Tomás de Torquemada, el inquisidor que marcó el siglo XV

Desde el confesonario de Isabel la Católica, Tomás de Torquemada construyó un imperio de delaciones secretas que convirtió la Inquisición en un arma de terror de Estado. La expulsión de los judíos en 1492 y los miles de procesos anónimos todavía resuenan en la memoria de España.

El humo negro ascendía en espirales lentas sobre la plaza de San Francisco. Eran las diez de la mañana del 6 de febrero de 1481, y seis conversos —acusados de seguir rezando en hebreo a escondidas— ardían en la hoguera mientras la multitud callaba. Aquel primer auto de fe de la Inquisición española no solo inauguraba una máquina de terror sin precedentes; también señalaba, con ceniza y chispa, el ascenso de un fraile dominico que, desde la penumbra del confesonario, se convertiría en el hombre más temido de Castilla.

Capítulo I: Humo sobre Sevilla

El tribunal se había instalado en el convento de San Pablo apenas unos meses antes. Los inquisidores, enviados por bula papal desde Roma, desembarcaron en Cádiz en noviembre de 1480. A la cabeza no estaba todavía Torquemada, pero el ambiente que los recibió llevaba su firma espiritual: un encargo de los Reyes Católicos a sus confesores más cercanos para «poner orden en los que no guardan la fe». Las primeras delaciones empezaron a caer sobre los conversos de Sevilla como una lluvia de papel doblado. En semanas, decenas de familias fueron sacadas de sus casas y llevadas a las celdas del castillo de Triana.

El fuego de aquella mañana de 1481 no era solo castigo: era pedagogía del miedo. Andrés Bernáldez, capellán de la reina y cronista minucioso, anotó que los reos «mueren con paciencia, llamando el nombre de Jesús y de su bendita Madre». La plaza de San Francisco se convirtió desde entonces en escenario periódico de lo que los alguaciles llamaban con rutina «la fiesta de la fe».

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Inquisición española

Capítulo II: El confesor de la reina

Tomás de Torquemada había nacido en una familia de cristianos viejos en la villa de Torquemada, en tierras de Palencia, hacia 1420. Muy joven tomó el hábito blanco y negro en el convento dominico de San Pablo de Valladolid, y su ascenso dentro de la orden fue tan discreto como imparable. En 1471, cuando Isabel de Castilla todavía era princesa en lucha por el trono, él ya figuraba como su confesor personal. La reina lo definió como «varón de santa vida y ejemplo de religión»; en realidad, era un asceta de mirada hundida y disciplina implacable que comía una vez al día, dormía sobre tablas y jamás concedía a su carne un descanso. Ese rigor extremo se convirtió en capital político.

Entre 1483 y 1484, el papa Sixto IV lo nombró inquisidor general de Castilla y Aragón, y más tarde del resto de reinos hispánicos. Fue el primer hombre en ostentar el título unificado. Desde ese momento, Torquemada no predicaba desde el púlpito, sino desde un despacho tapizado de informes secretos que alimentaban un imperio de delación.

Capítulo III: El terror silencioso

El invento más duradero del inquisidor no fue la tortura, que ya existía, sino la sospecha administrada. Las «Instrucciones de Torquemada» —redactadas a partir de 1485— establecían un código de procedimiento basado en el secreto de los testigos, la confiscación de bienes y los plazos de gracia. Bastaba una denuncia anónima, escrita a la luz de una vela en cualquier sacristía, para que una familia entera desapareciera.

La mecánica era perversamente sencilla: se publicaba un edicto de gracia que invitaba a los herejes a confesar sus culpas en un plazo de treinta o cuarenta días. Quienes se acogían recibían penitencias leves. Pero si alguien era denunciado por un vecino al día siguiente de expirar el plazo, el aparato se tragaba al acusado sin contemplaciones. El proceso se instruía en el mayor de los silencios: el reo ignoraba quién le acusaba y de qué, mientras el tribunal acumulaba testigos ocultos. La tortura —el potro, la garrucha, la toca de agua— era legal siempre que no rompiese huesos ni derramase sangre, y se aplicaba como «cuestion de tormento» para arrancar la confesión que el sistema necesitaba.

El cronista Bernáldez cifró en miles las causas abiertas en los primeros años. Las cárceles de Triana, de Valladolid, de Toledo se llenaron de conversos, judaizantes, herejes y, con el tiempo, de cualquiera que cruzase malas palabras con un familiar del Santo Oficio. El terror no estaba en la llama pública, sino en el golpe seco de la puerta de madera a las tres de la madrugada.

Capítulo IV: La moneda de Judas

El giro definitivo de Torquemada se produjo en 1491, cuando los Reyes Católicos, tras la caída de Granada, aún dudaban sobre la conveniencia de expulsar a los judíos no conversos. La comunidad hebrea llevaba siglos asentada en la península y constituía un pilar económico y fiscal. Pero para el inquisidor general, su mera presencia contaminaba la unidad religiosa que anhelaba imponer.

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Una tarde de otoño, según recoge Bernáldez en sus Memorias del reinado de los Reyes Católicos, Torquemada irrumpió en la antecámara real con un crucifijo de bronce. Lo arrojó sobre la mesa y habló con el tono que solo se permitía un confesor ante sus penitentes coronados:

«Judas vendió a su Maestro por treinta dineros. Vuestras Altezas lo quieren vender por treinta mil. Aquí le tenéis: vendedle, que yo renuncio al cargo.»

Isabel y Fernando firmaron el decreto de expulsión el 31 de marzo de 1492. Los judíos que no se bautizasen disponían hasta finales de julio para vender sus propiedades y salir del reino. Más de cien mil personas abandonaron Sefarad. Las crónicas coetáneas describen barcos abarrotados y caravanas de familias enteras cruzando los Pirineos o embarcando en puertos del Mediterráneo. Muchos murieron en el camino.

Capítulo V: El sepulcro vacío

Torquemada murió el 16 de septiembre de 1498 en el convento de Santo Tomás de Ávila, el mismo que él había mandado construir con parte de los bienes confiscados por la Inquisición. Su sepulcro de alabastro, con la efigie del fraile en oración perpetua, se convirtió en centro de una devoción incómoda que ni sus propios sucesores se atrevieron a borrar.

La historia le cobró las cuentas siglos después. Durante la guerra de la Independencia, en 1809, las tropas francesas entraron en el convento, profanaron la tumba y esparcieron los huesos del inquisidor por el claustro. La losa quedó vacía. Hoy, en la iglesia abulense, el visitante puede ver la tapa del sarcófago, con la estatua yacente, pero debajo no reposa nadie.

El silencio que rodeó su muerte contrasta con el estruendo de los autos de fe que él propició. Pocos personajes del siglo XV dejaron un rastro documental tan denso y, a la vez, una biografía íntima tan esquiva. Las cartas que escribió, los sumarios que firmó y las instrucciones que redactó siguen custodiándose en el Archivo Histórico Nacional y en Simancas. Son papeles que aún huelen a lacre y a secreto. Ahí permanece Torquemada: no bajo el mármol, sino en la tinta de los procesos que un día condenaron a media España a la hoguera o al destierro.