Trump ignoró las advertencias de inteligencia de la CIA sobre los misiles iraníes antes de la guerra de 2025. Los daños a las bases estadounidenses e israelíes no fueron errores de cálculo marginales, sino la cosecha de un fracaso estratégico perfectamente anticipado. Le adelanto que los informes desclasificados y los testimonios de antiguos oficiales de la Agencia pintan un cuadro demoledor de cómo la inteligencia fue arrinconada.
La advertencia que Trump no quiso leer
El 13 de junio de 2025, un misil balístico iraní de alcance intermedio —con una cabeza de guerra de casi dos toneladas de explosivo— eludió las defensas aéreas israelíes e impactó de lleno en la torre que albergaba el cuartel general de la Fuerza Aérea israelí, dentro del complejo de defensa Kiriya en Tel Aviv. La censura militar israelí impidió que los medios locales identificaran el edificio, pero dos fuentes confirmaron a SpyTalk que se trataba del centro de mando aéreo. Yo mismo he seguido de cerca cómo los servicios de contrainteligencia gestionan estos silencios.
No fue un golpe de suerte. Durante los doce días de guerra de 2025, los misiles iraníes alcanzaron otras cinco bases militares israelíes, incluido el complejo Glilot —hub de casi todos los servicios de inteligencia del país— y la base aérea de Tel Nof, donde se guardan los escuadrones de F-35. Los datos de daños por satélite publicados en marzo de 2026 por la Universidad Estatal de Oregón revelan la verdadera escala del castigo, que las autoridades israelíes maquillaron. A eso se suma la devastación en las bases estadounidenses en Kuwait, Bahréin y Arabia Saudí, revelada por The New York Times: trece instalaciones militares de EE.UU. sufrieron impactos directos, dejando muchas de ellas inhabitables.
El presidente afirmó entonces estar «conmocionado» porque Irán respondiera atacando a las monarquías del Golfo aliadas de Washington. Pero la CIA y la Oficina del Director Nacional de Inteligencia (ODNI) ya habían advertido con precisión de lo que se avecinaba. En su Evaluación Mundial de Amenazas de 2025, el ODNI señaló que Irán «continúa aumentando la letalidad y precisión de sus sistemas de misiles y drones de producción nacional, y posee las mayores reservas de estos sistemas en la región». El documento añadía que esos misiles «pueden alcanzar todo el teatro de operaciones». Bastaba con leer el informe para saber que la respuesta iraní no sería simbólica.
Norman T. Roule, antiguo alto oficial de la CIA que ejerció como gestor nacional de inteligencia para Irán, no pudo confirmar si Trump recibió sesiones específicas, pero subrayó que «los analistas de inteligencia militar y civil habrían seguido de cerca el tamaño, la naturaleza y las capacidades del arsenal iraní, garantizando que esas evaluaciones estuvieran disponibles de inmediato para los responsables políticos y los mandos militares». El relato oficial de la Casa Blanca, sin embargo, fue otro.
Anatomía del fracaso: los misiles que sí llegaron
Los Patriot y THAAD desplegados en los países del Golfo interceptaron la mayoría de los misiles entrantes, pero las oleadas de drones con guiado GPS —baratos, letales y difíciles de detener en masa— saturaron las defensas. En Kuwait, un impacto directo sobre un tráiler de operaciones improvisado mató a seis soldados estadounidenses e hirió de gravedad a otros nueve. Las tropas tuvieron que ser dispersadas a hoteles, oficinas e incluso a bases en Europa. La capacidad de proyección aérea de EE.UU. en el flanco sur de la OTAN quedó seriamente comprometida durante semanas.
El tradecraft iraní fue meticuloso: la inteligencia de precisión procedió en parte de informaciones suministradas por Rusia y de agentes israelíes reclutados por el MOIS iraní, que facilitaron las coordenadas de los cuarteles generales y hangares. Es decir, una operación HUMINT en toda regla, con resultados operativos devastadores. No fue la tecnología estadounidense la que falló, sino la cadena de decisión que despreció la alerta de sus propios servicios.
Thomas Joscelyn, experto en Irán del Reiss Center on Law and Security de la Universidad de Nueva York, describió una «extraña paradoja»: «Por un lado, la administración pensaba que la capacidad misilística iraní era tan letal que debía ser eliminada; por otro, subestimó la precisión de esos mismos misiles. Es solo una de las muchas formas en que no calibraron correctamente esta guerra». La frase de Joscelyn revela la esquizofrenia estratégica que flotaba en la Casa Blanca.

Mark Fowler, un ex oficial de operaciones de la CIA y especialista en Irán, fue todavía más claro: «Los iraníes se han estado preparando para esto durante una generación». Recordó que, desde 2006, Teherán diseñó una estrategia basada en la certeza de que si respondía a un ataque estadounidense golpeando a los estados petroleros del Golfo, estos presionarían a Washington para que cesara las hostilidades. Y acertó.
Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
La lectura desde la inteligencia española no puede limitarse a ser un espectador pasivo. El vector de amenaza que explotó Irán combinó infiltración HUMINT clásica —reclutamiento de fuentes con acceso a planos de bases israelíes— con apoyo de inteligencia extranjera, probablemente ruso, y un uso masivo de drones de ataque unidireccional que eludieron las defensas antimisiles. La agencia atacante fue el Ministerio de Inteligencia y Seguridad iraní (MOIS) junto con la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria; las defensoras, la CIA, el Mossad, la Inteligencia Militar israelí y, en último término, el propio ODNI que vio sus informes ignorados. Como tercer actor, Rusia operó como facilitador indirecto al proporcionar inteligencia de objetivos. Para un servicio como el CNI, la lección es nítida: un aliado que desoye su propio ciclo de inteligencia es un aliado que multiplica el riesgo para todos.
A juzgar por la naturaleza del material desclasificado y las declaraciones de ex oficiales, estimo que el nivel de clasificación de la mayoría de estos informes era Secreto o Top Secret en el ámbito de la ODNI y el Comando Central. El hecho de que las evaluaciones fueran desoídas convierte este fracaso en algo más grave que un error táctico: es un decapitación de la inteligencia en la cadena de mando. Algo que yo ya señalé en El quinto elemento: cuando la política relega la inteligencia a mero adorno, el primer disparo del enemigo ya ha llegado antes de ser declarado.
Las agencias habían alertado sobre la precisión de los misiles iraníes, pero en el Despacho Oval prefirieron escuchar lo que querían oír.
El daño colateral para la contrainteligencia aliada no es menor: Irán ha demostrado que puede infiltrar fuentes humanas capaces de dañar centros neurálgicos. El CNI, que monitoriza tráfico de inteligencia en el Magreb y Oriente Próximo, sabe bien que las redes de agentes dobles no entienden de fronteras. Si usted sigue de cerca la evolución del ciberespionaje y el HUMINT, habrá notado cómo Teherán combina ambos con una eficacia inquietante. La próxima reunión del Comité Conjunto de Inteligencia con los socios de Five Eyes, prevista para septiembre de este año, deberá evaluar si el fallo de Washington es sistémico o puntual.
Mientras escribo esto, el estrecho de Ormuz está controlado por la Guardia Revolucionaria iraní, que exige peaje a cualquier buque que pretenda transitarlo. La marina estadounidense mantiene un bloqueo frente a los puertos iraníes en el golfo de Omán, pero cada día que pasa sin una solución diplomática efectiva, el precio del petróleo sube un escalón más. España importa una parte significativa de su crudo a través de esas rutas; nuestro CNI lo sabe y lo incluye en sus informes semanales a Moncloa, según me consta. El muro de silencio que Trump ha impuesto sobre los daños reales es, en sí mismo, una operación de contrainteligencia destinada a no reconocer el error.
Y el colmo es que el presidente llama «traición» a cualquier periodista que informe sobre la resiliencia del enemigo. «Cuando las Fake News dicen que el enemigo iraní está resistiendo militarmente contra nosotros, es virtual TRAICIÓN», escribió en Truth Social. Usted y yo sabemos que esa frase no es solo un exabrupto: es la confesión de que la realidad de la inteligencia es políticamente incómoda. El CNI, por su parte, mantiene un perfil bajo pero activo: sigue de cerca la reconstrucción de los silos de misiles iraníes —30 de los 33 que guardan el Estrecho han sido restaurados— a través de fuentes propias y de los informes que comparte con el Centro de Inteligencia de la UE (INTCEN).

