El president de la Generalitat, Salvador Illa, protagonizó este domingo un gesto de reconciliación institucional sin precedentes al afirmar que ‘Catalunya debe mucho a Convergència Democràtica de Catalunya’ y que sin CDC el país no sería lo que es hoy. Lo hizo en el acto de entrega del fondo documental de esta formación al Arxiu Nacional de Catalunya, donde se dieron cita figuras clave del pujolismo como Jordi Pujol y el expresident Artur Mas, además del presidente del Parlament, Josep Rull, de Junts.
Illa, que nunca ha militado en las filas convergentes, quiso subrayar que CDC ha sido un partido político ‘importante, por no decir muy importante para Catalunya’ y que ‘ha hecho un servicio al país’. El president incluso puso cifras a ese legado al referirse a cuatro décadas de servicio cuyo balance, dijo, es positivo. Son palabras que ningún dirigente del PSC —y menos un presidente de la Generalitat— había pronunciado con tanta claridad hasta ahora.
Un tabú que el PSC arrastra desde la transición
El socialismo catalán se construyó en buena medida como alternativa al poder hegemónico que Convergència ejerció durante 23 años al frente de la Generalitat. La corrupción del ‘caso Pujol’ y las posteriores derivas independentistas de CDC —luego JxCat y Junts— reforzaron una distancia que parecía insalvable. De ahí que el gesto de Illa rompa un cuarto de siglo de distancias oficiales.
Las palabras del president no fueron un elogio genérico: entró en el detalle de la labor de Pujol ‘al servicio del país’ y advirtió que un país que no sabe reconocer las aportaciones de quienes lo han gobernado es un país pequeño. ‘Catalunya no es pequeña, es un país grande’, remachó.
El mensaje fue inequívoco: ‘Un país que sabe reconocer las aportaciones que han hecho, en este caso CDC y presidents como Pujol y Mas, no debe tener ningún miedo a su futuro’, sentenció Illa ante un auditorio que combinaba el silencio respetuoso de los presentes con la sorpresa de quienes jamás imaginaron escuchar estas palabras de boca de un líder del PSC.
Illa ha abierto la puerta a una reconciliación simbólica que ningún presidente de la Generalitat del PSC se había atrevido a cruzar: el reconocimiento expreso de la obra de gobierno de Convergència.
¿Por qué ahora? La lectura en clave de legislatura
La pregunta inevitable es por qué Illa elige este momento para tender un puente tan explícito al pujolismo. La respuesta tiene más de cálculo político que de arrebato institucional. El Govern en minoría del PSC necesita sumar apoyos puntuales de Junts o de ERC para aprobar los presupuestos de 2027 y para encarrilar leyes clave. Convergència ya no existe como tal, pero su legado sentimental y político sigue vivo, especialmente en las bases de Junts.
Illa cuida las formas: no habló de Junts ni de la actual dirección posconvergente, sino que se remitió a la formación histórica. Pero en el acto estaban Artur Mas y Josep Rull, dos pesos pesados del espacio. La coreografía no es casual.

ERC y Junts callan, pero el mensaje cala
Ni Esquerra Republicana ni Junts per Catalunya han reaccionado oficialmente al discurso de Illa. Es un silencio que, en sí mismo, es una respuesta. A ERC le incomoda cualquier reivindicación del pujolismo, que siempre fue su rival por la hegemonía en el espacio nacionalista. A Junts, en cambio, el gesto le sirve para legitimar su relato: incluso el president socialista reconoce que sin Convergència Cataluña no sería lo que es.
En privado, fuentes parlamentarias consultadas por este medio admiten que el pleno del Parlament de esta semana mostrará si el reconocimiento tiene recorrido. Nadie espera reprobaciones explícitas, pero los pasillos medirán hasta qué punto Illa ha movido las costuras del tablero.
Lo que este gesto significa para el tablero catalán
El paso dado por Illa trasciende la anécdota del archivo. Rompe la línea oficial del socialismo catalán, que históricamente miró a Convergència como adversario ideológico y, en los años de corrupción, como un lastre moral. No es habitual que un president del PSC dedique palabras casi de agradecimiento a quien durante décadas ocupó el Palau de la Generalitat. En 2003, Pasqual Maragall llegó al Govern con la promesa de ‘limpiar’ la gestión convergente; Illa, dos décadas después, hace balance positivo.
El cálculo de riesgos es evidente. Puede erosionar a su propio electorado, aún sensible a los escándalos de corrupción asociados al pujolismo. Pero también abre una vía para normalizar relaciones con un sector del soberanismo que, a efectos prácticos, resulta imprescindible para la gobernabilidad. La mayoría de los analistas consultados por Moncloa.com entienden que la jugada tiene más de pragmatismo que de revisión histórica: Illa necesita a Junts, y Junts necesita que le devuelvan el respeto institucional que el procés erosionó.
El siguiente hito será la sesión de control del Parlament del próximo jueves. Allí se comprobará si las palabras del domingo quedan en un brindis al sol o se convierten en un activo negociador. Por ahora, la Generalitat de Illa ha conseguido algo que parecía imposible: que Pujol y Mas sonrían junto a un president socialista sin que nadie se rasgue las vestiduras.
