Israel rompe con la jefa de la diplomacia europea Kallas por comparación con el apartheid

Gideon Sa’ar exige a Kaja Kallas que se retracte de sus declaraciones sobre un supuesto 'apartheid', vertidas en una reunión privada. La ruptura refleja el deterioro de las relaciones UE-Israel, mientras España navega entre la condena a la ocupación y su firme alianza con Washing

Israel ha dado un portazo diplomático a la jefa de la política exterior europea. El ministro de Exteriores israelí, Gideon Sa’ar, anunció ayer la ruptura de todo contacto con la Alta Representante de la UE, Kaja Kallas, después de que trascendiera que esta comparó al Estado judío con el régimen de apartheid sudafricano en una reunión privada.

El detonante: una comparación que Israel considera ‘libelo de sangre’

La decisión, comunicada por Sa’ar en la red social X, se produce tras varias filtraciones sobre las palabras que Kallas habría pronunciado en un encuentro a puerta cerrada. ‘Como ministro de Exteriores del Estado de Israel, no tengo más remedio que cortar todo contacto con la Sra. Kallas hasta que se retracte del libelo de sangre que dirigió contra la única democracia de Oriente Medio’, escribió el jefe de la diplomacia israelí. Exigía una condena explícita o una negación rotunda de lo publicado.

La respuesta de Kallas no desactivó la crisis. En un comunicado, se limitó a afirmar que ‘la UE está siempre comprometida con una relación constructiva con Israel’ y abogó por ‘el diálogo y el compromiso’, al tiempo que reafirmaba el apoyo del bloque a la solución de dos Estados y condenaba los asentamientos ilegales. Para Sa’ar, esa tibieza fue insuficiente. ‘Incluso en sus observaciones evita negar o condenar lo que se le ha atribuido. Si hizo esas declaraciones viles y difamatorias, respáldelas. Si no, desmiéntalo’, replicó.

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La lectura estratégica es otra. El choque no es un accidente aislado, sino el síntoma más visible de un deterioro progresivo de las relaciones entre la Unión Europea y el gobierno de Benjamin Netanyahu, el más a la derecha en la historia de Israel. La guerra en Gaza, la aceleración de los asentamientos en Cisjordania y la invasión del Líbano han ido agrietando el vínculo. A eso se suma la acusación recurrente de que Bruselas aplica un doble rasero: mientras impone 21 rondas de sanciones a Rusia, no ha procesado a Israel por posible genocidio.

El incidente de la Flotilla Global Sumud ha añadido más leña al fuego. A finales de mayo, activistas internacionales intentaron romper el bloqueo israelí de Gaza. Fueron interceptados y, según múltiples denuncias, sufrieron abusos físicos y sexuales generalizados. El ministro ultraderechista Itamar Ben-Gvir se mofó públicamente de los detenidos, lo que llevó a varios países de la UE a imponerle prohibiciones de viaje. Italia y Francia abrieron investigaciones independientes. El episodio ha dejado a Bruselas en una posición incómoda, atrapada entre la defensa del derecho internacional humanitario y la realidad de un socio con el que necesita cooperar en materia de seguridad y energía.

La UE se encuentra ante una paradoja: su propia fragmentación interna la convierte en un actor débil, incapaz de presionar a Israel sin romperse.

Equilibrio de Poder

El desplante de Sa’ar a Kallas va más allá de una polémica personal. Pone de manifiesto las profundas divisiones dentro de la Unión Europea y la dificultad de mantener una política exterior común en Oriente Medio. Mientras países como España, Irlanda o Bélgica han dado pasos firmes hacia el reconocimiento del Estado palestino, otros como Hungría o la República Checa se alinean sin fisuras con Tel Aviv. Esta grieta convierte cualquier iniciativa de Bruselas en papel mojado y ofrece a Netanyahu una ventana para elegir interlocutores afines, eludiendo a la Alta Representante.

Para España, el impacto es directo. El gobierno de Pedro Sánchez fue uno de los primeros en reconocer a Palestina en 2024 y ha mantenido un tono especialmente crítico con las operaciones militares en Gaza. El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, ha defendido en repetidas ocasiones una respuesta europea contundente contra los asentamientos. Ahora, sin embargo, la ruptura con Kallas puede dificultar aún más la interlocución UE-Israel justo cuando España aspira a liderar el debate mediterráneo desde la presidencia rotatoria del Consejo en 2027. Si el canal con la jefa de la diplomacia europea queda inhabilitado, la influencia de Moncloa sobre la agenda comunitaria se reduce.

En el eje transatlántico, la administración Trump observa con cautela. Washington necesita a Israel como aliado estratégico en la región y no verá con buenos ojos una UE dividida que pueda debilitar el frente común contra Irán. La comparación con el apartheid, además, toca una fibra sensible en ciertos sectores del Partido Republicano, que podrían interpretarla como un ataque al único Estado judío. La Casa Blanca podría presionar a las capitales europeas para que rebajen la retórica, lo que pondría a Sánchez en una encrucijada: mantener su perfil progresista en política exterior o preservar la sintonía con el Pentágono en asuntos de defensa.

A medio plazo, el riesgo de escalada es real. Si Kallas opta por no retractarse —sea porque considera que sus palabras fueron sacadas de contexto o porque cree que el derecho internacional avala el término—, Israel podría ampliar el corte a otras instituciones europeas. El propio Sa’ar ha insinuado que revisará la cooperación en foros multilaterales. La UE, por su parte, perdería a uno de sus interlocutores clave en un momento en que la estabilidad de Oriente Próximo pende de un hilo. La próxima cumbre del Consejo Europeo, prevista para el 26 de junio, será el primer termómetro de la fractura.

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