en que la recomendación de viaje no constituye una ruptura diplomática, sino una advertencia basada en datos objetivos. Sin embargo, la respuesta de Washington fue interpretada en Berlín como una injerencia inaceptable en asuntos internos, lo que elevó la tensión hasta niveles comparables a la crisis de confianza de 2003 por la guerra de Irak, pero en un entorno geopolítico mucho más volátil. El Bundestag debatió la situación con dureza; el portavoz de la CDU en la Cámara calificó las palabras de Trump de ‘insulto a la soberanía alemana’.

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En términos económicos, la disputa amenaza con extenderse al ámbito comercial. Fuentes del Ministerio de Economía alemán temen que la administración Trump retalié con aranceles adicionales a las exportaciones automovilísticas, lo que perjudicaría gravemente a la industria alemana. Berlín ha recordado que los intercambios bilaterales superan los 250.000 millones de dólares anuales y que una guerra comercial sería mutuamente destructiva. Los fabricantes alemanes, especialmente BMW y Mercedes, exportaron en 2025 más de 600.000 vehículos al mercado estadounidense, lo que supone unos 20.000 millones de euros y cientos de miles de empleos en juego.

La crisis revela un choque de visiones sobre el papel de los aliados en la OTAN. Merz, que llegó a la cancillería en septiembre de 2025 con un perfil más atlantista que sus predecesores socialdemócratas, se encuentra ahora en la tesitura de defender la dignidad nacional sin poner en peligro la alianza con Washington. El presidente Trump, por su parte, utiliza el desplante para reforzar su narrativa de ‘América primero’ ante sus bases, mientras el Pentágono y el Departamento de Estado tratan de contener los daños.

Dentro del Pentágono, altos mandos no ocultan su incomodidad. El Comando Europeo de Estados Unidos (EUCOM) ha trasladado a la Casa Blanca que la retórica contra Alemania socava décadas de cooperación militar y pone en riesgo el acceso a bases clave. La Fuerza Aérea estadounidense opera desde Ramstein misiones de disuasión nuclear y reabastecimiento, vitales para cualquier operación en el flanco este. Un deterioro irreversible llevaría a replantear el estatus de fuerzas.

El desplante verbal es el síntoma de una patología más profunda: la falta de un proyecto común entre las dos orillas del Atlántico.

El contexto: una alianza bajo mínimos desde la posguerra

Alemania

Las relaciones transatlánticas resisten mal la segunda era Trump. Desde el Plan Marshall y la creación de la OTAN, la alianza germano-estadounidense ha sido el pilar de la seguridad europea, pero hoy se resquebraja. El presidente ha reactivado sus exigencias de que los aliados europeos eleven el gasto en defensa hasta el 5% del PIB, una meta inalcanzable tanto para Alemania como para España. Merz, que asumió la cancillería tras unas elecciones marcadas por el voto de castigo a la gran coalición, ha defendido una OTAN más equilibrada y una mayor autonomía estratégica europea. Esa postura choca frontalmente con la visión transaccional de Washington, que condiciona el paraguas de seguridad a la contribución financiera de cada socio.

La crispación actual tiene precedentes. En 2018, Trump ya tildó a Alemania de ‘cautiva de Rusia’ por su dependencia del gas ruso. Ahora, con la guerra en Ucrania enquistada y el rearme del Kremlin, la fractura se vuelve existencial. El despliegue de tropas estadounidenses en suelo alemán —35.000 efectivos, base de Ramstein— es hoy moneda de cambio en una disputa donde los lazos históricos pesan menos que las necesidades inmediatas de campaña electoral. La recomendación de Merz a los jóvenes refleja un hartazgo acumulado en Berlín tras años de presiones comerciales y tecnológicas.

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En paralelo, la sociedad alemana ha visto erosionarse su confianza en Estados Unidos como aliado fiable. Una encuesta reciente del Instituto Forsa sitúa el respaldo a la OTAN en un 62%, el dato más bajo desde 1989. La administración Trump aprovecha el desgaste para negociar acuerdos bilaterales de defensa más ventajosos, mientras Berlín se debate entre acelerar el Zeitenwende —el giro estratégico anunciado por Scholz en 2022— o buscar un acercamiento diplomático que evite males mayores. La visita de Merz a Washington, prevista para otoño, se perfila como un termómetro decisivo.

Equilibrio de Poder

La brecha entre Berlín y Washington resuena en tres tableros. En el eje Estados Unidos-Rusia-Unión Europea, el Kremlin observa con satisfacción las tensiones: una OTAN fragmentada es la mejor garantía para que Moscú no encuentre una respuesta cohesionada a su agresión en Ucrania o a sus maniobras híbridas en los Balcanes. La administración Trump, centrada en la competencia con China, percibe a Europa como un socio que debe costearse su propia seguridad. En Bruselas, Merz intenta capitanear un frente de países que exigen compensaciones si Washington modifica su despliegue militar, pero la realidad es que más del 80% del gasto de la OTAN sigue siendo estadounidense.

Para España, la crisis es un recordatorio incómodo. Las bases de Rota y Morón albergan destructores AEGIS y fuerzas de operaciones especiales que protegen el Mediterráneo y el flanco sur. Si la tensión conduce a una retirada parcial de tropas o a una nueva exigencia de contrapartidas económicas, Madrid tendrá que reforzar su propio esfuerzo defensivo en una región —el Magreb y el Sahel— donde las amenazas son reales y crecientes. El debate sobre el 2% del PIB en defensa, que el Gobierno de Sánchez ya asumió con dificultad, podría verse superado por las cifras que maneja Trump, impactando directamente en los presupuestos nacionales y en la cohesión social. Moncloa podría intentar ejercer de mediador, aprovechando su estrecha relación con Marruecos —socio preferente de Washington en el Magreb— y su capacidad de diálogo con el eje franco-alemán.

El riesgo a corto plazo es que la crisis estalle en la próxima cumbre de la OTAN, prevista para julio en Vilnius. Un fracaso diplomático en esa cita agravaría la percepción de una Alianza rota, justo cuando Rusia prueba los límites con sus drones y misiles en Ucrania y en el espacio aéreo de países bálticos. A medio plazo, la desconexión entre Berlín y Washington aceleraría la división de cargas: Estados Unidos se volcará en el Indo-Pacífico y dejará a los europeos la responsabilidad de disuadir a Moscú. Para España, esto supone elegir o, al menos, navegar con inteligencia.

La pelota está en el tejado de una Europa que lleva décadas aplazando su autonomía estratégica.