Lapid critica el acuerdo Trump-Irán y asegura que no cumple los objetivos de guerra de Israel

El líder opositor israelí denuncia que el acuerdo con Irán deja intacto su programa nuclear y de misiles. Netanyahu queda expuesto tras meses de campaña militar que no ha logrado los objetivos fijados.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? El líder de la oposición israelí, Yair Lapid, ha calificado el acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán como un fracaso que no desmantela el programa nuclear ni el de misiles de Teherán.
  • ¿Quién está detrás? Lapid acusa directamente al primer ministro Benjamin Netanyahu, a quien responsabiliza del resultado tras la ofensiva militar conjunta con Washington iniciada en febrero de 2026.
  • ¿Qué impacto tiene? El pacto deja a Irán con capacidad de reconstituir su programa atómico, reabre el estrecho de Ormuz y expone la fractura en la estrategia de seguridad israelí, con implicaciones para todo Oriente Próximo y para los precios de la energía en Europa.

El acuerdo de paz que Estados Unidos e Irán se disponen a firmar este domingo ha provocado un terremoto político en Israel. Yair Lapid, jefe de la oposición y ex primer ministro, ha asegurado que el pacto ‘no cumple ninguno de los objetivos de guerra de Israel’ y representa ‘un fracaso completo’ de Benjamin Netanyahu. Las declaraciones, difundidas a través de la red social X, llegan apenas unas horas antes de la ceremonia prevista en la que Washington y Teherán pondrán fin a casi cuatro meses de hostilidades abiertas.

Lapid ha sido contundente: ‘El régimen sobrevive, su programa de misiles permanece intacto e Irán puede reconstruir su programa nuclear’. El político centrista, que ya gobernó brevemente en 2022, ha tratado de capitalizar el descontento de los sectores más duros de la seguridad israelí, que ven en el acuerdo una renuncia a las exigencias que el propio Netanyahu había defendido durante los meses de guerra.

¿Qué contiene realmente el acuerdo que denuncia Lapid?

Los detalles del memorando de entendimiento no se han hecho públicos en su totalidad, pero tanto el presidente Donald Trump como el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, han adelantado sus líneas maestras. Según Trump, Irán se comprometerá a no buscar armas nucleares y permitirá que Estados Unidos diluya y destruya su arsenal de uranio enriquecido. Araghchi, por su parte, ha confirmado que el texto se centrará en poner fin a la guerra, reabrir el estrecho de Ormuz —cuyo bloqueo por parte de Teherán disparó los precios globales del petróleo— y abrir un plazo de sesenta días para negociar el futuro del programa nuclear.

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La lectura que hace Lapid, y que comparten amplios sectores del establishment de defensa israelí, es que el texto está muy lejos de las demandas originales. Israel y Estados Unidos habían exigido el desmantelamiento completo del programa nuclear iraní y la entrega de todas las reservas de uranio enriquecido. Netanyahu había llegado a pedir abiertamente el derrocamiento del régimen de los ayatolás. Nada de eso aparece en el documento final. En Teherán, de hecho, insisten en que el enriquecimiento de uranio es un derecho soberano.

De confirmarse estos términos, Irán conservaría la capacidad técnica y el conocimiento para reconstruir su programa atómico en un plazo breve, algo que los servicios de inteligencia occidentales llevan años advirtiendo que podría ocurrir si no hay un desmantelamiento físico verificable de las centrifugadoras. El acuerdo no contempla, según las filtraciones, un mecanismo intrusivo de verificación similar al que en su día planteó el Plan de Acción Integral Conjunto de 2015.

El fracaso de Netanyahu y la sorpresa del acuerdo

La reacción de Lapid pone el foco en la gestión del primer ministro. El político del Likud había presentado la ofensiva militar conjunta con Washington, lanzada el pasado 28 de febrero, como la oportunidad definitiva para neutralizar la amenaza iraní. Sin embargo, cuatro meses de bombardeos y ataques recíprocos no han logrado alterar el cálculo estratégico de Teherán. Peor aún, Netanyahu parece haber sido sorprendido por el anuncio del acuerdo. Según filtraciones de medios estadounidenses como Axios y CNN, la noticia de que el pacto estaba cerca pilló al primer ministro israelí por sorpresa.

Trump ha reconocido en público que presionó a Netanyahu para que detuviera los ataques aéreos en Líbano durante varias llamadas telefónicas tensas. El presidente estadounidense ha dejado claro que Israel ‘no tendrá otra opción que aceptar el acuerdo’, un mensaje que subraya hasta qué punto la Casa Blanca ha decidido pasar página cuanto antes de la crisis de Oriente Próximo. La declaración de Netanyahu de hace apenas dos días —’mientras yo sea primer ministro, Irán no tendrá armas nucleares; hay un acuerdo total con el presidente Trump’— queda ahora en entredicho.

El pacto no desmonta la capacidad nuclear iraní. La pospone.

En el tablero doméstico israelí, Lapid intenta construir un relato de traición y abandono. Las próximas elecciones, previstas para finales de año, podrían girar en torno a quién supo defender mejor la seguridad del país. La oposición ya maneja encuestas que muestran un desgaste acelerado de Netanyahu entre el electorado de derecha, tradicionalmente su granero de votos.

Equilibrio de Poder

El acuerdo entre Estados Unidos e Irán reconfigura el tablero de Oriente Próximo en un momento en que la atención de Washington está puesta en el Indo-Pacífico. Para la administración Trump, cerrar el frente con Teherán supone liberar recursos militares y diplomáticos para contener a China, un objetivo estratégico declarado. Rusia, mientras, observa con satisfacción: la distensión entre Washington y Teherán debilita la influencia estadounidense en una zona donde Moscú ha tejido alianzas con Damasco y, parcialmente, con Teherán. Bruselas, por su parte, respira con alivio ante la reapertura del estrecho de Ormuz, que normalizará el tráfico de crudo y gas hacia Europa. Sin embargo, la lectura de Lapid enciende las alarmas en las cancillerías europeas: si Irán conserva su capacidad de enriquecimiento, la amenaza de proliferación en Oriente Medio sigue intacta, y un futuro rearme iraní es solo cuestión de tiempo.

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Para España, el impacto inmediato es doble. En primer lugar, la reapertura de Ormuz rebajará la presión sobre los precios de la energía, con un alivio palpable en la factura del gas y los carburantes. En segundo lugar, la estabilización del conflicto reduce el riesgo de un repunte migratorio hacia el sur de Europa desde el Líbano o Siria. Pero la gran incógnita es el Magreb. Una Irán que sale del conflicto sin ser desarmada del todo puede volcar recursos en su influencia sobre el Sahel y el norte de África, donde Teherán ya ha coqueteado con milicias en Malí y Níger. La amenaza indirecta sobre Ceuta y Melilla, aunque remota, no puede descartarse en un escenario de expansión de la órbita iraní. Las bases de Morón y Rota seguirán siendo activos críticos para la vigilancia del Mediterráneo, pero la doctrina de empleo de esas instalaciones deberá adaptarse a un entorno en el que Irán no es un enemigo derrotado, sino contenido temporalmente.

En términos históricos, el acuerdo comparte rasgos con el pacto nuclear de 2015: una potencia occidental acepta limitaciones parciales a cambio de un alivio de sanciones, sin atacar la raíz del programa atómico iraní. Aquella experiencia demostró que Teherán reconstruye su infraestructura nuclear en cuanto el paraguas diplomático se desvanece. La apuesta actual de Trump parece ser ganar tiempo, pero el coste para la credibilidad de Israel como actor militar autónomo es elevado. Si el mensaje que cale es que ni siquiera una campaña conjunta con Estados Unidos puede desarmar a Irán, la doctrina de disuasión israelí queda tocada. La próxima ventana de riesgo se abrirá en 2030, cuando expire el plazo que Teherán necesita para alcanzar el umbral de fisión si decide reactivar su programa. Para entonces, el equilibrio de poder en la región podría ser radicalmente distinto.

Seguiremos atentos a la firma del acuerdo este domingo y a los detalles que se conozcan sobre los mecanismos de verificación. Mientras, la oposición israelí ya ha lanzado su ofensiva parlamentaria. Las próximas semanas serán clave para medir el desgaste real de Netanyahu y para que Bruselas calcule hasta qué punto puede confiar en una paz que, a ojos de Lapid, no es más que una tregua técnica.