La cumbre de líderes europeos en Bruselas ha expuesto este jueves una grieta de gran calibre en la política exterior de la UE. La revelación de que el jefe de gabinete del presidente del Consejo Europeo, António Costa, ha telefoneado dos veces al Kremlin para mantener un canal diplomático abierto ha dividido a los Veintisiete entre quienes lo aplauden y quienes lo censuran. Mientras Emmanuel Macron y Giorgia Meloni respaldan la iniciativa, el canciller alemán Friedrich Merz y los países bálticos exigen que cualquier contacto con Moscú se canalice a través de un formato reducido, como el E-3 (Alemania, Francia y Reino Unido).
El canal de Costa: incipiente pero explosivo
Según fuentes comunitarias consultadas por Moncloa.com, las llamadas de Pedro Lourtie, jefe de gabinete de Costa, responden a un objetivo puramente procedimental: abrir una vía de contacto que permita a la UE defender sus intereses cuando llegue el momento de una posible negociación. La diplomacia portuguesa insiste en que no hay contenido político ni un mandato para negociar; se trata de preparar el terreno. Una fuente cercana al asunto lo resume con crudeza: “Estamos hablando de contactos sin sustancia, diplomáticos haciendo trabajo diplomático”.
Sin embargo, la iniciativa ha caído como un jarro de agua fría en las delegaciones más intransigentes. La división se extendió a la cuestión de quién debe liderar esos contactos. Alemania, los países bálticos y los nórdicos consideran que no tiene sentido hablar con Vladímir Putin mientras siga atacando Ucrania, y mucho menos hacerlo desde la presidencia rotatoria o desde el Consejo Europeo. Prefieren que sean las grandes potencias diplomáticas europeas, agrupadas en el E-3, quienes asuman ese papel, si acaso.
Quién apoya y quién frena: las fracturas del Consejo Europeo
En la sala, el respaldo a Costa provino de varios flancos. El primer ministro belga, Bart De Wever, fue el más explícito: “La pregunta es si Putin quiere negociar. Hasta entonces, nadie mejor que Costa puede representar a la UE”, afirmó a la prensa tras la reunión. Fuentes diplomáticas añaden que el esloveno Janez Janša, el austriaco Christian Stocker y la italiana Giorgia Meloni aplaudieron la apertura. Meloni lleva meses reclamando un canal diplomático con Moscú para evitar que el terreno quede exclusivamente en manos de Washington.
Emmanuel Macron también defendió la iniciativa, aunque con matices. Según varios testigos, el presidente francés recordó que Costa advirtió previamente a la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, sobre los contactos. “Cualquier paso que pueda llevar a un cese de las hostilidades será bienvenido”, coincidió Janša.
Del otro lado, el canciller alemán Friedrich Merz mantuvo un perfil bajo durante el debate, pero fuentes diplomáticas confirman a Moncloa.com que Berlín ve con frialdad la jugada. El letón Andris Kulbergs fue más directo: “No tiene sentido tener canales diplomáticos si no hay razón para estas conversaciones”, ha comentado el líder letón, que, sin embargo ha añadido que ningún país debería hablar en nombre de la UE. El mensaje de los bálticos y los nórdicos es unánime: primero un alto el fuego, después los contactos.
En medio de esta tormenta, España ha optado por un perfil bajo. Moncloa evita posicionarse públicamente, pero fuentes diplomáticas españolas consultadas por Moncloa.com señalan que el Gobierno no ve con malos ojos la iniciativa de Costa, aunque prefiere que cualquier acercamiento se coordine con la nueva administración estadounidense y con el Servicio Europeo de Acción Exterior. La prudencia madrileña contrasta con la claridad de Roma o París.
Europa necesita hablar con Putin, pero no a costa de reventar la unidad. El verdadero riesgo es que el Kremlin explote estas grietas para ganar tiempo.
El nuevo primer ministro neerlandés, Rob Jetten, trató de rebajar la tensión al inicio de la segunda jornada de la cumbre. Calificó el debate de “muy constructivo” y dejó claro que, por ahora, no está sobre la mesa designar un interlocutor único. Sin embargo, fuentes comunitarias admiten que la herida no cicatrizará fácilmente.

El Eje del Poder Europeo
Lo que se ha vivido en Bruselas va mucho más allá de una disputa sobre procedimiento. La fractura sobre el canal con el Kremlin encierra una lucha de poder entre las instituciones europeas y los Estados miembros, y entre los distintos bloques geopolíticos de la UE. El intento de Costa de erigirse en voz única de los Veintisiete incomoda a quienes recelan del protagonismo del Consejo Europeo frente a la Alta Representante para Asuntos Exteriores, cuyas competencias han quedado diluidas en la práctica.
El eje franco-alemán, lejos de actuar como motor, aparece fracturado. París respalda a Costa, Berlín se distancia. Los países del sur, con Italia a la cabeza, buscan un mayor peso en la diplomacia europea del siglo XXI, mientras los del este y el norte exigen mantener la presión sobre Moscú sin concesiones previas. Es la misma geometría variable que bloqueó las sanciones energéticas en 2022 y que hoy amenaza con paralizar cualquier intento de paz.
Para España, el riesgo es doble. Si la UE no consigue una posición común, el flanco sur perderá influencia en favor del eje franco-alemán ampliado y de los países bálticos, que controlan la narrativa securitaria. Madrid aspira a actuar como puente entre Europa y América Latina o el Mediterráneo, pero la agenda rusa consume todo el oxígeno diplomático. Además, un descarrilamiento de la unidad europea en un asunto tan sensible pondría en jaque la credibilidad de la Unión justo cuando negocia el próximo presupuesto y la ampliación a Ucrania.
La lectura estratégica es clara: el Kremlin sabrá leer estas divisiones. Como ya ocurrió durante los debates sobre las sanciones al gas en 2022, cada fisura interna es una invitación a dilatar cualquier proceso de paz. La próxima cumbre extraordinaria, aún sin fecha, deberá decidir si Costa sigue pilotando este canal o si la UE se repliega sobre la fórmula del E-3. Hasta entonces, la incertidumbre es el único suelo firme.
