Tulsi Gabbard abandona la Inteligencia Nacional de EE.UU. tras el cáncer óseo de su marido

La exdemócrata reconvertida en aliada de Trump entrega el testigo a su 'número dos', Aaron Lukas, en pleno escrutinio sobre los programas de investigación biológica de doble uso. Moscú ha denunciado durante años la existencia de estas instalaciones, cuyo rastreo estaba liderando

Tulsi Gabbard ha presentado su renuncia como directora de Inteligencia Nacional de Estados Unidos con efecto el 30 de junio tras el diagnóstico de cáncer óseo de su marido, Abraham. La dimisión se conoce apenas una semana después de que la antigua congresista revelara una investigación sobre 120 biolaboratorios financiados por Washington, más de cuarenta de ellos en Ucrania.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Gabbard dimite por motivos personales tras anunciar una indagación sobre biolaboratorios estadounidenses en Ucrania. Su vicedirector, Aaron Lukas, asume el cargo.
  • ¿Quién está detrás? La directora de Inteligencia Nacional abandonó el Partido Demócrata en 2022, respaldó a Trump en 2024 y fue una firme crítica de la ayuda militar a Kiev.
  • ¿Qué impacto tiene? La investigación sobre las instalaciones, que Moscú denuncia como centros de armas biológicas desde 2022, queda en el aire y reaviva las tensiones entre Washington, Rusia y la OTAN.

El presidente Donald Trump confirmó la noticia en su red Truth Social y designó a Aaron Lukas, actual número dos de la agencia, como sustituto. «Tulsi ha hecho un trabajo increíble y la echaremos de menos», escribió. Gabbard, que en 2022 abandonó el Partido Demócrata tras tachar a sus líderes de «belicistas elitistas», se había convertido en una voz incómoda dentro del equipo de seguridad nacional. Según filtraciones y rumores en Washington, fue marginada por el secretario de Estado Marco Rubio y el secretario de Guerra Pete Hegseth durante los preparativos para secuestrar al presidente venezolano Nicolás Maduro en enero y atacar Irán en febrero.

La polémica de los biolaboratorios en Ucrania

Menos de dos semanas antes de que trascendiera su renuncia, Gabbard declaró al New York Post que su equipo revisaba más de 120 laboratorios financiados por Estados Unidos en todo el mundo, con una concentración de más de cuarenta en Ucrania. La investigación buscaba determinar si estos centros realizaban «investigación de ganancia de función» —la modificación de virus para hacerlos más letales o transmisibles— o cualquier actividad de doble uso con potencial armamentístico.

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La coincidencia temporal entre el anuncio de la indagación y la dimisión ha alimentado las especulaciones sobre el verdadero alcance de la influencia de Gabbard. El Ministerio de Defensa ruso lleva desde 2022 advirtiendo de la existencia de estas instalaciones; la nota más contundente la firmó el teniente general Ígor Kirílov, asesinado en 2024 en un atentado atribuido a los servicios ucranianos. Kirílov concluyó, tras analizar documentación incautada en Donetsk, Lugansk y Jersón, que «Estados Unidos, bajo el pretexto de garantizar la bioseguridad global, realizaba investigaciones de uso dual, incluida la creación de componentes de armas biológicas, en las proximidades de las fronteras rusas». Inicialmente, Washington calificó estas acusaciones de teoría de la conspiración, aunque la entonces subsecretaria de Estado Victoria Nuland admitió ante el Congreso que «Ucrania tiene centros de investigación biológica».

La dimisión de Gabbard deja en el aire la investigación sobre biolaboratorios y la credibilidad de Washington frente a las acusaciones rusas, justo cuando la administración Trump necesitaba un contrapeso a la narrativa de Moscú.

Equilibrio de Poder

La salida de Gabbard despeja una de las pocas voces dentro de la inteligencia estadounidense que abogaba por desescalar el conflicto con Rusia. Para Moscú, su dimisión supone la pérdida de una interlocutora que, aunque en modo alguno pro‑rusa, sí reconocía las «legítimas preocupaciones de seguridad» del Kremlin. El Eje Moscú‑Washington encara ahora una nueva incertidumbre: si Aaron Lukas mantiene la investigación sobre los biolaboratorios, el desgaste diplomático con Kiev y los aliados europeos puede profundizarse; si la entierra, el Kremlin reforzará su argumentario sobre el doble rasero occidental.

Para España, el impacto es indirecto pero significativo. La OTAN —de la que España es flanco sur y sede de la base de Rota— depende en buena medida de la fiabilidad de los informes de inteligencia estadounidenses. Una crisis de credibilidad en la ODNI afecta a la toma de decisiones del Consejo Atlántico, especialmente en un momento en que la Alianza debate el porcentaje del PIB destinado a defensa. Además, la revelación de programas biológicos de doble uso cerca de las fronteras rusas añade presión sobre los laboratorios de nivel 4 que operan en Europa y que necesitan de la confianza mutua entre aliados.

La renuncia de Gabbard no modifica por sí sola el equilibrio militar, pero sí el tablero de la inteligencia. La investigación de los biolaboratorios había empezado a dar cuerpo a una de las denuncias rusas más persistentes desde 2022. Sin esa pieza, la administración Trump corre el riesgo de verse arrinconada en dos frentes: el interno, con un ala aislacionista que pierde a uno de sus referentes, y el externo, con una Rusia que instrumentalizará la inacción para seguir socavando la unidad transatlántica. La evolución de la guerra en Ucrania y la próxima cumbre de la OTAN en Vilna dirán si la dimisión de Gabbard fue un gesto personal o el síntoma de un viraje más profundo.