Bartolomé de las Casas: el fraile que alzó la voz por los indígenas

La matanza que presenció en Caonao en 1513 le cambió para siempre. Su Brevísima relación conmocionó a la corte de Carlos V y sigue siendo un pregón universal de los derechos humanos.

El río hervía de cuerpos flotando. Bartolomé de las Casas, clérigo de treinta años, vio cómo un castellano tomaba a un niño de los pies y lo estrellaba contra unas piedras. No hubo resistencia, solo el estruendo de la matanza. Aquella mañana de 1513, en las sabanas de Cuba, cerca del río Caonao, los hombres de Pánfilo de Narbáez habían cercado a un grupo de indígenas que salían a recibirles con ofrendas y cantos. El mismo Bartolomé describió, años después en su Historia de las Indias, que un soldado, sin causa, agarró a «un niño pequeño que estaba con su madre, lo apartó de ella y lo lanzó con furia contra las peñas». La imagen le acompañaría hasta la tumba.

Capítulo I: La mañana del río ensangrentado

Bartolomé de las Casas había llegado a las Indias en 1502, con dieciocho años, en la expedición del gobernador Nicolás de Ovando. Venía de una familia sevillana de comerciantes; su padre y un tío habían cruzado el océano antes. Aquel muchacho que desembarcó en Santo Domingo no era distinto de otros colonos: perseguía fortuna, obtuvo una encomienda y participó como capellán en la conquista de Cuba bajo el mando de Diego Velázquez. Fue en aquella isla donde presenció la matanza de Caonao, pero también donde su conciencia empezó a resquebrajarse.

La escena del río no fue la única. Las Casas escribiría que los castellanos «hacían apuestas sobre quién partía a un indio por medio de un tajo» y que «entraban en los bohíos de noche y sacaban a los caciques atados para quemarlos vivos». No eran exageraciones de un fraile airado: los procesos judiciales coetáneos, conservados en el Archivo General de Indias, documentan el mismo salvajismo.

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Capítulo II: El eco de Montesinos

Antes de la carnicería de Caonao, la conciencia de Las Casas había recibido un aldabonazo que no olvidaría. En el adviento de 1511, en la primitiva iglesia de Santo Domingo, el fraile dominico Antonio de Montesinos subió al púlpito el cuarto domingo de la temporada y tronó contra los encomenderos. «Decid, ¿con qué derecho tenéis a estos indios en tan cruel servidumbre? ¿Éstos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales?», retumbó, según el testimonio que Las Casas recogió en sus crónicas.

Aquellas preguntas —no recogidas en acta notarial pero sí en la memoria de los oyentes— partieron la historia de la colonización. Bartolomé, que aún no era religioso, escuchó el sermón junto a su padre; salió conmovido pero no transformado del todo. Faltaba que la brutalidad le tocara directamente.

Brevísima relación de la destrucción de las Indias

Capítulo III: El sermón que nadie esperaba

La verdadera fractura llegó en el verano de 1514, en la villa de Sancti Spíritus, donde Las Casas poseía su propia encomienda. Preparaba un sermón para la fiesta de la Asunción cuando leyó, en el libro del Eclesiástico, los versículos que condenan al que «ofrece sacrificio de lo que es injusto» y al que «mata a un hijo delante de su padre». El texto le atravesó. Reunió a los vecinos y anunció que devolvía sus indios al gobernador. Renunció a la encomienda. «No quiero participar del pecado de todos», dijo, según el biógrafo Manuel Giménez Fernández.

Aquella decisión lo convirtió en un apestado entre los colonos. Pero le dio la autoridad moral que necesitaba para emprender una cruzada que duraría medio siglo.

Capítulo IV: La corte del rey y el cardenal

A fines de 1515, Las Casas embarcó rumbo a España. Llegó a una corte en vilo: el rey Fernando agonizaba en Plasencia. No pudo verle. Sin embargo, gracias a la mediación del arzobispo de Sevilla, entró en contacto con el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, regente a la muerte del rey. Le expuso el exterminio que sufrían los naturales de las Indias y le pidió remedios concretos.

Cisneros, franciscano reformista, nombró al clérigo «Protector de los Indios» en 1516 y le encomendó examinar posibles reformas. Las Casas propuso entonces importar esclavos africanos para aliviar a los indígenas, una propuesta que otros religiosos habían defendido ya y que él mismo lamentaría amargamente dos décadas después, cuando comprendió la injusticia del tráfico de africanos. El cargo de protector le confirió autoridad, pero también le ganó la hostilidad de los colonos y la burocracia indiana.

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Brevísima relación de la destrucción de las Indias

Capítulo V: La Verapaz y la pluma que no calla

Tras varios fracasos en la implantación de las reformas, Las Casas buscó un camino distinto. En 1537, en la selva de Tuzulutlán, al norte de la actual Guatemala, puso en marcha la experiencia de la «Vera Paz»: una evangelización sin soldados, a base de predicación, música y respeto a las costumbres. Él mismo la bautizó así porque lo que hasta entonces había sido «tierra de guerra» se volvió «tierra de verdadera paz». La Corona permitió que ningún español entrase en la zona durante un lustro, y los dominicos lograron convertir a varias comunidades sin derramamiento de sangre. Fue la única victoria tangible de su utopía.

La pluma, entretanto, se había vuelto su arma más temible. En 1542, en Valladolid, presentó ante Carlos V el manuscrito de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias. El texto era un memorial de horrores, pero también un alegato teológico y jurídico que ponía en cuestión la legitimidad de la conquista.

Capítulo VI: Las Leyes Nuevas y el temblor en las Indias

El impacto de la Brevísima fue inmediato. El Consejo de Indias se reunió de urgencia y, a finales de ese mismo 1542, Carlos V firmaba las Leyes Nuevas. Estas normas abolían la esclavitud indígena, limitaban la perpetuidad de las encomiendas y ordenaban liberar a los indios que estuvieran en posesión de los encomenderos en ciertos casos. En el virreinato del Perú, la noticia desencadenó la gran rebelión de Gonzalo Pizarro, que acabaría a sangre y fuego. En Nueva España, el virrey Antonio de Mendoza suspendió la aplicación para evitar una guerra civil. Las Casas pagó el precio de la impopularidad: fue nombrado obispo de Chiapas en 1544, una diócesis remota, pobre y llena de encomenderos furibundos.

Brevísima relación de la destrucción de las Indias

Capítulo VII: El duelo de Valladolid

La confrontación más célebre de su vida fue el debate que mantuvo en 1550-1551 con el humanista Juan Ginés de Sepúlveda, en el Colegio de San Gregorio de Valladolid. Sepúlveda, traductor de Aristóteles, defendía que los indios eran bárbaros por naturaleza y que la guerra contra ellos era justa. Las Casas replicó con una erudición que desarmó a los teólogos: desmontó la categoría aristotélica de esclavitud natural, argumentó la plena racionalidad de los pueblos amerindios y sostuvo que ninguna nación podía ser encomendada a otra contra su voluntad. Los jueces no dictaron sentencia formal, pero el francotirador dominico había ganado la batalla de las ideas.

Capítulo VIII: La sombra del fraile

Bartolomé de las Casas continuó escribiendo hasta el último día de su vida, en Madrid, en 1566. Dejó un legado incómodo, a veces contradictorio, a menudo tergiversado. Su figura ha sido utilizada tanto por los defensores de la leyenda negra como por los apologistas del imperio; pero basta asomarse a sus manuscritos, custodiados en la Biblioteca Nacional de España, para encontrarse con un hombre de fe que creyó que la justicia no era negociable ni siquiera con el rey. La Brevísima relación circuló por toda Europa y, traducida al inglés, al francés y al neerlandés, alimentó la propaganda antiespañola durante siglos.

Los archivos guardan silencios elocuentes. El sumario de la controversia de Valladolid no se ha conservado entero; las actas de la Verapaz son escasas. Pero en los márgenes de un memorial dirigido a Felipe II, todavía se lee una apostilla de los burócratas de la Contaduría que resume lo que muchos pensaban: «Este fraile siempre pide lo que no conviene al servicio de Dios ni al de Su Majestad». Para él, sin embargo, pedir lo imposible era la única forma de no traicionar el evangelio.