El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha aplazado la firma de una orden ejecutiva que buscaba establecer un control gubernamental sobre los modelos de inteligencia artificial más avanzados antes de su comercialización. La justificación oficial: no frenar la competitividad frente a China, aunque medios como The Washington Post y Semafor apuntan al intenso lobby de Elon Musk, Mark Zuckerberg y el exasesor presidencial David Sacks. Trump confirmó el retraso durante un evento con la prensa el pasado miércoles, alegando que “no quería hacer nada que pudiera interponerse en el liderazgo estadounidense”.
La orden que Trump no firmará (por ahora)
La orden ejecutiva, según los borradores filtrados, habría establecido un marco voluntario para que los desarrolladores de IA colaboraran con las autoridades antes de lanzar nuevos sistemas. El objetivo: evaluar riesgos de ciberataques impulsados por IA y permitir al Pentágono un acceso temprano a modelos con potencial militar. “Había partes que no me gustaron”, declaró Trump, “y temí que se convirtiera en un bloqueador para una industria que está generando un crecimiento económico tremendo”. El presidente añadió que, durante su reciente visita a Pekín, había discutido salvaguardas de IA con Xi Jinping, subrayando que ambos países lideran la carrera global.
Sin embargo, las presiones de Silicon Valley no pasaron desapercibidas. Según Semafor y The Washington Post —cuya información reproduce RT—, los máximos responsables de xAI (Musk), Meta (Zuckerberg) y del fondo Craft Ventures (Sacks) habrían contactado directamente con la Casa Blanca para frenar la medida, temiendo que las restricciones afectaran sus beneficios. Musk lo negó categóricamente en su red social X: “Es falso. Todavía no sé qué contenía la orden, y el presidente solo me habló después de decidir no firmarla”. Hasta el momento, Meta no ha emitido comentarios.
Cabe recordar que el debate sobre la supervisión gubernamental cobró fuerza tras el caso de Claude Mythos, el modelo de Anthropic que la propia empresa retuvo por miedo a que revelara vulnerabilidades críticas de software. Anthropic se ha enfrentado además a la presión del Pentágono para relajar sus salvaguardas en materia de vigilancia y armas autónomas, lo que le ha valido la designación de “riesgo de suministro” por parte del Departamento de Defensa. Un litigio aún en curso.
China, el verdadero adversario en la sombra
La decisión de Trump no puede entenderse sin el telón de fondo de la pugna tecnológica con Pekín. El presidente ha convertido la inteligencia artificial en un pilar de su retórica de “America First” y en una palanca para presionar a aliados y rivales. “Estamos liderando a China, estamos liderando a todo el mundo”, repitió, y su visita a Xi Jinping sirvió para escenificar un duopolio que deja a Europa en un segundo plano preocupante.
La regulación de la IA se ha convertido en el nuevo campo de batalla geoestratégico: quien marque las normas tecnológicas controlará el poder militar y económico del siglo.
Pekín, por su parte, avanza con ambiciosos planes de estandarización y control estatal de datos, pero evita las ataduras éticas que lastran a Occidente. Fuentes del sector en Bruselas advierten que una desregulación acelerada en Estados Unidos podría fragmentar aún más el incipiente marco normativo global, dejando a la UE con su AI Act como único referente vinculante. El mensaje es claro: la carrera con Pekín no admite ataduras.
Equilibrio de Poder
El repliegue regulador de Washington sitúa a la Unión Europea ante una encrucijada. Con el AI Act en vigor desde 2025, Bruselas se ha convertido en el estándar de facto para una inteligencia artificial segura y respetuosa con los derechos. Sin embargo, si Estados Unidos opta por un modelo de mínimos, las empresas europeas temen quedar en desventaja competitiva frente a los gigantes americanos. España, con su ambiciosa Estrategia Nacional de IA y una creciente industria de defensa digital —liderada por compañías como Indra— se juega mucho: o se alinea con la rigidez europea y pierde acceso a tecnología estadounidense de vanguardia, o diluye sus estándares para no quedar aislada. La decisión de Trump añade presión para que la UE suavice sus exigencias.
El caso Anthropic ilustra el dilema con crudeza. La negativa de la firma a ceder ante las demandas del Pentágono —respaldada por un 67% de ciudadanos estadounidenses, según una encuesta del ITIF— demuestra que el pulso entre seguridad nacional y ética privada está lejos de resolverse. Para España, que participa en programas como el FCAS y el futuro avión de combate europeo, la disponibilidad de sistemas de IA confiables es crítica. Madrid no puede permitirse que sus proveedores estadounidenses queden atrapados en batallas legales por falta de supervisión.
A cinco-diez años vista, observamos un escenario en el que la regulación de la IA se fragmenta en bloques: un eje anglosajón desregulado, una UE con normas estrictas y una China con control estatal. La OTAN, que ya debate estándares de interoperabilidad en sistemas autónomos, necesitará reglas comunes que hoy no existen. España deberá encontrar su espacio en ese tablero, equilibrando su vocación atlántica con el marco comunitario. La próxima cumbre del G7, prevista para este verano, podría ser el termómetro de esa pugna normativa.

