Trump desoye a la CIA y minimiza el espionaje chino tras reunión con Xi Jinping

Desde el Air Force One, el presidente iguala las operaciones encubiertas de ambas potencias y pone en duda la amenaza de Volt Typhoon. La ambigüedad de Washington erosiona la capacidad de disuasión colectiva de la OTAN y deja al CNI en un brete doctrinal.

El presidente de Estados Unidos acaba de aterrizar del vuelo de regreso desde Pekín y, en plena recta final del Air Force One, ha soltado la frase que más ha descolocado a los suyos en meses: «Nosotros también espiánes, y mucho». Donald Trump minimiza el espionaje chino justo cuando la CIA y el FBI llevan años documentando una oleada de intrusiones sin precedentes. La cita completa ante los periodistas que le acompañaban dibuja a un presidente que, lejos de exigir explicaciones a Xi Jinping, equipara las operaciones encubiertas de ambas potencias como si se tratara de un partido de vuelta en el que todos hacen lo mismo. «Me dijo: ‘Ustedes nos espían, nosotros también’. Y yo le respondí: ‘Es verdad, espiánes a tope contra ustedes también’», añadió. El tradecraft del Kremlin —el «nosotros también lo hacemos»— ha sonado ahora en boca del comandante en jefe estadounidense.

La secuencia no es una anécdota de pasillo. Ocurre con el trasfondo de Volt Typhoon, un grupo APT atribuido a China que ha plantado implants en redes eléctricas y plantas de tratamiento de agua con el propósito —según evaluaciones de la comunidad de inteligencia— de desestabilizar a la población civil en caso de que Pekín decida invadir Taiwán. Cuando los reporteros le preguntaron directamente por esa campaña, Trump sembró dudas: «Bueno, ustedes no saben eso. Me gustaría ver pruebas, pero es muy posible que lo hagan». El presidente que en 2018 justificó 200.000 millones de dólares en aranceles por el robo de propiedad intelectual chino parece hoy rebajar a categoría de rumor lo que sus propias agencias llevan al Consejo de Seguridad Nacional.

El giro es tan abrupto que obliga a releer las hemerotecas. En octubre de 2025, tras la cumbre con Xi en Seúl, Trump también optó por el silencio público después de que se descubriera una intrusión de un año en F5, un proveedor de ciberseguridad que da servicio al 85 % de las empresas del Fortune 500 y a agencias federales. Entonces, el think tank bipartidista Center for a New American Security advirtió de que callar «envalentona a Pekín». Sean Cairncross, director nacional de Ciberseguridad del segundo mandato de Trump, lo resumió con una frase que comparto: «No podemos esperar que cambien de comportamiento si somos ambiguos con ellos».

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Sin embargo, la ambigüedad tiene raíces profundas. Edward Snowden reveló en 2013 que la NSA había lanzado más de 61.000 operaciones globales de hacking, muchas contra infraestructura china. Mientras Washington airea los ciberataques que sufre, Pekín los silencia —no por debilidad, sino por una aversión sistémica del Partido Comunista a reconocer fallos propios—. El resultado es un tablero asimétrico de la información en el que, en las cumbres bilaterales, algunos líderes prefieren no abrir el melón porque ambas cocinas esconden cadáveres.

Y ese silencio cómplice tiene consecuencias directas para España. Lo he escrito antes y lo repito: cuando Washington y Pekín normalizan el espionaje mutuo como moneda de cambio menor, las capitales europeas —incluida Madrid— se convierten en terreno de caza para ambas. El CNI y el CCN-CERT llevan años monitorizando cómo el perímetro de las amenazas persistentes chinas no se detiene en la frontera americana. Las redes eléctricas, los operadores de telecomunicaciones y los puertos españoles están bajo el mismo paraguas de objetivos que las infraestructuras críticas norteamericanas.

La cuestión de fondo va más allá de si Trump debería haber alzado la voz. La lectura confidencial que hacemos en Moncloa.com es otra: la doctrina «hacemos lo mismo» blanquea la impunidad de los grupos APT chinos —Volt Typhoon, APT31, APT40— que no distinguen entre aliados OTAN y no alidados cuando se trata de instalar una backdoor en un SCADA industrial. Cuando el presidente de Estados Unidos dice en público que la diferencia entre un espía chino y uno propio es solo de color de pasaporte, la disuasión se evapora y la OTAN se queda sin el marco político que necesita para activar contramedidas colectivas.

«Lo peor de este episodio no es que Trump haya callado, sino que haya convertido una conversación entre servicios hostiles en un chascarrillo de barra de bar compartida, justo cuando China acelera su preparación de escenarios de conflicto para Taiwán.»

El historial de las agencias: de Snowden a Volt Typhoon

El CNI conoce bien este dilema. En los pasillos de la Casa de Castelló se recuerda que la primera filtración masiva de Snowden ya demostró que las operaciones de la NSA en China eran equiparables en escala a las que ahora denuncia el FBI. Lo que no es equiparable —y aquí está el matiz— es el marco jurídico y la doctrina de empleo. Estados Unidos, a diferencia de China, opera bajo supervisión judicial y con reglas de enfrentamiento que excluyen, al menos sobre el papel, la destrucción pre-positioned de infraestructura civil como estrategia de distracción en un conflicto armado. Volt Typhoon, según el ODNI, sí contempla sabotaje preventivo, no mero espionaje. Eso cambia el derecho internacional aplicable y, sobre todo, cambia el tipo de conversación que un presidente debería tener con su homólogo chino.

Anatomía de un desdén: HUMINT, APT y la doctrina del silencio

La administración Biden tampoco fue un ejemplo de firmeza dialéctica —en sus cumbres de 2021 y 2023 no hubo mención alguna a ciberataques en los comunicados conjuntos—, pero Trump ha llevado la técnica al extremo de banalizar públicamente las advertencias de sus propios servicios. Cuando un presidente dice «ustedes no saben que eso sea verdad» mientras sus analistas del ODNI firman informes de inteligencia con alta certeza, lo que hace es dinamitar la credibilidad de cualquier atribución futura. Si mañana el FBI señala a APT29 por un ataque a una infraestructura crítica europea, Pekín podrá replicar citando las palabras textuales del propio Trump.

Trump minimiza espionaje china

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Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra

Lo veo como un punto de inflexión en el equilibrio entre servicios. El vector de amenaza es doble: por un lado, la campaña de ciberespionaje masivo de Volt Typhoon, que responde a un patrón de APT con payloads diseñados para persistencia y acción cinética diferida; por otro, la infiltración HUMINT clásica —agentes encubiertos haciéndose pasar por investigadores para sondear a asesores del Capitolio y funcionarios del Departamento de Estado—. Ambos vectores coinciden en una misma doctrina china: la preparación del entorno operativo para un escenario de crisis en el estrecho de Taiwán que requiere desestabilizar a la opinión pública occidental.

Las agencias implicadas son claras. Quien ataca es el Ministerio de Seguridad del Estado chino, apoyado por unidades del Ejército Popular de Liberación especializadas en operaciones de red —las APT vinculadas al MSS y a la Comisión Militar Central—. Quien defiende es la CIA, el FBI y la NSA, con la CISA como coordinadora de infraestructuras críticas. Quien mira —y debería estar muy atento— es el CNI, porque los mismos grupos que han penetrado empresas eléctricas en Texas han mapeado previamente sistemas SCADA en el sur de Europa. A juzgar por la naturaleza del material comprometido, estimo que el nivel de clasificación del leak de inteligencia que rodea a Volt Typhoon es Secreto, con compartimentos que alcanzan Top Secret en los apartados de capacidades de destrucción pre-posicionada.

El precedente histórico que me viene a la mente no es otro que el caso Snowden. Aquel verano de 2013, mientras trabajaba en la recta final de El quinto elemento, ya advertí de que el próximo 11S empezaría con un clic. Hoy, la combinación de HUMINT y SIGINT que Pekín despliega contra Occidente me recuerda a la vieja doctrina soviética de los ilegales: agentes durmientes que no necesitan pasar información porque ya están dentro de las infraestructuras, listos para ser activados cuando el momento político lo exija. La diferencia es que ahora el presidente que debería liderar la respuesta prefiere hablar de espiar «a tope» como si fuera una competición deportiva.

El punto débil de este análisis —y lo reconozco— es que aún no disponemos de una atribución técnica cruzada de todas las campañas de Volt Typhoon por parte de empresas independientes. La mayor parte de la información procede de fuentes gubernamentales norteamericanas, pero la consistencia de los indicadores de compromiso y el modus operandi es tal que negarlo sin pruebas equivaldría a pecar de ingenuidad. La pregunta que cierro es: ¿cuándo veremos el próximo informe del ODNI y, sobre todo, cómo reaccionará la OTAN en su cumbre de julio si para entonces la Casa Blanca sigue jugando al whataboutism con China?